LA POLÍTICA ES DE BRONCE
Dice un viejo refrán que el dinero y el amor no pueden ocultarse. En realidad, habría que añadir un tercer elemento: la frivolidad. Porque cuando el dinero se convierte en espectáculo, cuando el derroche se transforma en escenografía y cuando la ostentación se vuelve un acto público, inevitablemente surge una pregunta incómoda: ¿de dónde viene ese dinero y qué relación tiene con el poder?
Eso es precisamente lo que ocurrió con la fiesta de quince años de Mafer, hija de Juan Carlos Guerrero Rojas, contratista de Petróleos Mexicanos. Lo que en principio debió ser una celebración privada terminó convertido en un fenómeno viral que recorrió redes sociales, noticieros y columnas políticas. El motivo no fue la emoción de una familia celebrando el paso a la adolescencia de su hija, sino la magnitud del espectáculo montado para la ocasión.
Los datos que circulan en medios y redes sociales son contundentes. La celebración se realizó en uno de los recintos más importantes del estado de Tabasco, con miles de invitados, una producción digna de un concierto internacional y la presencia de figuras del espectáculo como Galilea Montijo, Belinda, el grupo Matute y el cantante J. Balvin. A ello se sumó una oferta gastronómica y de bebidas que, según estimaciones de productores de eventos de este tipo, habría elevado el costo total de la fiesta a alrededor de dos millones de dólares, es decir, cerca de 40 millones de pesos.
Hasta aquí podría tratarse simplemente de una nota de sociedad, una historia más de extravagancia y mal gusto en una época donde la cultura del espectáculo lo invade todo. Sin embargo, el contexto transforma la anécdota en un asunto de interés público. El padre de la quinceañera no es un empresario cualquiera: es un contratista de Pemex cuya empresa, de acuerdo con datos periodísticos, ha recibido contratos por alrededor de cuatro mil millones de pesos en los últimos años.
Y ahí surge la pregunta que muchos dentro del propio sector energético se hacen en voz baja desde hace tiempo. Diversos contratistas y prestadores de servicios de Pemex han denunciado reiteradamente retrasos en sus pagos, en ocasiones de meses y hasta de años. Para muchas empresas pequeñas y medianas, esas demoras representan la diferencia entre sobrevivir o quebrar. Entonces, la interrogante es inevitable: ¿por qué algunos proveedores enfrentan largos retrasos mientras otros parecen recibir sus pagos de manera puntual?
Nadie puede cuestionar el derecho de una persona a gastar su dinero como le plazca. Si Juan Carlos Guerrero Rojas decidió celebrar los quince años de su hija con una fiesta millonaria, está en su derecho. El problema no es el gasto en sí mismo, sino el origen de la riqueza y la relación que puede tener con el manejo de recursos públicos. Cuando el dinero que circula proviene, directa o indirectamente, de contratos con la empresa del Estado más importante del país, la opacidad deja de ser un asunto privado.
Por supuesto, el contraste con otro episodio famoso de la cultura popular mexicana resulta inevitable. Hace casi una década, el país entero se divirtió con los quince años de Rubí, aquella fiesta popular que se volvió viral después de que su padre subiera un video invitando a todo el mundo al “tremendo pachangón”. Más de un millón trescientos mil internautas confirmaron su asistencia. Varias empresas de refrescos y cerveza se volvieron patrocinadores. Hubo carreras de caballos, competencias de burros y la rifa de una chiva. Fue un fenómeno espontáneo que reflejaba la convocatoria de las redes sociales hace una década.
Los quince años de Mafer, en cambio, representan otra cosa: la exhibición de riqueza en un país profundamente desigual. No es una fiesta popular que se vuelve viral por su autenticidad, sino un espectáculo que provoca incomodidad porque recuerda que, en México, la cercanía con el poder sigue siendo uno de los caminos más rápidos hacia la fortuna. Y cuando la ostentación se vuelve demasiado visible, inevitablemente despierta la sospecha pública.
Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.