Estrategia militar bajo análisis
El Pentágono ha integrado el uso de la poderosa bomba GBU-43/B Massive Ordnance Air Blast, conocida popularmente como la madre de todas las bombas, dentro de sus planes de contingencia actualizados frente a Teherán.
Esta opción militar contempla atacar infraestructuras energéticas y emplazamientos nucleares iraníes si el presidente Donald Trump decide dar luz verde a una reactivación de las operaciones bélicas en la región.
El posible empleo de este dispositivo convencional de 10.000 kilos representaría una escalada drástica en el conflicto unilateral que mantienen Washington e Israel desde finales de febrero.
Dudas sobre su efectividad subterránea
Diversas fuentes de la inteligencia estadounidense han manifestado reservas técnicas sobre la utilidad real de este armamento para neutralizar objetivos estratégicos muy fortificados bajo tierra.
A pesar de que el artefacto guiado por GPS posee un poder destructivo equivalente a nueve manzanas urbanas, expertos militares dudan de su capacidad para perforar las capas de granito que protegen instalaciones como la de Pickaxe Mountain.
Por esta razón, los analistas sugieren que su impacto destructivo se limitaría fundamentalmente a la superficie, generando además un elevado riesgo de víctimas civiles por su proximidad a núcleos poblados.
Presiones políticas y contexto electoral
La Casa Blanca afronta un escenario de alta tensión debido al profundo rechazo ciudadano hacia este conflicto armado, considerado el más impopular en la historia contemporánea de Estados Unidos.
Con vistas a los comicios legislativos previstos para el 3 de noviembre, la administración republicana busca fórmulas comunicativas que permitan cerrar abruptamente las hostilidades y declarar una supuesta victoria.
Ante la falta de avances en la vía diplomática tras más de seis meses de bombardeos, el uso de la MOAB se contempla también como una herramienta de fuerte impacto psicológico para alterar el equilibrio actual.
Antecedentes del uso de la MOAB
El actual mandatario ya recurrió a este armamento durante su primer mandato presidencial, cuando ordenó su lanzamiento en el año 2017 contra una red de túneles del grupo terrorista ISIS en Afganistán.
Aquel ataque dejó un saldo de 36 insurgentes muertos y la destrucción de infraestructura militar subterránea, marcando un precedente en la utilización de la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense.
