<div>Cómo han vivido seis iraníes la guerra de EEUU e Israel: "A Trump le importan sus intereses, no piensa en nosotros”</div>

Varios ciudadanos y ciudadanas iraníes relatan a The Guardian en Teherán cómo la guerra ha cambiado su mirada sobre el régimen y sobre el futuro del país
Trump dice que el Gobierno de Irán está “gravemente dividido”, pero la realidad es mucho más compleja
The Guardian ha hablado con varios ciudadanos y ciudadanas en Teherán sobre cómo la guerra está cambiando su opinión sobre el régimen y el futuro de su país.
Estas son sus historias:
Behzad, 31 años, recluta
Behzad tiene un máster en Humanidades y vive con su pareja en un piso de alquiler en el centro de Teherán. Dice que no participó en las protestas antigubernamentales de enero, pero solo porque en un principio las convocó Reza Pahlavi (hijo del último monarca de Irán) y no quería que se apropiaran de su descontento. Explica que él conocía a personas a las que el régimen mató a tiros en las manifestaciones.
Ahora es recluta. En contra de su voluntad. En Irán, el servicio militar obligatorio priva a los hombres de sus derechos básicos hasta que lo completan: no pueden tener un contrato laboral ni salir del país. Esperaba servir en un puesto administrativo, pero explica que desde el inicio de la guerra le han obligado a realizar tareas de guardia, patrullas y vigilancia en instalaciones militares, donde se ha expuesto a bombardeos.
No creo en absoluto que una guerra vaya a cambiar de repente el sistema y que luego Estados Unidos venga a instaurar la democracia
Cuenta que lo que más le atormenta no es solo el miedo a morir, sino lo absurdo de la situación en la que se ve obligado a participar. “No siento ningún tipo de apego por este sistema. No solo no me interesa, sino que, de hecho, lo detesto. Solo tienes que quedarte en un rincón y esperar a que, en cualquier momento, algo caiga del cielo y te golpee y caigas muerto como si nunca hubieras existido. Es una muerte absurda. Mueres de una forma que te hace sentir como si nunca hubieras existido”.
“No creo en absoluto que una guerra vaya a cambiar de repente el sistema y que luego Estados Unidos venga a instaurar la democracia [en Irán]”, dice. “Habría que ser idiota para pensar algo así. La propaganda de Iran International y de otros medios se alimentó de la desesperación de la gente y contribuyó a crear precisamente esa ilusión. Al final, una parte del régimen acabará llegando a algún tipo de acuerdo con Donald Trump. Y lo que tendremos será una dictadura militar”.
Fahimeh, 55 años, funcionaria
Fahimeh trabaja en una oficina gubernamental en Teherán y asegura que lo que más le importa es Irán: su dignidad, su seguridad y cómo será recordado. “La historia dirá si Irán ganó o perdió. Lo importante es que diga que Irán ganó”.
Dice enorgullecerse del antiguo pasado de Irán y cree que las potencias extranjeras llevan mucho tiempo tratando de menospreciarlo. Por eso, en su opinión, Irán debe aferrarse a los medios de disuasión: el control del estrecho de Ormuz, el uranio enriquecido, las garantías contra futuros ataques. “Eso crea disuasión. Irán debe hacerse más fuerte”, concluye.
Cuando se le pregunta por el asesinato al principio de la guerra del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, indica que no sintió ninguna satisfacción. Recuerda sus reuniones de poesía y habla de él como un hombre culto y bien informado, un hombre con lo que denomina “un espíritu delicado”. “Separo el carácter humano de una persona de su carácter político. No me alegro de la muerte de nadie”, explica.
La historia dirá si Irán ganó o perdió. Lo importante es que diga que Irán ganó
A pesar de la lealtad hacia su país, reconoce que no es ajena a la ira popular. Dice que incluso sus colegas, todos ellos empleados del Gobierno, lloraron a los fallecidos en las protestas antigubernamentales de enero. “Fue una tragedia nacional. Todos ellos eran nuestros hijos”, lamenta.
Fahimeh cree que el régimen sobrevivirá y se adaptará una vez terminada la guerra. “Conoce el estado de ánimo de la sociedad. Cederán, en cierta medida, ante el pueblo”. También se opone a un cambio de régimen impulsado desde fuera del país: “No es cuestión de que alguien al otro lado del mundo diga: ‘Salid a la calle’, y con eso se acabe todo. Es completamente absurdo”.

