He contado que una noche fui a ver la ópera Carmen con mis nietos; con los cuatro que ya tienen edad suficiente para no generar ruido en el teatro. Los niños —uno de ellos empieza a adolescente— siguieron la historia gracias a unas pequeñas pantallas que iban mostrando lo que decían los y las cantantes. Al terminar la función, los dos mayores me dijeron que todo les había gustado, excepto un detalle del final que explicaron en forma de pregunta: por qué don José mató a Carmen en vez de que Carmen matara a don José.
Pensé que era una especie de broma macabra de ellos, pero el diálogo posterior me convenció de que no era así: auténticamente les pareció injusto que la mujer fuera la asesinada y no el hombre. Si a alguien iban a matar, ¿por qué a ella y no a él? He reflexionado mucho sobre eso y creo que si Carmen, con ligeros ajustes a la trama, hubiera sido no la víctima, sino la victimaria involuntaria por defenderse del machismo, en nada habría disminuido la grandeza de la obra maestra de Bizet. En fin, era otra época y las mujeres invariablemente perdían.
En esta semana de festividades religiosas, recordé un mito no cristiano, sino hebreo: el de Lilith, la primera esposa de Adán en el paraíso. A diferencia de su segunda esposa, Eva, que surgió de una costilla del macho —y no del barro original—, Lilith fue creada al mismo tiempo que él y del mismo material. Eran iguales; y ella se sentía igual: no se sentía más ni se sentía menos.
A Lilith se le exigió sumisión a su esposo; ella no aceptó y, ante la imposibilidad de derrotar a Dios y a Adán en aquel reino divino tan machista, prefirió el exilio. Con Lilith huida, Dios le fabricó a Adán una esposa sumisa, Eva, que dependía enteramente del marido porque había sido creada de su cuerpo.
Recordé esta historia por la Semana Santa; lamentable resulta que en el mito cristiano la creación de la mujer sea tan dependiente del varón. Por fortuna, en la mitología judía la mujer, aunque exiliada, es un símbolo de indomabilidad femenina. Yo esperaría que en este domingo de la supuesta resurrección —perdón que hable de supuestos: no soy creyente—; me encantaría, la verdad sea dicha, que las mujeres mexicanas hicieran plena conciencia de que Lilith —como símbolo del poder político femenino— no debe ser ya la condenada al exilio perpetuo, sino la indoblegable que no resucita, porque no ha estado muerta, sino que retorna a exigir lo que es suyo.
La presidenta Claudia Sheinbaum no debe permitir que la presidencia femenina o feminista sea solo una anomalía histórica que pronto se corregirá y pasará al olvido con la resurrección menos deseada: la del machismo en el poder.
No podemos cerrar los ojos. Hay ahora mismo un intenso trabajo político, financiado con amplios recursos, desarrollado por estrategas, publicistas, columnistas y editores de medios, todos sin duda machos, para construir la percepción de que una figura como Claudia Sheinbaum es irrepetible; en este contexto, irrepetible no es un elogio, sino precisamente una anomalía terriblemente dañina. Como ‘no puede haber otra Claudia’, ellos trabajan para convencer a la opinión pública de que solo tienen posibilidades de consolidar su popularidad, para los retos electorales del futuro, dos hombres, ninguna mujer.
Uno de ellos, absolutamente con personalidad de macho alfa: el que es capaz de enfrentar por la fuerza —al estilo de un superhéroe de historieta, ¡así lo presentan!— a los grandes delincuentes. El otro, un machista más refinado, capaz de convencer de que se necesita para la buena marcha de los asuntos del Estado a un hombre con sus conocimientos y su experiencia, que supuestamente ninguna mujer posee. Son las historias que cuentan.
Quitémonos ya la venda que nos impide ver las cosas con claridad. Ese es el patriarcado político que considera al liderazgo femenino como un experimento, una concesión temporal, y no como un derecho conquistado. Alentar a solo dos perfiles de manera tan temprana —hay proyecto, estrategia, mercadotecnia y dinero detrás de toda la promoción que reciben— es una forma de intentar que el sexenio actual parezca solo un intermedio breve para el merecido descanso de los ‘hombres que sí saben cómo hacerlo’, antes de volver a la normalidad machista en la que todos, pero no todas, vivíamos felices como lombrices. Y nunca mejor dicha esta palabra: es de reptiles insignificantes y, en más de un sentido, asquerosos, trabajar tanto para quitarles a ellas lo que es justo consoliden al menos un sexenio más. Lo necesitan las mujeres, lo necesita México.
Pero Lilith, esto es, la mujer en la presidencia, ni debe renunciar después de un solo periodo, ni tiene por qué permitir que se le expulse. Con Claudia Sheinbaum en el mando, Lilith dio el primer, gran paso para retornar a la igualdad en el poder que naturalmente le correspondía y de la que huyó cuando se le exigió someterse al macho. Debe Claudia hacer todo lo que pueda —y puede mucho— por un segundo periodo feminista. Urge consolidar a la mujer en el gobierno, que se le vea como una normalidad y no como una anomalía. Ya después de otro sexenio de ellas, si quieren, y si acaso pueden, que vuelvan los hombres.