Por Jesús Salazar
Pasé toda mi infancia yendo y viniendo de Tijuana a Ensenada para visitar a la familia materna a los cumpleaños, navidades, la llegada del año nuevo y diversas celebraciones. La carretera escénica ofrece una perspectiva hipnotizante de la costa del Pacífico, difícil de ignorar. Casi siempre me las arreglaba para subir al carro al final, con tal de quedarme con la ventana: del lado derecho al ir, del izquierdo al regresar, en una pequeña hazaña de contemplación del paisaje costero.
Llamaba “las hormiguitas” a esas siluetas humanas que, vistas desde la distancia, parecían descansar mientras flotaban en el agua, en varios puntos del camino —especialmente a la altura del kilómetro treinta y ocho y cerca de la última caseta de cobro, en Playa San Miguel. Quién diría que, muchos años después, yo sería uno de ellos.
He sido observador del surf y de la costa desde muy pequeño, con la única diferencia de que entonces no conocía la dinámica social que gira en torno a su cultura, ni tampoco las heridas históricas que llevaría conmigo al agua y que terminarían definiendo mi manera de ver, procesar y expresarme. Al igual que la música, los libros, las experiencias vividas, la historia familiar y el contexto geográfico, el surf ha sido para mí una plataforma de vida y de narración. Y aunque no todo sobre lo que me exprese trate de deslizarse sobre una ola, todo tiene que ver, de una forma u otra, con la búsqueda personal o con la experiencia de volver y correr una ola.
Cuando me encuentro con alguna historia que ocurre en Baja California o en México en los medios de surf y aparece la leyenda “South of the border” —“al sur de la frontera”— capta de inmediato mi atención, especialmente si narra sobre olas perfectas, el narco, armas, drogas o bandidos. Solo para analizar como es retratado el mexicano.
Al Norte de la Frontera
—El Golfo de México. — la vía marítima
Son ciento veintidós millas náuticas de Puerto Morelos al puerto de Brownsville, Texas. Ese sería nuestro siguiente destino tras haber recorrido una distancia similar desde Tuxpan, Veracruz, hasta Puerto Morelos en Quintana Roo. Eran decisiones estratégicas que permitirían al cuerpo de científicos ahorrar en costos de importación y en logística para transportar los equipos sofisticados encargados de medir múltiples variables en los increíblemente profundos abismos del Atlántico.
Al arribar al puerto rojiblanco, nos da la bienvenida un delfín común, indiferente a cualquier frontera, especialmente a la de Matamoros, en México, con Brownsville, en Texas. Apenas llegamos, el capitán del Justo Sierra anunció por los altavoces dispuestos a lo largo de la embarcación que buscáramos nuestros pasaportes y respectivas visas para presentarlas a los agentes migratorios. Indicó que estuviéramos listos para descender, uno por uno, a entrevistarnos con ellos en la sala de juntas.


Me invadió de nuevo el viejo nervio que siempre se siente al cruzar la frontera en auto, esa tensión contenida durante el minuto o dos que uno pasa frente al agente, tratando de hablar con dicción perfecta —preferiblemente en español—, no sea que sospeche alguna intención oculta de repatriación voluntaria si le contesto en inglés. Siempre con el cinturón de seguridad exageradamente visible, como para demostrar sin palabras que cumplimos las reglas al pie de la letra.
Llegó mi turno. El agente me preguntó:
—¿Es usted Jesús Alberto García Salazar?
—Ese soy yo.
—¿A qué se dedica? ¿Cuál es su rol aquí?
—Soy técnico en ciencias, asistente del cuerpo de investigadores. Además, documento las actividades y misiones que generarán conocimiento sobre las profundidades del Atlántico.
—Muy bien, joven —respondió el oficial—. Puede llamar al siguiente.
Así terminó mi breve encuentro con la migra, sin contratiempos, en poco más de un minuto.
Zarpamos hacia el Atlántico, rumbo a aguas cubanas, para recuperar boyas que contenían instrumentos cargados de datos relevantes, profundidad, temperatura, luz disponible, velocidad de las corrientes, etc. Esas cifras alimentarían el conocimiento sobre el inmenso cuerpo de agua que es el Golfo de México. Tras una semana de navegación, en una tarde que bien pudo ser lunes o jueves —porque en el mar los días comienzan a perder nombre, y sólo queda la diferencia entre el día y la noche—, divisamos una formación de nubes de tormenta sobre una lejana línea de tierra. Al centro, una pequeña estructura en forma de capilla: el faro de Cabo Verde. Blanco y erguido, contrastaba con el azul metálico y penetrante del Caribe por debajo y el verde denso de la vegetación tropical por encima de la línea del horizonte. Fue un alivio y una alegría ver tierra firme, después de tantos días rodeados sólo de azul.

