Cuando el periodismo se convierte en oposición política —especialmente frente a un gobierno de izquierda—, renuncia a su función social. Su misión primordial, que consiste en auxiliar a la ciudadanía a entender la realidad mediante información verificable y contextualizada, desaparece para convertirse en un instrumento de ataque al servicio de los factores reales de poder económico. En este escenario, la comentocracia no busca el análisis, sino el combate frontal a un proyecto de transformación política que no pretende perseguir la riqueza, sino establecer condiciones básicas —como el correcto pago de impuestos— para extender la mano a quienes menos tienen.
Esta es la radiografía de la comentocracia que impera en los principales medios de comunicación de México. Sus protagonistas, ya sea en la prensa escrita, la radio o la televisión, no parten de los hechos para construir interpretaciones; por el contrario, toman fragmentos de la realidad para ajustarlos a conclusiones predeterminadas por sus jefes verdaderos.
Es triste constatar cada mañana cómo destacados comunicadores utilizan su habilidad para redactar como munición para intentar dañar a quien, con toda certeza, es la figura gobernante más honesta y con mayor capacidad técnica para ejecutar proyectos complejos en la historia de México: Claudia Sheinbaum.
Para estos medios, todo es crisis. Han construido un relato de catástrofe que incluso llega al extremo de sugerir que la única salida del laberinto es una intervención, inclusive militar, de EEUU en nuestro territorio.
Bajo este asedio, subyace un incentivo perverso: la irresponsabilidad y el amarillismo generan mayores audiencias que la objetividad, alimentando de paso los egos de quienes los difunden. En redes sociales, el algoritmo premia el ruido y castiga la reflexión; así, el periodista que opta por la moderación es de plano invisibilizado frente a quien actúa con furia irresponsable.
Sin embargo, el riesgo para el gremio es que, a largo plazo, la sociedad deja de creer no solo en los medios sesgados, sino en el periodismo en general. Como bien decía López Obrador: tonto es quien piensa que el pueblo es tonto. En este momento del sexenio de Sheinbaum, luego de más de seis años de gobiernos de izquierda, la sociedad ha desarrollado un filtro crítico ante la manipulación mediatica.
Tal descrédito es gravísimo para nuestra democracia. En tiempos de asedio desde la mayor potencia mundial, una nación que aspira a la libertad y la justicia necesitaría árbitros informativos confiables. El periodismo debe cuestionar —es su naturaleza—, pero debe hacerlo con seriedad, lo que desgraciadamente no ocurre.
Paradójicamente, la absoluta libertad de expresión que impera en México ha permitido que los ataques e insultos contra la presidenta Sheinbaum terminen debilitando a los emisores y no a la 4T. El excesos de mentiras y ofensas ha terminado por fortalecer al gobierno que pretenden destruir; tal ha sido la historia reciente de la relación entre el poder público y los medios: las encuestas no mienten.
El periodismo no está obligado a la neutralidad; puede y debe tener militancia ideológica para denunciar abusos y corrupción. El problema radica en la ausencia de estándares mínimos de honestidad: la falta de verificación, el desprecio por el contraste de fuentes y la deshonestidad que lleva a no reconocer datos que contradigan su línea editorial.
Es lamentable que nuestra comentocracia haya decidido abandonar el oficio para actuar como un partido político de oposición condenado al fracaso. Las encuestas son claras, pero ni los columnistas de renombre ni sus patrocinadores parecen comprenderlo. Las elecciones de 2027 confirmarán, una vez más, la ineficacia de ese modelo de comunicación, cuya derrota será definitiva sobre todo si insisten en que, para vencer a Morena, la única fórmula que les queda es la intervención extranjera.