Es bien sabido que el PT y el Verde no son más que rémoras del sistema político mexicano. A lo largo de sus décadas de historia, no han aportado nada a la nación. Lejos de ello, se han sumado al mejor postor con el objetivo único de ganarse pequeños espacios en el Congreso, conservar el registro y recibir millones de pesos del erario.
El PT es un partido trasnochado de una izquierda desfasada y rancia que no solo ha hecho público su apoyo a regímenes como Corea del Norte, sino que ha dado a luz a personajes impresentables como Gerardo Fernández Noroña, quien ha sido utilizado como mercenario del obradorismo cuando mejor les ha convenido. De igual manera, se ha revelado recientemente el patrimonio de su vocera, la diputada Lilia Aguilar, mismo que asciende a más de 16 millones de pesos. ¿Ha sido fruto de su trabajo? ¿O qué decir del torpe diputado Reginaldo Sandoval que con micrófonos abiertos reconoció que no era necesaria una reforma electoral pues ya “tenían” al poder judicial?
El Verde, por su parte, no necesita presentación. A años luz de buscar defender los intereses “verdes” se ha consolidado como una élite de corruptos que no han hecho otra cosa que proteger sus intereses personales y de partido. Este pseudo partido, si no fuera por la flexibilidad de la ley electoral, habría desaparecido hace años.
En el contexto de su voto en contra de la reforma electoral, los líderes de estos carteles han salido a justificar su decisión bajo el argumento de que “defienden la democracia”. Cínicos. ¿No será quizás porque se rehúsan a votar una reforma que conlleva la pérdida del control de la selección de sus plurinominales y que implique una reducción de su financiamiento? ¿O la eliminación de sus segundas minorías en el Senado de la República en las entidades donde pudiesen resultar mínimamente competitivos? ¿O se han olvidado que apoyaron al oficialismo en el mayor atraco perpetrado contra la democracia mexicana representada por la nefasta reforma judicial?
El PT y el Verde no representan a nada ni a nadie. Por el contrario, han estado históricamente conformados por un puñado de sujetos ambiciosos de poder y deseosos de continuar recibiendo dinero público, y de aprovecharse de la polarización política para buscar alianzas con el partido mejor posicionado que les ofrezca amablemente alguna migaja que caiga de la mesa de la nueva mafia del poder hoy cómodamente asentada en el obradorismo.