Seguimos trabajando con intensidad, hasta que en algún punto entre las Bahamas y Cuba, una falla durante la maniobra de recuperación de una boya resultó en el enredo de cable oceánico en la propela del Justo Sierra. Se desató entonces una oleada de discusiones sobre la negligencia en la maniobra entre el primer y segundo oficiales con el jefe del proyecto científico.

La primera misión para resolver la emergencia fue enviar buzos a inspeccionar la magnitud del daño. Una vez bajo el agua, lograron tomar imágenes y examinar la propela en detalle, hasta que uno de ellos hizo la señal de alerta con una mano por encima de la cabeza: tiburón a la vista. Efectivamente, un majestuoso tiburón pelágico de punta blanca patrullaba el navío inmóvil en círculos. Los buzos emergieron de inmediato, dando aviso a quienes estábamos en la cubierta.
Memo, uno de los marineros, corrió por un anzuelo del tamaño adecuado para un escualo y preparó una línea con un trozo de carne, en un intento fallido por atraparlo.

Las imágenes confirmaron que la embarcación debía dirigirse al astillero más cercano para reparaciones. Estuvimos a la deriva durante aproximadamente una semana, sobre la ruta de los cargueros, hasta que finalmente llegó un remolcador cubano. Era tan viejo como los autos que uno ve en las postales de La Habana. Dependíamos de un cabo —el más grueso que he visto en mi vida— que, sin embargo, parecía diminuto para remolcar semejante mole durante varios días.

Fueron necesarios tres días de navegación titánica. Tuvimos la fortuna de contar a bordo —de manera estratégica— con un par de cubanos —maestro y estudiante— que se unieron a nosotros en Quintana Roo, lo que permitió que el Justo Sierra operara legalmente en aguas rumberas.
El astillero de Matanzas, Cuba, me recordó al puerto donde trabajaba mi abuelo: mucho metal oxidado, casas pequeñas, algunas grúas y embarcaciones envejecidas. La única diferencia era la intensidad del verde, más vibrante que el propio color.

Como es costumbre al llegar a puerto extranjero, subieron a bordo las autoridades migratorias y militares. En lo personal, esperaba ver figuras parecidas a Fidel Castro: barbas tupidas, uniformes verde olivo. Pero estaba equivocado. Eran dos hombres perfectamente afeitados, vestidos con uniformes blancos, insignias de colores en un lado del pecho, prendedores dorados en el otro, y sombreros planos, como si la estética marinera fuera estándar en todas las milicias del mundo.
Este encuentro tuvo un matiz triste. Estábamos a pasos de un país culturalmente fascinante y pintoresco, pero debido a la diplomacia rota entre naciones —con las que el Justo Sierra debía visitar más adelante—, ninguno de los tripulantes mexicanos podía poner pie en tierra cubana. No podía pensar en otra cosa que en el Che y las barbas de Fidel, el socialismo y la guerrilla. Y en cómo los conflictos entre ese país y otros de banderas estrelladas eran responsables, al menos en mi imaginación, de nuestro confinamiento y aburrimiento a bordo.
Aun así, se produjo un intercambio cultural con los marineros cubanos encargados de reparar la propela. Les dimos herramientas, cadenas, cabos y otros artefactos técnicos, pero también cosas más personales: papel higiénico, jabón y mis dulces de tamarindo. Uno de ellos me sorprendió particularmente: mostraba con orgullo una casaca del futbolista mexicano Javier “Chicharito” Hernández.


