No creo en el concepto de infierno, pero si lo hiciese, pensaría en el como [un lugar] lleno de gente que fue cruel con los animales.
Gary Larson
Soy animalista y también feminista. En estos días me he sentido herida, enojada, con esa mezcla de ira y de dolor que te queda cuando ves que un animalito sufre y que una mujer sufre, es asesinada o vive algún tipo de violencia.
Y es que no podemos negarlo: todos los días las redes sociales son un escaparate para el horror.
Evitemos, si no es mucho pedir, discursos en los que me digan que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Que la vida de un ser humano duele más que la de un animal.
Ambos duelen, ambos indignan. Por ambos debemos levantar la voz.
Fue Gandhi quien sabiamente dijo que la grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados.
Y es que, en verdad, estamos muy mal.
Hace varios años tuve una falsa amistad con una mujer que se dedicaba a la brujería. Dije que era falsa porque pronto supe que le caía muy mal. Según ella su marido me veía las piernas y yo me hacía la mustia, motivos suficientes para hacerme un maleficio, un embrujo o algo así. Imagínese nomás que idiotez.
Me enteré, de forma certera, que esta mujer sacrificaba gatitos para hacer sus trabajos de magia y eso sí me encabronó.
Me valía gorro si me odiaba, o si en su profunda ignorancia pensaba que con quitarle la vida a un animalito yo me enfermaba, me pondría fea, me moría o quedaba en la ruina. O simplemente su esposo me dejaba de ver las piernas. Este en realidad era su mayor deseo.
Lo que me enfureció es lo que hacía a los michis y di aviso a las autoridades ambientalistas y de protección animal para que tomaran cartas en el asunto.
No ha sido el único caso en el que meto las narices para proteger a los animalitos de la locura humana, pero no me detengo en eso porque hablaré de una historia terrible: del feminicidio de una mujer que rescataba perros en condición de calle para darles un hogar, cuidados y amor.
Se llamaba Anaid Belén Ramírez y vivía en Tultitlán, Estado de México.
La mujer llegó a contar en redes sociales el terror que vivió cuando unas personas cercanas a su domicilio comenzaron a amenazarla para que se fuera de ahí.
El periplo comenzó cuando quiso denunciar y su denuncia no procedió. No había delito o al menos eso le dijeron. Ignoro si quiso levantar un acta por amenazas o maltrato a sus lomitos, pues en el Estado de México matar a un animalito es castigado con penas de hasta seis años de prisión. Nada, al parecer, fue suficiente para que la escucharan.
En una publicación de Facebook, Diana, (su nombre real) muestra a una de sus perritas muertas y narra cómo los delincuentes llegaron de noche en estado de ebriedad intentando meterse a su casa. Al no conseguirlo aventaron por la ventana un gas que la dejó inconsciente. Al despertar, la perrita estaba sin vida.
Días después la señora desapareció.
El 18 de marzo se emitió una ficha de búsqueda y un día después fue encontrada muerta.
Sus vecinos y familiares exigen justicia. Se pide que los culpables paguen.
También hay colectivos feministas y defensores de los animales que exigen que el crimen no quede impune.
Lo que llena de rabia es que nadie escuchó a tiempo su grito de auxilio. Las autoridades la ignoraron, los vecinos tampoco hicieron nada.
Como suele pasar, hasta que ocurrió la desgracia respingamos.
Hay ocasiones, como esta, en que un poco de empatía por parte de vecinos y amistades de la mujer pudo marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Ignorar la petición de ayuda es tan grave, enoja tanto, que hoy solo nos queda recordar a Anaid como la mujer que dio la vida por sus perros, en profunda soledad, en total abandono.
Descanse en paz.