El realizador colombo-canadiense Nicolás Pereda participa en la contienda oficial del Festival Internacional de Cine de Morelia dentro de la categoría de largometrajes nacionales con su reciente producción cinematográfica.
Entre la música erudita y los enredos hogareños
La propuesta cómica explora el circuito de la música académica contemporánea a través de las vivencias de tres mujeres artistas llamadas Rosa, Tere y Luisa. La trama se desarrolla en un departamento situado en la colonia Narvarte, donde la complicidad femenina contrasta con situaciones absurdas como fallas en el suministro eléctrico y ladridos incesantes, mientras debaten sobre sus procesos creativos frente a un equipo de televisión.
El argumento germinó a partir de experiencias personales y cercanías con el gremio. Juan Francisco Maldonado colaboró en el libreto junto al realizador, aportando anécdotas vinculadas a una familia de músicos clásicos de larga trayectoria.
“Crecimos no solamente escuchando esa música, sino también con los chismes. La película es eso, el cariño y el entusiasmo con el que hablamos de eso y al mismo tiempo conocer los chismes de ese universo a partir de mi mamá”, revela Pereda sobre las referencias que sirvieron como punto de partida para construir este relato.
Asimismo, el cineasta integró vivencias acumuladas durante su labor docente universitaria y su relación con el formato de las entrevistas. Esta perspectiva dio pie a una sátira sobre la manera en que los creadores legitiman su trayectoria: “Toda la película me burlo un poquito, pero me gusta ese mundo del arte contemporáneo, de cómo los artistas se arman como una historia fundacional de por qué hacen lo que hacen, que siempre es artificial, a veces muy divertida o muy elegante”.
Desafíos de producción durante las festividades decembrinas
Concretar la filmación exigió superar importantes obstáculos logísticos. El rodaje tuvo lugar en un inmueble de la Ciudad de México que sirvió de inspiración inicial, pero la coincidencia con el cierre de año obligó a comprimir el calendario de trabajo.
Debido a las apretadas agendas del reparto estelar —integrado por Teresita Sánchez, Rosa Estela Juárez, Luisa Pardo, Gabino Rodríguez y Francisco Barreiro en compromisos teatrales y fílmicos previos—, las grabaciones debieron efectuarse exclusivamente entre el 24 o 25 de diciembre y el 1 de enero.
La proximidad con un centro comercial provocó que la congestión vehicular de las avenidas incrementara notablemente. El estruendo exterior penetró en los registros de audio, un factor que en lugar de descartarse terminó por otorgar identidad al largometraje y bautizarlo.
Nicolás Pereda recordó así la transformación del concepto: “La película no se llamaba así y de pronto todo hizo sentido. Hay algo del tráfico de la ciudad que se mete, hay algo como de la jerarquía de los sonidos. ¿Qué es la música? Un chelo, un claxon, alguien gritando… ¿cuál es la jerarquía?”.
El tratamiento acústico como elemento narrativo
Durante la etapa de postproducción, los ruidos urbanos captados en el set adquirieron un rol fundamental. Gracias al trabajo conjunto con Guido Berenblum y Gerardo Kalmar en el diseño de sonido y las composiciones musicales de Violeta García, los murmullos de la calle y las imperfecciones técnicas se fundieron con la estructura formal.
El director calificó esta fase como fundamental dentro de su filmografía, al lograr que la dimensión sonora funcionara más allá de la simple atmósfera, integrándose de lleno en la progresión dramática.
Mediante esta mirada atenta a la cotidianidad, la obra busca posicionarse en el máximo galardón de la competencia mexicana en Michoacán, consolidando la trayectoria del director en el análisis de los espacios íntimos y la ironía artística.
