El estrato más vulnerable del México independiente
Durante la primera mitad del siglo XIX, la sociedad mexicana se encontraba profundamente fragmentada. En el peldaño más bajo de esta estructura piramidal vivían los llamados léperos, un sector marginado compuesto por personas sin hogar, sin redes familiares y sumidas en la pobreza extrema. En un país desgarrado por constantes disputas políticas internas y una severa inestabilidad económica, esta población sobrevivía realizando las labores más rudimentarias o subsistiendo mediante pequeños hurtos. Con el paso de los años, el término comenzó a asociarse con los llamados pelados debido a la percepción social sobre su lenguaje directo y su falta de convencionalismos formales.
Pese a la marginación que sufrían, este sector protagonizó un episodio poco reconocido de la historia nacional: el 13 de septiembre de 1847, estuvieron muy cerca de derrotar a las fuerzas armadas de Estados Unidos que ocupaban la capital mexicana durante la invasión norteamericana ordenada por el presidente James Knox Polk.
La retirada y el vacío de poder en la capital
Tras una campaña militar que incluyó el avance del general Zachary Taylor por el norte y la incursión del general Winfield Scott desde Veracruz hasta el centro del país, las tropas invasoras llegaron a las inmediaciones de la Ciudad de México. Ante la inminente derrota en la Batalla del Molino del Rey, el general Antonio López de Santa Anna optó por replegarse y abandonar la plaza, incumpliendo su promesa de defender la capital calle por calle y dejando a los habitantes desprotegidos frente al avance enemigo.
En medio de este escenario de desconcierto, las fuerzas estadounidenses intentaron consolidar su control sobre la ciudad. Sin embargo, un grupo de ciudadanos marginados y pobladores locales decidieron organizarse de manera espontánea para hacer frente al invasor, marcando el inicio de un levantamiento popular imprevisto por los mandos militares extranjeros.
El estallido de la rebelión popular
La insurrección cobró fuerza cuando los residentes se percataron de la huida del ejército regular. Con armas improvisadas como palos, piedras, machetes, cuchillos y herramientas de labor, los habitantes de los barrios populares sorprendieron a destacamentos enteros del ejército estadounidense en distintos puntos de la capital. Crónicas de la época señalan la ferocidad con la que operaba la ciudadanía, utilizando desde sartenes de hierro hasta objetos punzocortantes para repeler a las tropas enemigas en combates callejeros que se prolongaron durante dos jornadas consecutivas.
El propio general Winfield Scott documentó en sus informes la resistencia inesperada que encontraron sus pelotones al adentrarse en las calles de la capital, donde columnas de civiles armados, e incluso religiosos que encabezaban la defensa, lograron diezmar temporalmente las capacidades operativas de las fuerzas invasoras.
La llegada de refuerzos y el saldo del conflicto
El equilibrio de fuerzas cambió radicalmente el 14 de septiembre de 1847, cuando arribaron a la Ciudad de México las tropas de refuerzo encabezadas por los generales Zachary Taylor, Ulysses S. Grant y Robert E. Lee. Ante la magnitud de la revuelta, las fuerzas estadounidenses respondieron con artillería pesada contra edificaciones y puntos de resistencia, sofocando de manera violenta el movimiento popular y tomando el control definitivo de la capital.
Como consecuencia de estos enfrentamientos, se estimó un saldo de 4,000 ciudadanos mexicanos muertos, mientras que la administración militar estadounidense impuso fuertes contribuciones económicas a la ciudad para supuestamente cubrir los daños causados al ejército invasor durante la revuelta popular. A pesar de la contención militar, la rebelión de los sectores más desprotegidos quedó registrada como uno de los actos de resistencia más intensos y desesperados en defensa de la soberanía nacional.
