Una reorganización marcada por la sombra delictiva
Las autoridades estatales en Oaxaca han intentado posicionar la actual coyuntura como un proceso profundo de saneamiento político y policial. Sin embargo, diversos sectores consideran esto como una simulación. La tranquilidad en la región dista de ser permanente y responde más a una tregua temporal derivada de la captura de Miguel Sánchez Altamirano, ocurrida la semana pasada. Al exalcalde se le señala de pertenecer a Los Cromos, considerado el brazo armado del Cártel Jalisco Nueva Generación en territorio zapoteca.
Informes de inteligencia apuntan a que el ex edil operaba como un subordinado dentro de una estructura criminal más amplia, presuntamente protegida por Emilio Montero. A este último, quien encabezaba el Instituto de Educación de Oaxaca, se le frenó una orden de aprehensión mediante la intervención de actores políticos de Morena, incluyendo a un secretario de Estado.
La ruptura de pactos y el cambio de hegemonías
Funcionarios federales ubican a Montero como un artífice central en la escalada violenta que transformó el escenario criminal en la entidad. Su gestión al frente de la estructura delictiva habría roto acuerdos tradicionales de no agresión vigentes durante festividades populares como las tradicionales Velas celebradas en mayo. Con su dimisión tras la detención de su sucesor en la alcaldía, se evidencian las redes tejidas para desplazar al Cártel de Sinaloa, fuerza dominante hasta la consolidación de proyectos estratégicos como el Tren Transístmico.
Este reacomodo refleja una compleja red de complicidades políticas. La disputa territorial involucra también al senador Antonino Morales, identificado por instancias federales como controlador de rutas migratorias y actividades de extracción ilegal de combustibles en la región de Tehuantepec. Morales, originario de dicha demarcación, mantiene una rivalidad histórica con los liderazgos de Juchitán y figura en los escenarios políticos hacia los próximos procesos electorales.
Nexos políticos y operaciones criminales en el Istmo
Antecedentes de la investigación señalan que, durante su gestión municipal, Montero sostuvo encuentros con mandos del grupo criminal en Jalisco para consolidar su posición frente a rivales locales. Como resultado de esos acuerdos se facilitó la operación de células armadas vinculadas a la consolidación de control territorial en zonas estratégicas indígenas impactadas por las obras de infraestructura federal.
La trama de intereses locales también salpica a círculos cercanos al poder ejecutivo estatal, donde se señalan presuntas vinculaciones con sindicatos regionales y disputas por el control de gremios de transporte. Estas dinámicas de poder subterráneas han derivado en episodios de extrema violencia, entre los que destaca el homicidio del periodista Alejandro Leyva, cuyos señalamientos en su columna periodística documentaban la injerencia de grupos delictivos en la administración pública.
Un panorama de impunidad y simulación institucional
El asesinato del comunicador, sumado a la ejecución de una decena de integrantes de grupos rivales en Tehuantepec, visibilizó la grave descomposición social y de seguridad en el territorio oaxaqueño. Las indagatorias sobre estos hechos apuntan hacia redes de complicidad que rozan los más altos niveles de la administración estatal, comprometiendo a secretarías de gobierno y áreas encargadas de la coordinación de seguridad.
Pese a las expectativas generadas por la intervención federal tras la aprehensión de mandos locales vinculados al crimen, las acciones de procuración de justicia enfrentan obstáculos y frenos procesales. Esto permite la subsistencia de estructuras de poder político-criminal que continúan operando bajo el amparo de la impunidad y la simulación gubernamental en el sur del país.
