Los orígenes de un espacio cultural y gastronómico
Todo comenzó cuando un grupo de personas decidió impulsar un colectivo centrado en las artes y en la creación de vínculos directos con los habitantes de su entorno. En una casona adaptada para este propósito, se impartían talleres de disciplinas creativas y corporales como guitarra, fotografía, dibujo, grabado y yoga. Para sostener económicamente el lugar, durante los fines de semana se comercializaba la tradicional bebida de los dioses. En esa etapa inicial, el sitio adoptó el nombre de El Semillero, aunque con el paso del tiempo evolucionó hasta consolidarse con su denominación actual: Ey Maguey.
Durante sus primeros intentos por dar a conocer el fermentado fuera de su espacio base, los fundadores asistieron a diversos bazares y mercados alternativos. Sin embargo, en repetidas ocasiones se enfrentaron al rechazo debido a los prejuicios arraigados en torno al producto. Para gran parte de la sociedad, la sustancia era vista estrictamente como un líquido alcohólico y nada más, lo que limitaba por completo su valor histórico y nutricional. Ante este panorama, los integrantes decidieron que su labor no solo consistiría en obtener fondos, sino en transformar radicalmente esa perspectiva reduccionista.
Innovación en la panadería y rescate de tradiciones
Para diversificar la oferta y cambiar la narrativa, el equipo buscó nuevas alternativas de consumo. En ese periodo, Joyce Varilla Romero, una de las cofundadoras, cursaba estudios de panadería y visualizó la oportunidad de integrar el fermentado dentro de las preparaciones de masas. Fue así como rescataron preparaciones tradicionales de pan dulce originarias de zonas con alta tradición pulquera, dando inicio a una propuesta culinaria única en su tipo.
Establecidos en la alcaldía Tlalpan, al sur de la CDMX, este proyecto elabora actualmente pan artesanal y pizzas que cumplen una doble función: alimentar y reivindicar el trabajo de quienes cultivan la tierra. Al utilizar este ingrediente en la repostería y la cocina salada, consiguen visibilizar el esfuerzo cotidiano de campesinos, tlachiqueros y jicareros dedicados a cuidar el maguey en cada una de sus fases, desde el crecimiento de la planta y la extracción del aguamiel hasta la culminación del producto final. Su enfoque rechaza por completo la industrialización masiva, apostando firmemente por las economías locales y la preservación de los saberes tradicionales.
Una experiencia que fusiona el pasado con el presente
La oferta gastronómica del lugar invita a los visitantes a explorar combinaciones inusuales pero profundamente arraigadas en la historia alimentaria del país. Entre sus especialidades destacan las pizzas preparadas con ingredientes prehispánicos, tales como diversos tipos de insectos, además de piezas de panadería estacional muy esperadas por la comunidad, como el tradicional pan de muerto. Todo ello se complementa, naturalmente, con la posibilidad de degustar la bebida directamente.
Para este colectivo, el proyecto va mucho más allá de la comercialización de alimentos y bebidas. Representa un espacio de resistencia cultural donde la memoria colectiva se reinventa cada día, demostrando que la tradición puede saborearse de formas completamente innovadoras sin perder su esencia comunitaria.
