STILO LIBRE: 29 DE JUNIO 2026
Este fin de semana volvió a quedar claro que el discurso oficial sobre la seguridad en Chihuahua no siempre coincide con la realidad que viven los ciudadanos. Mientras la administración municipal de Marco Bonilla presume indicadores positivos y habla de resultados, la violencia se apoderó de distintos puntos de la capital. La colonia Karike, Revolución, Pacífico, Ávalos, Villa Nueva, Praderas del sur, Los Álamos y hasta el canal Teófilo Borunda fueron escenario de hechos violentos que recordaron que la delincuencia sigue marcando el ritmo de muchas zonas de la ciudad. Para quienes todos los días salen a trabajar, pagan impuestos y buscan llevar una vida tranquila, las estadísticas sirven de poco cuando el miedo comienza a formar parte de la rutina y la incertidumbre acompaña cada trayecto por las calles.
Como ya es costumbre, la explicación oficial apunta a que la mayoría de estos hechos están relacionados con el narcomenudeo o las disputas entre grupos delictivos. Sin embargo, esa respuesta deja más preguntas que respuestas, porque si el problema es la droga, ¿por qué continúa circulando con tanta facilidad en las calles? Mientras la violencia gana terreno, también llaman la atención las fuertes inversiones en promoción gubernamental, campañas de imagen y giras para posicionar a determinados personajes políticos. La percepción ciudadana es distinta a los mensajes institucionales: Chihuahua sigue siendo una ciudad donde la delincuencia impone condiciones en muchas colonias y donde la principal exigencia no es escuchar que hay resultados, sino sentirlos al abrir la puerta de casa sin temor.
Hay encuestas que buscan medir la opinión pública. Y luego están las que parecen haber sido diseñadas para convencerte de que cambies de opinión antes de colgar el teléfono.
En Chihuahua comenzó a circular una de esas llamadas que, más que encuesta, parece tutorial de inducción política. Arranca con apariencia de imparcialidad: pregunta por preferencias entre aspirantes de Morena y del PAN. Todo muy democrático… hasta que el ciudadano responde.
Si el encuestado se inclina por un perfil del PAN, la llamada no termina. Al contrario, empieza el verdadero objetivo. Entonces llegan las preguntas sobre Morena y, curiosamente, con una protagonista recurrente: Andrea Chávez.
No son preguntas abiertas. Son planteamientos cargados de elogios, referencias a supuestos logros, atributos positivos y escenarios donde prácticamente se invita al ciudadano a reconsiderar su respuesta inicial. Es decir, la encuesta deja de medir para empezar a vender.
Eso tiene un nombre: una encuesta de empuje, o push poll. No busca conocer la realidad, sino influir en ella. Su propósito no es obtener números confiables, sino sembrar una idea en quien contesta y, de paso, producir resultados que luego puedan presumirse como si reflejaran el sentir de la población.
Porque, seamos sinceros, una encuesta que induce respuestas sirve para todo… menos para conocer la opinión de la gente.
Y el problema va más allá de un partido o de una aspirante. Hoy es Andrea Chávez; mañana podría ser cualquier otro actor político. La práctica es igual de cuestionable sin importar el color del chaleco.
Lo más llamativo es que las redes sociales comenzaron a hacer lo que las propias encuestas no hacen: reflejar el humor ciudadano. Ahí abundan las quejas de personas cansadas de recibir llamadas políticas disfrazadas de estudios demoscópicos. No reclaman que les pregunten. Reclaman que intenten convencerlos mientras les dicen que solo están «levantando información».
Tal vez alguien crea que una encuesta sesgada ayuda a construir una candidatura. Puede servir para fabricar titulares, alimentar el ego de un equipo de campaña o presumir ventajas inexistentes. Pero difícilmente genera credibilidad. Al contrario: despierta sospechas.
Y cuando una encuesta parece escrita con marcador fluorescente para favorecer a una sola persona, deja de ser un instrumento estadístico y se convierte en propaganda con voz de telefonista.
El ciudadano merece respeto. Su opinión no necesita que le expliquen cuál debería ser la respuesta «correcta». Si alguien quiere hacer campaña, que la haga de frente, con anuncios, con propuestas y con debates. Pero disfrazar propaganda de ciencia demoscópica no solo confunde: subestima a quien está del otro lado de la línea.
Porque una cosa es intentar ganar una elección. Otra muy distinta es querer ganar una encuesta… antes de hacerla.