—Mira —me dijo—, la diez del Chicharito. Acá lo queremos tanto como a Cantinflas y al Chavo del Ocho.
Al cabo de una semana en el astillero cubano, terminé reflexionando sobre mi tiempo en el Caribe. Entre el olor a aceite, diesel y salitre, no podía evitar pensar en otras islas, otras aguas, otras memorias. Cuba no era la primera tierra caribeña que pisaba, aunque sí la que más me confrontaba con el peso de la historia. Aquel calor me trajo de vuelta el recuerdo de una estancia anterior, en otro rincón del archipiélago, donde el verdor no era menos intenso y la lucha tenía otros nombres.
—Puerto Rico.— la vía de los sueños.
Nunca imaginé que ese pedacito de tierra, al que llegué casi por accidente, me dejaría una marca tan profunda.
Recuerdo que el agente fronterizo me advirtió sobre los coquíes, o al menos sobre su canto. Anoté la palabra en mi teléfono mientras esperaba en la sala de visado, para buscar lo que era en un futuro cercano. Iba rumbo a un “Estado Libre Asociado” de la Unión Americana, y no fue sino hasta que vi la bandera que entendí el símbolo: una estrella más, sumada a las cincuenta que ya flamean en la bandera de Estados Unidos.
Así llegué a Adjuntas, un pequeño pueblo en la montaña, donde la lluvia es parte de la cotidianidad de su gente. Igual o incluso más verde que Cuba, era un sitio tan lleno de vida que, confieso, un par de veces no pude contener las lágrimas. Lágrimas de gozo, de estar ahí, en el lugar donde sentía que debía estar en ese preciso momento.
Allí conviví con Alexis Massol, ganador del premio Goldman —el equivalente al Nobel del Medio Ambiente—, un hombre cuyas acciones hablaban por sí mismas. Me sentía honrado de compartir espacio con él, de aprender de su experiencia y convicciones. Fue con él que conocí la historia de Don Pedro Albizu Campos, el líder independentista puertorriqueño.
Una tarde, estando en Casa Pueblo, le pregunté a Alexis por el coquí y su significado en la cultura boricua. Me condujo entonces hacia un retrato de Albizu, acompañado por un ave.
—Hablemos mejor del pitirre —me dijo—. Te voy a contar la analogía de esta majestuosa ave. Vive en nuestro bosque, ese mismo que defendimos de las mineras de cobre. Esa lucha, entre otras, me valió el reconocimiento internacional.

