El día a día frente a la carencia económica
A sus 75 años, Fermín sobrevive en un pequeño cuarto alquilado en la colonia Santa María la Ribera, donde cubre sus compromisos mensuales con extrema dificultad. Aunque recibe el apoyo gubernamental para adultos mayores, los recursos resultan insuficientes para adquirir los fármacos indispensables que requiere para tratar sus padecimientos crónicos.
“Cada mes necesito comprar medicinas, porque no cuento con IMSS, pero las medicinas que me mandan cuestan más de mil 200 pesos, así que no me alcanza y sólo compro lo que puedo”, platica.
La situación empeoró tras el fallecimiento de su compañera de vida el año pasado. Juntos combinaban los recursos de ambos apoyos institucionales, pero la carga individual rebasó sus capacidades físicas y económicas, imposibilitándolo incluso para conmemorar fechas significativas como el Día del Abuelo.
Panorama demográfico y pobreza en el sector
En el territorio nacional habitan aproximadamente 17.1 millones de personas con 60 años o más. De este sector, entre 12.5 y 13 millones perciben el subsidio federal que les otorga un margen de subsistencia básica.
Información procedente de mediciones multidimensionales elaboradas por el Inegi y el Coneval detalla que entre 4 y 4.3 millones de ciudadanos de la tercera edad, equivalentes a un rango de 31% a 34%, enfrentan algún grado de pobreza multidimensional. Asimismo, entre 3.2 y 3.6 millones experimentan condiciones moderadas con al menos una carencia social.
Vulnerabilidad extrema y pérdida de poder adquisitivo
Por otra parte, un sector estimado entre 650 mil y 780 mil individuos sobrevive dentro de los márgenes de pobreza extrema, al carecer de recursos suficientes para adquirir la canasta básica alimentaria y acumular tres o más carencias sociales.
Durante el periodo de 2025 a 2026, el padrón incorporó a un millón más de personas y el monto mensual pasó de 6 mil 200 a 6 mil 400 pesos, medida interpretada como un freno para impedir un repunte en la indigencia por ingresos. No obstante, la inflación generalizada ha erosionado de manera constante el valor real de estos recursos.
“De la leche ya me olvidé, la carne y el pollo igual, me alimento con café, pan (bolillo), huevo y algunas verduras, y tortillas, pero comprar otras cosas como jamón o quesos también me resulta difícil”, menciona Fermín.
Mientras una parte de la población longeva recibe asistencia económica por parte de sus familiares, casos como el de Fermín reflejan el aislamiento financiero, agravado por circunstancias imprevistas como la enfermedad de su descendencia.
“Yo no quiero meterme en política, a mí todos me caen mal, pero sí reconozco que esta pensión (del Bienestar) es la que me permite seguir, pero lo que hubiera querido es tener una pensión estable, a través de un trabajo estable, que no tuve, y llegar a mi vejez en otras condiciones, no así, ya no puedo ni vender en la calle, así ya no quiero continuar, a ver cómo les va a los que siguen, van a ser más pobres que yo”, opina.
El reto financiero hacia el futuro
Las proyecciones demográficas indican que hacia el año 2050 la cifra de habitantes con más de 60 años rebasará los 34.4 millones, lo que implicará que uno de cada cuatro mexicanos pertenecerá a este grupo etario. Esta transición planteará desafíos significativos para la sustentabilidad del gasto público en materia de pensiones, salud pública y esquemas de atención a largo plazo.
