Cómo el cineasta Bruno Santamaría convirtió tres décadas de secretos familiares en su nueva película
El terreno de los recuerdos es sumamente frágil y maleable, capaz de alterar los acontecimientos del pasado para convertirlos en narraciones cargadas de matices diversos. Durante la presentación de su largometraje titulado 6 meses en el edificio rosa con azul, expuesto en la competencia oficial del Festival Internacional de Cine de Morelia 2026, el director mexicano Bruno Santamaría Razo reveló los detalles detrás de este proyecto que transita libremente entre la ficción y la realidad.
La semilla de este proyecto germinó durante el confinamiento por la pandemia sanitaria. En un entorno dominado por la incertidumbre generalizada, el realizador comenzó a entrevistar a sus allegados para profundizar en un suceso de su juventud. El resultado de este esfuerzo fue una trama centrada en un niño que, al alcanzar los 11 años, descubre un fuerte sentimiento afectivo hacia su mejor amigo Vladimir, mientras que su progenitor recibe un diagnóstico de VIH. Este acontecimiento altera radicalmente la estabilidad del hogar. No obstante, al contrastar las diferentes perspectivas de sus parientes, el cineasta advirtió que no existía una sola versión de los hechos.
“Terminé mucho más revuelto, pero muy emocionado y empecé a investigar más en archivos familiares, en fotografías, visitando lugares y no era suficiente”, explicó Santamaría durante la conferencia.

Conforme avanzaba en la escritura, comprendió que para unir los fragmentos de memoria y las imágenes visuales requería apelar a la imaginación de manera consciente y deliberada.
“Fui entendiendo que no estaba haciendo una película ligada a un acontecimiento familiar personal, sino que estaba haciendo una película que estaba ligada a una memoria emocional de una familia que vivió unos meses muy importantes”, revela Santamaría.
Dicho proceso creativo le otorgó la oportunidad de elaborar el guion durante un periodo de dos años, logrando disolver un silencio que se había prolongado por 30 años dentro de su círculo íntimo.
La reconstrucción estética basada en vivencias auténticas
La película, una coproducción internacional en la que participan México, Brasil y Dinamarca, tuvo su estreno internacional en la sección de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2026, además de formar parte de la muestra Horizontes Latinos en San Sebastián. Su propuesta visual fusiona material de archivo fotográfico, testimonios y una cuidadosa recreación histórica situada a mediados de la década de los noventa.
Para conseguir dicha atmósfera, el departamento de arte desarrolló una escenografía sustentada firmemente en las experiencias personales del equipo de producción. Elementos como los acabados de los pisos, la textura de los muros y la selección de la iglesia donde se rodaron varias escenas provinieron de memorias colectivas. El director recordó que las paredes de tono rosa evocaban directamente los hogares de las madres de los colaboradores, convirtiendo un set cerrado en un espacio vivo y orgánico para el elenco.

Por su parte, el cinefotógrafo Fernando, quien ha colaborado con el realizador desde su etapa universitaria, subrayó que el éxito de la filmación radicó en la flexibilidad ante los imprevistos del set. “Siento que una película como esta, por más que tú quieras planear y diseñar, al final encuentra su propio camino. Hay que estar muy atentos a percibir por dónde va”, señaló.
Un rodaje fundamentado en la libertad creativa y el diálogo
El elenco protagónico, conformado por destacadas figuras como Sofía Espinosa, Lázaro Gabino y Jade Reyes, destacó el clima de absoluta confianza que imperó durante las grabaciones. La metodología de trabajo priorizó la comunicación constante, las dinámicas grupales de integración y los ensayos extensos por encima de la rigidez de las líneas escritas en papel.
En este sentido, Sofía Espinosa detalló que la construcción de su rol incluyó actividades cotidianas como asistir a clases de aeróbics junto a la madre del propio director, permitiéndole conservar un margen importante de libertad interpretativa. “Hubo mucho espacio para dialogar, para intercambiar memorias, puntos de vista y también para jugar”, comentó la actriz.

Santamaría reconoció que esta experiencia cinematográfica compartió similitudes con su trayectoria en el terreno documental, obligándolo a modificar constantemente el libreto conforme interactuaba con la autenticidad de los actores infantiles y adultos.

Al igual que ocurrió en sus proyectos previos, el cineasta concluyó que realizar obras de esta naturaleza demanda un compromiso absoluto y recíproco: una dinámica en la cual el autor expone su intimidad y los colaboradores la reflejan fielmente en la pantalla grande.