—Mira, Jesús —continuó—, él es Don Pedro. Y ese en su hombro es un pitirre. Lo lleva como si fueran uno solo, vigilantes de su nido frente a depredadores más grandes que ellos. Esta documentado como los pitirres protegen a sus crias de los buítres, victoriosos a pesar de su tamaño.
El pitirre y Albizu Campos simbolizan la resistencia. Ambos encarnan el espíritu puertorriqueño que no se rinde ante la dominación, ni natural ni política. Enfrentan la invasión, la amenaza, la destrucción provocada por los que vienen de fuera.
Yo trataba de comprender todo lo que me decía. Más tarde, camino a casa entendí: era la lucha por independizarse de los Estados Unidos.
Semanas después, recibí un mensaje de su nieta, Corali. Quería conocerme y mostrarme el bosque donde creció, el mismo que la familia Massol ha protegido por generaciones. Subimos a la montaña, y antes de entrar al bosque hicimos una parada obligada en un puente: la lluvia del día bajaba con fuerza, desbordando el cauce. Tuvimos que esperar junto al agua furiosa hasta que disminuyera el torrente. Era una situación completamente normal para quienes habitan la cotidianidad de la montaña, pero para mí, aquel momento quedó sellado como una conexión intensa, marcada por la grandeza del lugar. Ella y yo lo sentimos. Cuando por fin cruzamos, algo en mí se arraigó. Por un instante sentí que podía echar raíces allí. Todo lo que se siembra en esa tierra crece. Yo no era la excepción.
Llegamos a su casa, una cabaña hecha con los mismos árboles del entorno. Me contó que su tío —ya fallecido— la había construido. Tenía unos tres por cuatro metros, con un segundo nivel que servía como dormitorio. Recogimos algunas cosas y fuimos a casa de su madre. Yo seguía boquiabierto por la majestuosidad del bosque, incapaz de articular palabra. Finalmente cenamos, compartimos vino, y al regresar a su cabaña, nos dejamos llevar. La intensidad del momento nos envolvió: nuestros cuerpos, unidos, separados apenas por el sudor que la euforia hacía brotar.
A la mañana siguiente, extendí mi brazo hacia la base de la cama y toqué lo que parecía un mango de madera. Corali me detuvo con suavidad y extrajo un machete.
—Vivo sola —me dijo—, por eso duermo con machetes.
Me levanté, salí de la cabaña y caminé hacia el río, desnudo, para darme un baño. El olor a tierra mojada me envolvía, denso e inconfundible. Los rayos del sol luchaban por atravesar el espesor de las ramas. Fue entonces cuando lo entendí: los machetes de Corali y de su familia eran los mismos pitirres defendiendo el nido. Y aunque lo nuestro fue fugaz, tuvo peso. Me dejó una lección profunda.
“El primer deber del hombre es amar el suelo que le vio nacer”, dijo Albizu. En Puerto Rico, esa frase cobra sentido en la práctica. Desde ese día, me persigue una certeza:
“En Puerto Rico, amor se escribe con machetes.”
Experiencias como esta marcarían mi camino en los años por venir.
—Delta del Río Colorado.— la vía aérea.
Me encuentro en este momento bajo una oportunidad única: observar desde el aire el delta del Río Colorado, hoy casi seco. Es una problemática que compartimos con nuestros vecinos del norte, y que, desde esta perspectiva privilegiada, me permitiría documentar las recientes entregas de agua que Estados Unidos ha hecho a México. Nuestra misión era capturar el hilo de agua durante los dos días del flujo-pulso previamente pactado entre las autoridades hidrológicas de ambos países.
A bordo de un Cessna 182 me acompaña Bill Worthington, un piloto retirado que ahora presta sus servicios en favor de la conservación. Recién repasadas las medidas de seguridad a través de las bocinas que aíslan el estruendo del motor de hélice, Bill se comunica con la torre de control para solicitar permiso de despegue:
—Aquí Bill, a torre de control, cambio.
—Acá torre de control del Aeropuerto de Mexicali, cambio.
—Solicito permiso para despegar, cambio.
—La pista está despejada y lista para su despegue. Que tenga un vuelo seguro. Cambio y fuera.

Una vez en el aire, a poco más de mil metros de altitud, le pregunto por el plan de vuelo. Me señala la presa Morelos como punto A, y la Isla Montague como punto F, el destino final. Para sobrevolar la presa, Bill solicita permiso a la torre de control estadounidense: llevábamos a bordo a un pasajero mexicano, y daríamos varias vueltas sobre la zona fronteriza, a veces atravesando el muro y de regreso.
—Aquí Bill, a torre de control, cambio.
—Acá torre de control Yuma, cambio.
—Solicito permiso para entrar en espacio aéreo americano, llevo a un pasajero mexicano en una misión fotográfica al rededor de la Presa Morelos, damos un par de vuelta y regresamos, cambio.
—Enterado, tiene permiso. Que tenga un vuelo seguro de regreso. Cambio y fuera.
La vista del bordo era sobrecogedora: un monstruo metálico de color rojo óxido se extendía de este a oeste, perdiéndose en el horizonte. Este gigante de acero era atravesado perpendicularmente por un cuerpo de agua que, desde el cielo, revelaba con brutal claridad la necedad humana: a un lado, un valle agrícola exuberante y fértil; al otro, un paisaje árido, reseco, como sacado de una película del viejo oeste. La perspectiva aérea sugiere que el sur es el norte, y viceversa, como si los puntos cardinales también se doblaran ante la lógica del poder. Te invita a imaginar aquel tiempo en que este territorio aún no estaba dividido.


