La escena ocurrida en el Senado retrata, con crudeza, el nivel de insensibilidad que puede alcanzar la política cuando se pierde toda noción de respeto. A unos metros de Grecia Quiroz —alcaldesa de Uruapan que carga con el dolor del asesinato de su esposo— un grupo de legisladores de Morena decidió convertir el momento en burla, coreando “¡Morón! ¡Morón!” en alusión al senador señalado por la propia edil. Entre ellos, el nombre que resalta es el de Juan Carlos Loera de la Rosa, cuya actitud no solo resulta reprobable, sino profundamente ofensiva ante una tragedia que exige, como mínimo, prudencia y empatía. La invitación hecha por Emmanuel Reyes Carmona para que la alcaldesa acudiera al recinto contrasta con el ambiente hostil y burlón que terminó predominando.
Porque no hay forma elegante de decirlo: lo ocurrido no tiene justificación. La deshumanización mostrada por quienes optaron por la mofa frente al dolor ajeno exhibe una clase política desconectada de la realidad que dice representar. Burlarse de una mujer que perdió a su esposo en un hecho violento no es solo una falta de tacto, es una afrenta ética que degrada el espacio público. Lo sucedido debería encender alarmas sobre el tipo de conductas que se normalizan en el poder, donde algunos parecen olvidar que detrás de los discursos hay víctimas reales.
Basura es una palabra corta para la descripción del senador Juan Carlos Loera.
En política, los tiempos rara vez se cumplen como se pactan en papel. Y cuando se trata de alianzas, menos. Lo ocurrido en el Consejo de Urbanización Municipal (CUM) de Chihuahua con la salida de Óscar Alejandro Derma Delgado y la inminente llegada de Ricardo Adrián Santana Flores parece confirmar esa regla no escrita: los acuerdos se honran… hasta que dejan de ser útiles.
La versión oficial habla de una salida por motivos personales. Correcta, institucional, políticamente pulcra. Pero en los pasillos donde realmente se toman decisiones, la lectura es otra: la alianza entre el Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional en Chihuahua empieza a mostrar fisuras, o al menos ajustes anticipados.
Se dice que el acuerdo contemplaba tiempos más largos, equilibrios más estables. Sin embargo, el relevo en el CUM llega a la mitad del camino, como si el reloj político se hubiera adelantado. Y eso no es menor.
Porque más allá del cambio de nombres, lo que realmente está en juego es el perfil que hoy necesita la administración municipal.
Derma representaba la parte técnica. Orden, operación, continuidad administrativa. Un perfil de escritorio que garantizaba que la maquinaria funcionara sin sobresaltos. No hacía ruido, pero cumplía. Santana, en cambio, es otra historia.
Su trayectoria no se ha construido en oficinas, sino en calles. Es un operador territorial, un perfil político de contacto directo, de estructura, de base. No es precisamente el arquetipo del administrador clásico, sino alguien que entiende —y trabaja— el pulso de “la gente de abajo”.
Y ahí es donde el movimiento cobra sentido. En un contexto donde las alianzas tambalean y los costos políticos empiezan a sentirse, al gobierno municipal podría resultarle más rentable fortalecer la cercanía social que la eficiencia administrativa pura. Dicho de otra forma: menos escritorio, más territorio.
No es casualidad. Cuando los gobiernos perciben desgaste o riesgos en el ánimo ciudadano, suelen girar hacia perfiles que conecten, que operen, que construyan simpatía. Y en eso, Santana tiene ventaja.
La pregunta de fondo no es si el cambio era necesario, sino qué mensaje envía. Porque si el relevo responde a una lógica política —y todo indica que así es— entonces el CUM deja de ser únicamente un organismo técnico para convertirse también en una pieza dentro del tablero electoral y de gobernabilidad.
La alianza PRI-PAN no se rompe, pero se reacomoda. Y en ese reacomodo, los tiempos se acortan, los perfiles cambian y las prioridades se redefinen.
Derma administraba. Santana operará. Y en ese matiz, aparentemente sutil, se puede leer con claridad hacia dónde se está moviendo el poder en Chihuahua.