La Casa se lava las manos

La Casa de los Famosos México empieza a mostrar algo más interesante que sus pleitos: La manera en que la producción está administrando la responsabilidad de lo que ocurre. Porque una cosa es que el público tenga el poder de votar y otra muy distinta es pretender que la audiencia cargue sola con las consecuencias de un juego cuyas reglas, castigos, nominaciones, dinámicas y oportunidades de regreso son diseñadas por la producción. Si la decisión es del público, perfecto, pero el tablero no lo pone la gente.
La eliminación de Ximena Herrera lo dejó clarísimo. Después de ser la segunda expulsada, apareció El Exilio, una nueva dinámica que mantiene a Ximena junto a Mariana Ochoa, la primera eliminada, durante 48 horas y permite que una de ellas regrese a la competencia mediante el voto de la audiencia.
Es decir, dos personas que ya habían perdido la oportunidad de continuar ahora tienen una segunda puerta de entrada. La producción puede modificar el juego, faltaría más, pero entonces también debe asumir la responsabilidad editorial de esa decisión y no escudarse en “el público decidió”.
Porque si mañana alguien regresa, no será únicamente porque la gente votó. Sino porque alguien decidió crear El Exilio, colocar ahí a las eliminadas y abrir nuevamente la votación. Esa diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Y mientras La Casa intenta sobrevivir a sus propias reglas, los pleitos ya están marcando territorios. El choque entre Masad Altamimi y Ese Pérez representa uno de los focos de tensión, pero Masad también ha tenido roces por la convivencia y la comida. Cynthia Klitbo llegó incluso a reclamarle por utilizar alimentos que otros habían preparado y después aclaró que él no había comunicado desde el principio sus restricciones alimentarias; Masad terminó ofreciendo disculpas.
Klitbo, por cierto, se ha convertido en una de las figuras más incómodas de la casa porque no está dispuesta a convertirse en la mamá de todos. Ha cocinado, limpiado y reclamado que varios solamente comen sin colaborar. Yahir propuso organizar las tareas para evitar que el trabajo recayera en unos cuantos. Ahí hay un conflicto real de convivencia, no una historia que necesite demasiada producción: dieciocho personas encerradas, comida limitada, limpieza y responsabilidades compartidas.
Pero precisamente ahí está la clave de esta temporada: la producción tiene que decidir si quiere ser simplemente quien organiza el juego o si también pretende deslindarse de sus efectos. No puede crear una dinámica, cambiar las reglas, provocar nuevas posibilidades y después decir que todo lo que sucede es responsabilidad exclusiva de quienes votan.
La audiencia tiene poder, sí. Pero la producción tiene el poder más grande: decide qué puede votar la audiencia.
Y esa diferencia es demasiado importante como para esconderla detrás de una pantalla de votaciones.
FACEBOOK y YOUTUBE Ana María Alvarado
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