Finalmente sobrevolamos la Isla Montague, asombrados por los hilos que las mareas dibujan en su superficie: huellas de agua que semejan las venas de un pulmón, como si la naturaleza, en su propio idioma, pidiera auxilio.
Al término del recorrido, viramos hacia el norte real, rumbo al aeropuerto. Bill, con cierta pena ajena, se disculpa por las decisiones que han tomado algunos de sus compatriotas. La zona donde el viaje del Colorado termina —o terminaba— antes de que sus aguas fueran detenidas por represas río arriba, ha sido moldeada por resoluciones tomadas en mesas de quienes poseen y ejercen el poder.


Ya en sus crónicas, Jordán describía al Colorado como el Nilo de las Américas. Fue también escenario de batallas que definirían la posición del muro durante la guerra México-americana. William Walker, un filibustero de la costa este de los Estados Unidos, intentó conquistar Sonora y Baja California hacia finales de la década de 1840 y principios de 1850. Por aquel entonces, el norte de México estaba escasamente poblado y aún dolía la reciente pérdida de territorio. Walker, actuando por cuenta propia, pretendía anexar esas tierras como parte del expansionismo estadounidense.
Pero se topó con Antonio Meléndrez Ceseña en 1854, un hombre emparentado con la familia de mi abuela materna, María Magdalena Ceseña. Dicen los historiadores que Toño poseía un talento natural para la estrategia militar. Resistió los avances de Walker en enfrentamientos prolongados que se extendieron desde La Grulla —la antigua capital de Baja California, hoy Ejido Uruapan— pasando por el Valle de la Trinidad, hasta Sonora y más allá de la frontera.
Ni siquiera los refuerzos navales del filibustero, que contaban por miles, lograron conquistar ese trozo preciado del desierto mexicano. Por esa hazaña, el Estado mexicano reconoció a Meléndrez como Héroe de Baja California. Sin embargo, esa gloria tuvo un precio: al poco tiempo, y pese a la promesa de un rango militar, fue traicionado y fusilado por sus propios compatriotas en el poblado de San Vicente.
Imagino que ha de retorcerse en su tumba al ver cómo hoy esa franja costera está llena de nuevos William Walkers, ahora con banderas corporativas de conquista. Los mismos que vendieron simbólicamente esas tierras quizás son descendientes de los mismos traidores que lo llevaron al paredón.
Está en mi sangre —como estuvo en la suya— defender este territorio. Porque el desierto también tiene memoria, y yo no olvido.
—La Tía Juana.— la vía terrestre.
El acento en el inglés de mi papá delata su mexicanidad desde la primera palabra. Cuenta con orgullo que lo aprendió viendo caricaturas en el canal 6 y escuchando la 91X de San Diego, una estación cuya señal alcanza buena parte de Tijuana. Antes de Spotify y Netflix, esas transmisiones definían la cultura de la frontera más transitada de México y del mundo.
La Tía Juana —como también le decimos a esa ciudad— lo vio crecer y formarse como ingeniero químico, toda una vida cruzando al norte del bordo. Relata que en su adolescencia era común cruzar caminando con solo decirle al agente fronterizo: “U.S. citizen”, sin miedo a ser devuelto. Él y su medio hermano lo hacían con frecuencia, para ir al cine sin mayores complicaciones migratorias.

Un día, le ofrecieron un trabajo como ingeniero químico en Vandalia, un pequeño pueblo en Illinois. Se dedicaría a desarrollar fórmulas para sellos de hule en la industria automotriz. Recuerdo que nos pasaron a recoger en una limusina al aeropuerto de San Luis, Missouri, y de ahí nos llevaron directamente al que sería nuestro hogar durante los próximos dos o tres meses: el Ramada Inn. El hotel incluía desayuno y alberca. Nunca olvidaré las donas cubiertas de azúcar glass ni los jugos de naranja en tetrapack. En general, el desayuno nos parecía malo, quizá porque no se parecía en nada a lo que estábamos acostumbrados a comer en México. Pero no podíamos quejarnos: venía incluido.
Era un pueblo pequeño. Había un boliche, una pista de patinaje y un Walmart como opciones para el entretenimiento. Aprendimos a jugar boliche decentemente, y alternábamos entre los bolos y dar vueltas en la pista de patinaje. Siempre terminábamos en Walmart, caminando entre los pasillos sin comprar nada, salvo un cono de nieve de chorro con caramelo y unos Cheetos Flamin’ Hot. Era lo más parecido a comer Rancheritos o Crujitos de Sabritas.

