La queja presentada ante el Consejo Estatal del IEE por Luis Villegas Montes contra la lider estatal blanquiazul, por supuestos actos anticipados de campaña detectados desde octubre de 2025 y retomados en febrero de 2026, tiene más aroma de revancha que de una defensa estricta del calendario electoral. Si las pruebas muestran una actuación sostenida en ese periodo, no sería un detalle menor: significaría una ventaja fuera de tiempo en una contienda que oficialmente aún no inicia. La respuesta de la denunciada optó por cuestionar la probidad del denunciante —evocando su paso por la magistratura y su silencio previo— en lugar de refutar punto por punto las imputaciones técnicas.
El debate, así, se desvió hacia viejos expedientes en lugar de centrarse en el núcleo del asunto: si se respetaron o no los plazos legales. El señalamiento sobre los llamados “oxigenadores” designados en 2014 y las críticas posteriores vinculadas a figuras como César Duarte y Javier Corral alimentan la controversia, pero no sustituyen la necesidad de evidencias claras. Para el partido azul el riesgo no es solo judicial: es construir una narrativa que la ciudadanía cuestione. Y cuando la réplica consiste en desacreditar al denunciante, la sospecha tiende a crecer —quedando, al final, en manos del órgano electoral despejar la duda.
En la política chihuahuense siempre se pensó que lo peligroso era el desvío de recursos, la corrupción, el compadrazgo o el clásico “yo no fui”. Pero no. El verdadero riesgo para la estabilidad del estado parece ser… el “like”. Sí, ese pequeño pulgarcito azul que ahora amenaza con convertirse en el nuevo delito de alto impacto.
Todo estalló luego de que salieran a la luz viejas publicaciones del creador de contenido y ex asesor de diputados de Morena, Adrián Sánchez, quien desde hace más de una década repartía insultos en redes sociales con la misma generosidad con la que algunos políticos reparten promesas en campaña. Y como en política nadie desperdicia una oportunidad de indignarse selectivamente, el séquito morenista ya encontró una nueva cruzada: investigar no solo lo que alguien dice, sino lo que alguien… reacciona.
Así que, cuidado. Porque según esta novedosa doctrina digital, ya no basta con no escribir nada ofensivo. Tampoco basta con no compartirlo. Ahora también habrá que vigilar dónde se mueve el dedo. Porque si a usted se le ocurre darle “like”, “me encanta” o —Dios nos libre— “me divierte” a una publicación que alguien considere ofensiva, podría ser sujeto de denuncia, investigación y quién sabe si hasta proceso por violencia política de género.
Es decir, el algoritmo moral ha evolucionado: primero fue lo que dijiste, luego lo que compartiste, y ahora lo que te gustó.
La pregunta inevitable es: ¿qué sigue?
¿Van a revisar también si tienes entre tus contactos a alguien que en algún momento dijo algo incorrecto?
¿Habrá auditorías de seguidores?
¿Se abrirán carpetas de investigación por seguir a algún influencer incómodo?
¿O quizá el siguiente nivel sea un operativo especial para quienes consumen contenido del famoso Temach?
Porque si vamos a tomarnos esto en serio, el panorama es aterrador. Pronto podríamos tener brigadas revisando historiales de reacciones como si fueran expedientes judiciales:
“Usted le dio ‘me gusta’ a una publicación en 2014… ¿algo que declarar?”
Mientras tanto, en el mundo real —ese donde están los baches, la inseguridad, la movilidad colapsada y los problemas que sí afectan la vida diaria— todo parece pasar a segundo plano. Porque al parecer la nueva prioridad política ya no es gobernar, sino monitorear reacciones en redes sociales.
Así que ya lo sabe: antes de darle “like” a algo, piénselo dos veces. No vaya a ser que su dedo índice termine protagonizando la próxima investigación política del estado.
Porque en esta nueva era, lo importante ya no es lo que hacen los políticos… sino lo que hacen los ciudadanos en Facebook.
Y luego se preguntan por qué la gente ya no se toma la política en serio.
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En la política mexicana hay personajes que buscan reflectores con propuestas serias. Y luego están quienes deciden que la mejor estrategia es aventar una bomba mediática… aunque sea de humo. Esta semana, ese papel lo asumió la diputada local del PT, América Aguilar Gil, quien muy inspirada en redes sociales pidió que para la marcha del Día Internacional de la Mujer —el famoso 8M— no se blinden los edificios. Es más, que los dejen como están. Total, si se destruyen… pues que se destruyan.
Vaya manera de querer ganarse aplausos en la galería digital.
Porque claro, nada conecta más con el pueblo que sugerir alegremente que se destrocen edificios públicos… mientras uno cobra puntualmente su sueldo como diputada. Ese que, por cierto, sale del mismo bolsillo de los ciudadanos que después tendrán que pagar la reparación de lo que resulte dañado.
Pero así funciona la política moderna: todo es narrativa y likes.
El problema es que cuando se rasca un poquito la superficie, aparece la pregunta incómoda:
¿qué ha hecho realmente por las mujeres la diputada Aguilar?
Porque discurso hay mucho. Publicaciones indignadas también. Pero resultados… esos suelen ser más escasos que la autocrítica en el Congreso.
Y es que la política chihuahuense conoce bien a la familia Aguilar. Una de esas dinastías partidistas que lograron lo que muchos soñaban: convertir un partido en negocio familiar. El PT en Chihuahua parece más una empresa hereditaria que una organización política.
Así que cuando alguien así habla en nombre del “pueblo”, inevitablemente surge otra duda:
¿de qué pueblo estamos hablando?
Porque hay una enorme distancia entre quien pasa el día trabajando para pagar renta, comida y transporte… y quien llega al Congreso con sueldo generoso, dieta, asesores, viáticos y agenda política pagada.
Y entonces aparece la paradoja más grande de la política mexicana:
los políticos juran representar al pueblo… pero el mismo día que toman protesta dejan de vivir como él.
De pronto aparecen privilegios.
Choferes.
Eventos oficiales.
Comidas pagadas.
Y una vida bastante más cómoda que la del ciudadano promedio.
Mientras tanto, el pueblo —ese que tanto invocan en discursos— sigue donde siempre: trabajando, pagando impuestos y tratando de construir un futuro mejor.
Los políticos también luchan, claro que sí…
pero no por lo mismo.
El ciudadano lucha por sobrevivir.
El político lucha por el próximo hueso.
Y si para conseguirlo hay que subirse a cualquier causa, a cualquier marcha o a cualquier indignación del momento, pues adelante. Todo sirve cuando se trata de ganar simpatías.
Al final, el guion se repite en todos los niveles: federación, estados y municipios. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian los colores… pero la ambición política sigue siendo exactamente la misma.
Eso sí, cuando llegue el momento de reparar lo que se rompa, no se preocupen.
Para eso está el pueblo.
Como siempre.