Agradezco a Federico Arreola por abrir este espacio para dialogar sobre uno de los temas que más profundamente tocan la vida cotidiana de millones de mexicanas y mexicanos: el tiempo, el trabajo y la dignidad. Porque hablar de la reducción de la jornada laboral no es hablar únicamente de horas en un reloj; es hablar del modelo de país que queremos construir.
Durante años se nos hizo creer que trabajar más significaba avanzar más. Sin embargo, la realidad ha demostrado lo contrario. México se ha mantenido como uno de los países donde más horas se labora y eso no se ha traducido en mayores niveles de bienestar. Lo que sí ha dejado es cansancio acumulado, afectaciones a la salud, menos tiempo para la familia y una profunda desigualdad entre el crecimiento económico y la calidad de vida de las personas. La discusión de la jornada laboral, entonces, nunca ha sido técnica: es una discusión sobre dignidad humana.
La reforma para reducir la jornada a 40 horas no surge de la ocurrencia ni del ánimo de confrontar al sector productivo. Forma parte de una ruta clara que ha colocado al trabajador en el centro de la política pública: la recuperación histórica del salario mínimo, el fin de la subcontratación abusiva, el aumento de los días de vacaciones y la generación de ingresos que permitieron a millones de personas salir de la pobreza laboral. Lo que hoy se propone es el siguiente paso lógico de ese proceso.
Hay evidencia suficiente para sostener que las jornadas excesivas no incrementan la productividad. Por el contrario, generan fatiga, reducen la eficiencia, aumentan los riesgos laborales y deterioran la salud física y emocional. Un país que aspira a competir en el escenario global no puede hacerlo a partir del desgaste de su gente, sino de su talento, su innovación y su bienestar.
Por eso esta transición se plantea con responsabilidad y visión de Estado: de manera gradual, sin afectar salarios ni prestaciones, con reglas claras para las horas extra y con mecanismos que garanticen su cumplimiento. En términos simples, significa que una persona podrá ganar lo mismo trabajando menos horas o tener la posibilidad de incrementar su ingreso si decide laborar tiempo adicional. Eso es justicia laboral, pero también es desarrollo económico con sentido social.
No estamos inventando el futuro. Estamos alcanzando estándares que muchas economías adoptaron hace décadas y que han probado que el equilibrio entre la vida personal y el trabajo fortalece a las empresas, a la productividad y al tejido social. El verdadero desarrollo no se mide únicamente en cifras macroeconómicas; se mide en tiempo para ver crecer a los hijos, en salud, en descanso y en oportunidades reales para vivir mejor.
Dentro de algunos años, cuando miremos hacia atrás, esta decisión será recordada como un momento en el que México eligió estar del lado correcto de la historia: del lado del trabajo digno, de la justicia social y de la vida.
Porque transformar al país también significa transformar la manera en la que vivimos todos los días. Y esa es, sin duda, la ruta para construir el bienestar con rostro humano que representa la 4T a la queretana.