Dentro de los campos de juego profesional, la implementación del sistema de videoarbitraje ha generado intensos debates entre aficionados y directivos. Mientras algunos defienden su capacidad para subsanar omisiones arbitrales y garantizar la justicia deportiva, otros lamentan la pérdida de fluidez en el desarrollo de los encuentros. Sin embargo, más allá de la polémica sobre si una falta debió sancionarse o no, surge una interrogante inevitable sobre las dinámicas humanas: ¿estaríamos dispuestos a utilizar una revisión tecnológica similar en nuestras vivencias personales para confrontar nuestros propios errores y responsabilidades?
De la cancha al escenario teatral
Bajo la premisa de analizar las decisiones que definen el rumbo de los vínculos humanos, la puesta en escena No fue penal traslada la tensión de un partido definitivo hacia las complejidades de una relación afectiva fracturada. La trama se centra en el reencuentro de Pepe, apodado “El Tanque”, y Valeriano Fuentes, dos excompañeros y entrañables amigos cuyas trayectorias divergieron drásticamente tras un episodio crítico en su pasado.
Mientras El Tanque desempeña el rol de director técnico, lidiando con la angustia de evitar el descenso de su escuadra mediante gritos y estrategias al borde de la cancha, Valeriano opera desde la cabina del VAR, convertido en un observador crucial cuya perspectiva definirá el destino del segundo tiempo. A través de este recurso dramático, la narrativa expone dos versiones encontradas de un mismo suceso, evidenciando que la objetividad absoluta rara vez existe cuando intervienen las emociones y el orgullo.
Sobre este enfoque dual, el actor Martín Altomaro reflexiona en entrevista sobre la naturaleza de los vínculos y la necesidad de autocrítica: “Somos muy apasionados y nos gusta esta cosa de defender a ultranza nuestra posición, nuestra postura y yo tengo la razón. Entonces esta manera de hacer la obra te da la posibilidad de verlo por los dos lados, de tú como espectador encontrar tu propia postura o tu propia manera de ver la situación”.
Un proyecto gestado en la distancia y adaptado al formato presencial
El origen de este montaje se remonta al texto literario concebido por el escritor Juan Villoro, conocido por su prolífica obra en torno al balompié. Durante la pandemia, el proyecto inicial cobró forma como un monólogo de corta duración centrado en el personaje de Pepe López Martínez. Con el paso del tiempo, la estructura evolucionó para integrar el punto de vista opuesto, inspirándose en complejas obras corales de la literatura contemporánea.
Tras explorar formatos como el audiolibro y las lecturas dramatizadas, la propuesta finalmente consolidó su salto a las tablas bajo la dirección de Antonio Caso, reuniendo sobre el escenario a Martín Altomaro y a José María de Tavira. Para el elenco, la afinidad con el deporte no es ficción, ya que ambos intérpretes han compartido la práctica del futbol en el ámbito cotidiano.
A pesar del contexto deportivo que enmarca la escenografía y los diálogos, la producción busca trascender las reglas del juego para conectar con audiencias diversas. Al respecto, Altomaro puntualiza: “No es que se trate de futbol, se trata sobre la amistad, sobre la traición, sobre estas masculinidades que no saben decir lo que sienten, no se van dando cuenta o les van cayendo el 20 [después]”, agregando que “es una obra de teatro que no nada más va a disfrutar la gente que le gusta este deporte o que nada más va a entender la gente que lo sigue, para nada”.
La catarsis de la afición y la identidad latinoamericana
Desde su experiencia personal como seguidor del futbol e integrante de ligas amateur, el protagonista de la puesta en escena identifica en su personaje los rasgos característicos de una afición intensa y visceral. Para el intérprete, esta forma de vivir los encuentros deportivos responde a una necesidad legítima de desfogue emocional frente a las presiones de la cotidianidad.
De este modo, la obra logra entrelazar la tensión de noventa minutos en el terreno de juego con un recorrido retrospectivo de tres décadas en la vida de los protagonistas. El resultado es un espejo escénico donde los espectadores pueden examinar sus propias faltas, desaciertos y cuentas pendientes, demostrando que en el ámbito de las relaciones humanas, ninguna revisión tecnológica sustituye la valentía de asumir la propia responsabilidad.