Ciudadanos iraníes pasan en coche junto a grandes retratos de las alumnas de la escuela Minab que murieron en un ataque aéreo en la plaza Tajrish de Teherán, el 21 de abril de 2026.
Nika, 23 años, estudiante y profesora de inglés
Nika es estudiante de psicología y también imparte clases de inglés. Vive con su madre, pero desde que comenzó la guerra se han visto obligadas a una convivencia incómoda en la casa de campo de su padre, en las afueras de Teherán –sus padres están separados–. Dice que ha perdido lo que antes le daba estabilidad: su habitación, su intimidad, la pequeña soledad de la vida cotidiana. A veces, agotada por el flujo constante de noticias que su padre escucha desde por la mañana hasta por la noche, se va a dormir al coche.
Las muertes en las protestas de enero la marcaron profundamente. Como muchos jóvenes, vio vídeos de los funerales, lloró por los fallecidos y pasó por un periodo de furia y desesperación. Explica que, en aquellos meses, hubo momentos en los que pensó que la guerra podría ser lo que finalmente acabara derrocando el Gobierno. “Todo esperábamos que pasara algo”.
Me sentí culpable. Ni siquiera en mi corazón debería haber deseado la guerra. No quiero que maten a nadie. Quiero que todos vivamos juntos y en armonía
Sin embargo, según su relato, cuando empezó la campaña de EEUU e Israel, ese sentimiento cambió. Se despertó con el sonido de una explosión. Afuera, los niños de la escuela frente a su casa gritaban mientras los padres se apresuraban a recogerlos. Su madre estaba en el trabajo y no pudo localizarla porque las líneas telefónicas habían dejado de funcionar: “Estaba aterrorizada. Cuando finalmente estalla, la guerra es completamente diferente [a cómo te la habías imaginado]”. Esa noche, cuando se supo que Jamenei había sido asesinado, la gente de los edificios vecinos gritaba, silbaba y celebraba desde sus ventanas. “No estaba contenta ni triste. Estaba sobre todo en estado de shock”, recuerda.
Tras el bombardeo de la escuela de Minab y la muerte de más de un centenar de estudiantes, sintió repulsión por aquello que en su día había deseado de alguna forma. “Te preguntas: ¿por qué habías deseado la guerra en tu corazón antes de que llegara? Me sentí culpable. Ni siquiera en mi corazón debería haber deseado la guerra. No quiero que maten a nadie. Quiero que todos vivamos juntos y en armonía”.
Explica que tras las protestas dejó de llevar el hiyab y se niega a volver a ponérselo, incluso en las reuniones familiares con parientes religiosos. Dice que su madre la apoya completamente, insistiendo en que no se debe obligar a las jóvenes a ceder, y que los miembros de la familia más mayores y conservadores deben aceptar el hecho de que esta generación es diferente.
Parisa, 20 años, estudiante de medicina
Parisa es estudiante de medicina en Teherán y la única hija de una familia religiosa y progubernamental. Explica que desde 2022 ha discutido con su familia por casi todo: creencias, vestimenta y el derecho a pensar por sí misma. Se quitó el hiyab delante de sus padres, soportó las discusiones que esto trajo y logró una difícil convivencia.
Cuenta que, cuando estalló la guerra, se despertó con los gritos de los niños en las dos escuelas situadas debajo de su edificio y luego escuchó los gritos procedentes de las ventanas cercanas: consignas, insultos, confusión. Una enorme explosión sacudió la casa: “Fue entonces cuando comprendí que la guerra había estallado”.
Al principio no lograba localizar a su madre porque no había cobertura y entró en pánico. Cuando por fin regresó a casa, Parisa cuenta que se lanzó a sus brazos, llorando: “Al final vamos a morir, ¿verdad?”. Su madre le respondió: “No, nos convertiremos en mártires”. La réplica de Parisa fue tajante: “Eso es morir. ¿Qué más da?”
