En Morena por fin lograron lo que parecía imposible: un frente unido. Lástima que no sea contra el PRIAN ni contra la oposición, sino contra uno de los suyos. Así como lo oye: fuego amigo en su máxima expresión, con dedicatoria especial para Cruz Pérez Cuéllar.
El flamante bloque tiene nombre y apellido —o más bien tres—: Andrea Chávez, Javier Corral y Juan Carlos Loera. Un trío que, lejos de construir unidad, parece más bien decidido a practicar tiro al blanco… pero con la camiseta guinda puesta.
Ahora resulta que el objetivo no es fortalecer al movimiento, sino tumbarle la escalera al alcalde juarense en su camino rumbo a la gubernatura. Y todo aderezado con el episodio de las pintas contra el edil: detienen a unos, los sueltan después… y de inmediato salen los autoproclamados defensores de la libertad de expresión. Qué oportunos. Qué comprometidos. Qué sincronía tan curiosa.
Porque claro, cuando se trata de “defender la democracia”, estos tres no dudan en aparecer… aunque el beneficiado casualmente no sea su propio compañero de partido. Ya ni la oposición necesita desgastarse; Morena solito arma el espectáculo, pone las sillas y vende las palomitas.
Y es que aquí no hay misterio: cuando el hueso está en juego, la unidad pasa a segundo plano. Dos personajes con larga trayectoria viviendo del erario —y bastante cómodos, por cierto— y una figura más reciente que llegó pisando fuerte… tan fuerte que ya se siente veterana, experta y hasta dueña del tablero. La experiencia, dicen, no se mide en años, pero la soberbia sí se nota desde lejos.
Mientras tanto, la realidad —esa que no se puede maquillar con discursos ni conferencias— apunta a que Cruz Pérez Cuéllar es, hoy por hoy, el perfil con mayores posibilidades dentro de Morena para competir por la gubernatura. Y eso, al parecer, es justo lo que más incomoda.
Porque si algo queda claro en esta telenovela política es que, si no son ellos, entonces que no sea nadie. Total, si el proyecto no me incluye, que se caiga completo.
Así que el llamado “frente unido” sí existe… pero no para ganar elecciones, sino para ajustar cuentas. Y mientras tanto, la oposición mirando desde la grada, agradecida, sin tener que mover un dedo.
Porque cuando el enemigo está en casa… ¿para qué buscarlo afuera?
En la política, como en el ajedrez, hay jugadas que no se anuncian… pero se entienden. Y la que acaba de hacer la diputada Brenda Ríos es de esas que no dejan lugar a dudas: ya definió con quién va y hacia dónde quiere llegar.
Su respaldo abierto al alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar no es un gesto menor ni improvisado. Es, más bien, una lectura fría del tablero rumbo a 2027. Mientras otros dentro de Morena siguen midiendo fuerzas o jugando a la ambigüedad, Ríos parece haber entendido algo básico en política: al puntero no se le combate, se le acompaña… si se quiere crecer.
Y es que, aunque todavía no se oficializa, en los pasillos políticos de Chihuahua se da prácticamente por hecho que Brenda Ríos será la carta fuerte de Morena para la alcaldía capitalina. No la tendrá fácil. Enfrente estaría el bloque del PRIAN, que difícilmente soltará la llamada “joya de la corona” sin dar batalla.
Ahí es donde entran nombres de peso. El fiscal César Jáuregui Moreno y la diputada federal Manque Granados figuran como perfiles competitivos, con estructura, reflectores y respaldo político. No son adversarios menores.
Pero la jugada de Ríos no se limita a lo local. Su apuesta tiene doble filo. Al alinearse con Pérez Cuéllar en su ruta hacia la gubernatura, se coloca —desde ahora— en una posición privilegiada en caso de que el juarense logre su objetivo. En política, las lealtades tempranas suelen pagarse caro… y bien.
Si Cruz gana en 2027, Brenda no solo habría consolidado su proyecto en la capital, sino que podría convertirse en una pieza clave dentro del engranaje estatal: mano derecha, operadora central o, en un escenario más ambicioso, hasta eventual sucesora. Nada está escrito, pero las probabilidades se construyen… y ella ya empezó.
Porque aquí la lógica es simple: si él gana, ella gana.
Mientras tanto, otros actores dentro de Morena —incluidos varios senadores— parecen no haber terminado de entender la dinámica. Siguen en la duda, en el cálculo o en la distancia, cuando el juego ya empezó a definirse.
Brenda, en cambio, ya tomó postura. Y en política, eso suele ser la mitad del camino recorrido.
Más claro, ni el agua… aunque a algunos les incomode.
La tragedia que envuelve el hallazgo de restos humanos en una vivienda de la colonia Dale, presuntamente pertenecientes a Zayra Ivette Ordóñez, no solo exhibe la brutalidad de un crimen marcado por la violencia de género, sino que desnuda con crudeza las fallas estructurales del sistema de justicia. De acuerdo con los primeros datos forenses, la osamenta permaneció sepultada bajo una plancha de concreto durante al menos dos años, mientras que la joven había sido reportada como desaparecida desde febrero de 2023. El dato no es menor: el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo revela no solo la intención de ocultamiento por parte de los responsables, sino también una alarmante lentitud institucional que permitió que la verdad permaneciera enterrada durante años.
Pero el punto más inquietante no radica únicamente en la saña del crimen, sino en la cadena de omisiones que lo rodean. Versiones surgidas desde el interior de la propia Fiscalía Especializada en Delitos contra la Mujer apuntan a que la solicitud de cateo para buscar a la víctima tardó hasta tres años en ser atendida por jueces penales, un retraso difícil de justificar en cualquier escenario. Este patrón no es aislado: el caso de Danna Angelina Muñoz Rayón, desaparecida en agosto de 2025, exhibe la misma inercia institucional, donde incluso con la presión directa de familiares, la autoridad demoró en actuar mientras la evidencia permanecía enterrada. La pregunta es inevitable: ¿cuántas víctimas más siguen ocultas no solo bajo tierra, sino bajo el peso de decisiones judiciales tardías? Porque cuando la justicia llega tarde, deja de ser justicia y se convierte en cómplice silencioso.