Así pasaron los primeros meses, hasta que mis hermanos y yo entramos a la escuela. Karina, cinco años; Alejandro, un año menor que yo. Mi hermano y yo entendíamos el idioma gracias a la primaria bilingüe en México, pero nos faltaba técnica, gramática y fluidez. Mi hermana, en cambio, llegó en ceros. No puedo imaginar lo que debió ser para ella sentarse en una clase de matemáticas donde, además de aprender las operaciones, debía procesarlas en otro idioma. “One plus one equals two” no es lo mismo que “uno más uno es igual a dos”.
Recuerdo vívidamente a mi maestro de quinto de primaria, el señor Ruot. Tenía un mullet largo y rubio, un bigote espeso que le cubría casi toda la boca, como el de una morsa. Siempre vestía pantalones tipo Dockers, camisa de botones de manga corta fajada, y despedía una mezcla penetrante de café y loción que parecía salirle del alma. Le tengo aprecio porque fue muy paciente, sobre todo con el niño mexicano.

Las clases de los lunes comenzaban puntualmente a las ocho de la mañana con el juramento a la bandera. Una voz salía de una bocina detrás del escritorio del profesor, y al sonar la señal todos se ponían de pie al lado de su pupitre. Las primeras veces, el profesor y mis compañeros me animaban a levantarme, colocar la mano derecha sobre el pecho, y repetir: “I pledge allegiance to the flag of the United States of America…”. Luego seguía el himno nacional. Me tomó algunos lunes entender que podía pararme sin colocar la mano en el pecho, sin recitar el juramento. Una voz en mi cabeza me decía que no tenía que hacerlo. Que no tenía por qué faltarle al respeto a ninguna patria, ni a la mía ni a la ajena. Ese fue el primer momento en que sentí, con claridad, mi patriotismo. Me lo dije, firme y claro: “Yo soy mexicano”.
Con el tiempo, memoricé el juramento, pero dejé de entonarlo.
Una de las pocas clases que realmente me marcaron fue “Social Studies”, algo así como historia o sociología. Ahí aprendí sobre el “Underground Railroad”, una red de rutas secretas y personas —principalmente blancos abolicionistas— que ayudaron a esclavos negros a escapar hacia el norte, rumbo a Canadá. El nombre de Harriet Tubman quedó grabado en mí desde entonces.
Curiosamente, ya llevábamos varios meses en el sistema educativo estadounidense cuando nos empezaron a ocurrir cosas que no entendíamos. En la pista de patinaje, por ejemplo, algunos niños nos metían el pie a mi hermano y a mí para hacernos caer. Ocurría varias veces, en distintos días, por diferentes niños. Al principio no entendíamos qué pasaba. Luego, el patrón se volvió evidente. Siempre terminaba con una burla.
Recuerdo con mucho cariño la primera vez que supimos lo que era el invierno, y lo que lo diferenciaba del otoño. Íbamos todos en el auto rumbo a casa cuando empezó a caer algo del cielo que no sabíamos nombrar. Caía lento, casi en cámara lenta, en un vaivén coreografiado por el viento y la gravedad. No era lluvia: no mojaba igual, ni resbalaba por el vidrio como el agua. Bajo las luces de las farolas vimos que esas cosas diminutas tenían formas distintas, como talladas a mano con simetría delicada. Eran copos de nieve. Era nuestra primera nevada.
Mis papás estaban tan emocionados como nosotros. Nos acostaron prometiéndonos que al día siguiente haríamos nuestro primer muñeco de nieve. A la mañana siguiente desperté a mi hermano. Corrimos a abrir la cortina: todo era blanco. Todo. Rogamos que nos dejaran salir. Apenas dimos el primer paso fuera, notamos ese sonido característico que hace la nieve bajo los pies, parecido al de la arena mojada. Hicimos angelitos, nos lanzamos bolas de nieve, rodamos la nieve hasta formar grandes esferas. Cada quien empezó a hacer su propio muñeco. Usamos ramas como brazos, piedras como ojos, palos como nariz.
Pero no pudimos terminarlos.
De pronto, un silbido cortó el aire entre los árboles. Luego escuchamos a mi papá gritar con urgencia:
—¡Todos, métanse a la casa!
Obedecimos sin entender por qué. Resultó que alguien nos estaba disparando con un rifle de postas. Al parecer, eso lo divertía. Así fue como conocimos —y jugamos por primera vez— en la nieve.
Éramos muy chicos para entender lo que estaba pasando. Sigo sin saber por qué vivíamos en un hotel, por qué tenía que recitar el juramento a la bandera gringa, por qué nos metían el pie en la pista de patinaje, por qué la historia que más me marcó en la escuela fue la del “ferrocarril subterráneo”, o por qué alguien sentía la necesidad de dispararnos mientras jugábamos en la nieve.
Siendo un inmigrante legal, hijo de un padre trabajador, honesto y con aspiraciones de crecimiento profesional y con mente en el crecimiento de los suyos; ahora se que experimentamos racismo.
Les comparto la entrada de mi diario que narra la experiencia de cruce fornterizo, actividad que tengo haciendo por los últimos 35 años.

