Los pasillos del famoso Mercado de Dulces de La Merced experimentan durante la temporada de octubre una saturación constante, donde el tránsito peatonal se vuelve tan desafiante como circular en horario pico por las avenidas principales. Entre compradores que buscan abastecerse para la reventa y familias que preparan sus altares, los comercios locales muestran una intensa actividad comercial centrada en las figuras de dulce.
En este concurrido punto de venta destaca la labor de Araceli, conocida popularmente como Débora, una de las figuras pioneras en comercializar cráteres de cacao dentro de este histórico recinto de la Ciudad de México. Junto a sus hijos Yahel y Kevin, quienes crecieron rodeados de azúcar glas y aromas dulceros, mantiene operando un negocio que fundó originalmente junto a su difunto esposo Ismael Nava en 1986, posicionándose como los primeros oferentes de este producto en el mercado.
El calor del taller y la producción artesanal
A pocos kilómetros de ahí, en un domicilio adaptado como espacio de manufactura en el municipio mexiquense de Nezahualcóyotl, un equipo de aproximadamente siete artesanos labora bajo temperaturas elevadas para dar forma a la materia prima. Las grandes barras de chocolate se funden mediante un sistema a baño maría dentro de una máquina con una capacidad de 100 kilos, desde donde un ducto libera el líquido espeso que posteriormente se vierte de forma manual en moldes plásticos.
Entre los trabajadores se encuentra Abraham González, un joven que se incorporó recientemente tras visualizar una oferta laboral en la entrada del inmueble. Su labor consiste en desmoldar con cuidado las piezas ya frías, revisando que conserven su estructura antes de enviarlas al área de decoración. La administración de este espacio corre a cargo de Sandra Aranda, quien acumula más de tres décadas de experiencia en el sector dulcero y forma parte de la familia tras unirse en matrimonio con Kevin.
Una tradición que arranca meses antes
La planeación para estas festividades no ocurre de improviso. La familia Mendiola inicia sus labores de temporada desde el mes de mayo, comenzando con paletas temáticas, continuando con la elaboración de calabazas y dando paso a los cráteres de chocolate entre junio y octubre. En total, el taller produce un aproximado de 7,000 calaveritas de chocolate por ciclo, sin contabilizar artículos adicionales como galletas y paletas decorativas.
A pesar del arraigo cultural y de que sus creaciones llegan a diferentes estados de la República e incluso el extranjero, los involucrados reconocen que la actividad demanda grandes sacrificios físicos y personales. “Pero yo espero que escojan mejor y se dediquen a otra cosa, porque el negocio es muy sacrificado”, expresa la fundadora respecto a las futuras generaciones, señalando los desvelos y la falta de horarios regulares que implica dedicarse de lleno a la repostería tradicional.
El valor de formar parte del altar mexicano
Para quienes participan en la cadena de producción, el esfuerzo físico queda compensado al saber el destino final de su trabajo diario. “Saber que esas calaveras van a estar en el altar de las personas es muy satisfactorio”, comparte Abraham mientras supervisa las charolas con piezas listas. De este modo, tras cuatro décadas de trayectoria ininterrumpida, el taller familiar continúa alimentando una de las expresiones culturales más representativas del país durante los festejos dedicados a los fieles difuntos.