Cada día que pasa siento con más fuerza que debería emigrar lo antes posible
La muerte de Jamenei abrió una brecha aún más profunda en el país. “Mi padre estaba fuera de sí y a mi madre le temblaba la voz. Yo estaba tranquila”. Mientras el régimen seguía desmintiendo la noticia, cuenta que se sentó en el sofá con una leve sonrisa, hablando con sus amigos, hasta que de las ventanas de todo el barrio empezaron a surgir vítores, silbidos y aplausos. “Fue tan intenso que sentí que me encontraba en un punto de inflexión de la historia”, afirma.
No sabe qué le deparará el futuro, pero afirma que teme la venganza, la polarización y otro ciclo de matanzas más de lo que cree en un cambio de régimen. “Estoy en contra de la República Islámica y estoy en contra de Pahlavi y del belicismo”, afirma.
Lo que más desea, dice, es una vida normal de trabajo, amigos, risas y mañanas ajenas a la política. Pero duda de que ese tipo de vida sea posible en Irán. “Cada día que pasa siento con más fuerza que debería emigrar lo antes posible”, concluye.
Parnian, 20 años, trabajadora en una cafetería
Parnian trabaja en una cafetería del centro de Teherán. Durante las protestas masivas a principios de año, recibió un disparo en la mano. Aún se está recuperando: hace apenas unos días, los médicos le retiraron la placa metálica que llevaba en la mano. Cuenta que le dispararon mientras ayudaba a evacuar a manifestantes heridos hacia un lugar seguro.
“Me dispararon desde una posición elevada. La bala atravesó el cuello de mi abrigo acolchado y me alcanzó en la mano derecha. Así que estaban apuntando a mi cabeza y a mi cuello”, explica.
Sus padres habían ido de un hospital a otro buscando a alguien dispuesto a atender a una víctima de las protestas. Cuenta que su padre, un veterano de guerra que vive con lesiones crónicas, le dijo al personal: “Durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), si encontrábamos a un iraquí herido, lo atendíamos. ¿Y ahora le han disparado a mi hija y se niegan a atenderla?”.
Aunque la guerra esté llena de miseria y todo vaya a peor para nosotros, no hay otra forma de convivir con ellos. Esta es nuestra última bala
Parnian afirma que el régimen había hecho que su padre se volviera en su contra. “Anoche, mi padre me decía: ‘Estaría dispuesto a pasar 20 días sin agua ni electricidad si eso significara que ellos se fueran’. Me resulta muy extraño que incluso mi padre diga cosas así. Pienso: ¿Qué te han hecho exactamente para que se haya llegado a esto?”. “Sinceramente, pienso lo siguiente: si no se va a derrocar la República Islámica, que la guerra no termine. Aunque la guerra esté llena de miseria y todo vaya a peor para nosotros, no hay otra forma de convivir con ellos. Esta es nuestra última bala”.
Amir, 40 años, taxista
Amir tiene dos hijos. Trabaja como conductor para la aplicación iraní de taxis Snapp y carece de otras opciones de trabajo estables. Dice que se unió a las protestas masivas en las calles contra el Gobierno, pero no cree que las potencias extranjeras ni las figuras de la oposición en el exilio se preocupen por los iraníes de a pie.
“Pahlavi está ahí sentado hablando sin parar, enviando a los jóvenes de otros a enfrentarse a las balas. Si puedes hacer algo tú mismo, hazlo. Si no, ¿qué derecho tienes a decirle a los hijos de otros que salgan a la calle?”, pregunta. “Todo el mundo salió a la calle por su propia situación económica. No porque quisieran a Pahlavi ni a nadie más”, agrega.
A Donald Trump le da igual que sea la República Islámica o cualquier otra alternativa: él persigue sus propios intereses. No está pensando en nosotros
“Antes de la guerra, no dejaba de pensar que acabarían llegando a un acuerdo y que nada de esto ocurriría. Al final, terminarán pactando algo, en algún despacho. A Donald Trump le da igual que sea la República Islámica o cualquier otra alternativa: él persigue sus propios intereses. No está pensando en nosotros”.
Por ahora, dice que le parece absurdo tener que parar continuamente en los controles de seguridad, tanto de día como de noche, mientras conduce por la ciudad donde vive. “Estados Unidos está bombardeando desde el cielo, ¿y vosotros estáis aquí registrando mi coche? ¿Así es como se garantiza la seguridad? ¿Qué seguridad?”.
Los nombres de los entrevistados han sido cambiados para asegurar su anonimato.
Traducción de Emma Reverter.