Entrada de diario — Cruzar la frontera
Cruzar la frontera siempre ha sido una experiencia cargada de nervios. Por más veces que lo hayamos hecho, siempre hay algo en el cruce que me sacude por dentro. Tal vez es la conversación forzada con el agente fronterizo, o el simple hecho de saber que unos metros hacen toda la diferencia entre un país y otro, entre pertenecer y ser observado.
Antes de salir, ya tengo en mente todo lo que hay que revisar. El seguro del carro tiene que tener cobertura amplia válida en Estados Unidos. Las visas deben ir a la mano, como si fueran un salvoconducto invisible. Y si vamos más allá de las primeras 25 millas —por ejemplo, a Disney— hay que tramitar ese permiso extra. Parece un detalle, pero sin él no puedes avanzar mucho.
Mi papá siempre repite lo mismo antes de llegar a la garita: “Revisen bien la cajuela, que no haya nada que nos puedan sembrar”. Lo dice con tono serio, casi ritual. También insiste en llevar dólares en efectivo. En San Ysidro, ya del lado gringo, es la última parada para cambiar pesos a buen tipo de cambio. A veces está a veinte por dólar, a veces más. Nunca sabes.
Una vez que cruzamos, las reglas cambian. Hay que manejar más rápido —más de 80 kilómetros por hora— y respetar cada semáforo como si fuera sagrado. Nada de basura por la ventana. En cada cruce, mi papá lo repite sin falta: “Aquí no se tira nada, ¿me oyeron?” Y claro, allá no existe eso de “arreglarlo con una mordida”. Te portas bien o te va mal. Así de claro.
Comer allá también es distinto. Una comida sencilla te cuesta entre ocho y quince dólares. No es tanto si lo piensas en dólares, pero en pesos se siente: son entre 150 y 300 por persona. Y ni se te ocurra beber en el carro. Allá el alcohol y el volante no se mezclan, ni por accidente.
El idioma no suele ser problema. Aunque todo el sistema está en inglés, casi todos los que trabajan en tiendas o restaurantes son latinos. Basta con saludar en español y te responden con una sonrisa, como reconociendo algo común, aunque cada quien esté de un lado distinto.
Sobre las playas americanas, no tengo mucho que decir. No he pasado suficiente tiempo en ellas como para opinar con justicia. Y, la verdad, no lo extraño tanto. Desde Ensenada hacia el sur, hay mar de sobra, hay olas, hay horizonte. Y eso, al menos por ahora, me basta.
El cargo Al Norte de la Frontera: Un viaje por cielo, mar y tierra a los United States apareció primero en NÓMADAS.