El Cabildo de Chihuahua aprobó este miércoles ampliar el contrato de arrendamiento para sumar 46 nuevas patrullas al parque vehicular municipal. El número total de unidades arrendadas pasó de 154 a 200, en una decisión que solo registró el voto en contra del regidor morenista Miguel Riggs y que, según el dictamen, busca “mejorar la cobertura operativa, reducir tiempos de respuesta y reforzar la presencia preventiva”.
Pero la realidad pinta otro panorama: Chihuahua sigue con un déficit crónico de policías, y el municipio continúa destinando recursos a patrullas para elementos que simplemente no existen en número suficiente. Mientras tanto, las calles se siguen patrullando con vehículos envejecidos, sin número económico visible y en condiciones que distan mucho de ser óptimas. El argumento oficial de que arrendar es más barato y eficiente suena razonable en papel, pero en la práctica se traduce en una flotilla que crece más rápido que la corporación misma. La ampliación es un parche costoso a un problema estructural: sin policías suficientes, las patrullas nuevas terminan siendo más un símbolo de gasto que una solución real a la inseguridad. En Chihuahua, la prioridad parece ser renovar el parque vehicular antes que llenar los huecos en la plantilla.
La mañana de este miércoles, en el cruce de Cuauhtémoc y Miguel Olea, dos vehículos se estrellaron en uno de los puntos de mayor tránsito de la ciudad. Nada nuevo en una zona donde los accidentes son casi cotidianos, pero lo que indigna no es solo el choque: es que durante casi un año y medio ese cruce ha estado sin un simple alto, sin cartel rojo con letras blancas, sin nada que recuerde a los conductores que ahí hay prioridad. Lo que por décadas fue un señalamiento básico hoy es un vacío deliberado, y la Subsecretaría de Movilidad brilla por su ausencia. Ni en el sur de la ciudad se ven mejoras; el abandono es generalizado.
Pero lo peor no fue el madrazo entre los autos, sino los 40 minutos que tardaron los agentes de Tránsito en llegar al lugar. Cuarenta minutos en una avenida principal, con vehículos obstruyendo, riesgo de otro choque y ciudadanos varados a la buena de Dios. La subsecretaría no solo está abandonada en infraestructura: también lo está en respuesta, en interés y en capacidad operativa. Mientras se presume eficiencia en discursos, la realidad es que la ciudadanía sigue expuesta, sin señalamientos, sin patrullas oportunas y sin una autoridad que asuma la responsabilidad. En Chihuahua, la movilidad no es prioridad; es un lujo que pocos pueden darse. Y mientras los baches y los choques se acumulan, las autoridades parecen seguir en modo “ya veremos”. La ciudad no merece menos que respuestas rápidas y calles seguras.
Se dice que en los pasillos de la política chihuahuense se vive un déjà vu que bien podría describirse como un carnaval de egos y destapes antes de tiempo. Hugo González Muñiz, regidor morenista, ha optado por algo que a muchos les puede parecer lógico dentro de los círculos del poder: respaldar a quien, desde su punto de vista, no solo tiene posibilidades reales de competir, sino incluso de ganar la gubernatura en 2027. No es poca cosa. Y aunque no se hayan divulgado cadenas de declaraciones oficiales en medios nacionales, el gesto y su lógica política, está lejos de ser “estar perdido”.
Porque lo que González Muñiz deja ver con esa postura es algo que muchos analistas y militantes de base han venido murmurando: la militancia auténtica —aquella que desde el principio creyó en la 4T y en Morena, no quiere chapulines ni arribistas que saltan de partido en partido según les conviene. Quiere coherencia, trayectoria y, sobre todo, chances de victoria.
Y en ese terreno, el alcalde Cruz Pérez Cuéllar se ha colocado, voluntaria o involuntariamente, como el político mejor posicionado para poder hacer frente a lo que venga en 2027. Su reciente respuesta al senador Adán Augusto López, diciendo que “no decidirá un senador” quién será el candidato en Chihuahua, le permitió perfilarse como un actor político con voz propia dentro de Morena en la entidad y demostrar que su proyecto no está supeditado a intereses ajenos a la militancia local.
Ahora bien: decir que hoy Cruz Pérez Cuéllar es la única opción con probabilidades reales para ganar la gubernatura en 2027 no es halago vacío, es un reconocimiento implícito a la realidad política del estado. Chihuahua ha sido uno de los bastiones más difíciles para Morena, un territorio donde el panismo ha tenido hegemonía durante años y donde las estrategias tradicionales de campaña no siempre han rendido frutos. Allí, quien logra construir un proyecto competitivo no puede ser cualquier improvisado ni un foráneo político, sino alguien con arraigo territorial, reconocimiento y músculo electoral.
Eso explica, hasta cierto punto, por qué figuras como El Presidente del Consejo Eststal de Morena, puedan apostar su capital político a Cruz Pérez Cuéllar. No es solo lealtad a un nombre: es una apuesta calculada por un perfil que ya ha demostrado capacidad de movilización electoral —como su reelección en Ciudad Juárez lo refleja— y una presencia política que pocos pueden igualar en el estado.
Pero esta alianza tácita tiene un trasfondo que merece escrutinio. La militancia “de abajo”, la que ha estado desde el principio, tiene razón al rechazar a los chapulines y a quienes han transitado por distintos partidos solo para colocarse en una candidatura. El hartazgo ciudadano con la vieja política es real, y no basta con que un aspirante sea “el más conocido” para ganarse la confianza de un electorado que exige compromisos firmes, transparencia y resultados palpables.
Aquí radica el reto de Cruz Pérez Cuéllar y de quienes hoy lo señalan como el único con posibilidades: convertir reconocimiento electoral en confianza política genuina, y demostrar que su discurso conecta con las necesidades sociales más profundas de Chihuahua, más allá de los esfuerzos de campaña y las alianzas internas.
Porque si algo ha mostrado la experiencia reciente de Morena es que los apoyos dentro del partido —aunque estratégicamente útiles— no siempre se traducen en aceptación plena por parte de las bases. Y en un proceso interno cada vez más abierto al escrutinio público, esa tensión entre militancia verdadera y aspiraciones de poder será, seguramente, una de las grandes batallas de cara a 2027.