Una propuesta vanguardista que desafía los límites del séptimo arte
Criaturas de la noche, redes del crimen organizado de origen asiático y profundas referencias mitológicas convergen en Resurrection, el aclamado largometraje dirigido por el cineasta Bi Gan. Esta pieza cinematográfica, considerada una de las apuestas más audaces y desconcertantes de los últimos tiempos, se incorpora recientemente al catálogo de Movistar+. La producción se enmarca dentro de la renovada corriente del cine experimental asiático, fusionando géneros como la ciencia ficción y el drama psicológico mediante una estética compleja y deslumbrante. El resultado es un ejercicio audiovisual que examina la fragilidad humana y rinde tributo a la historia del cine.
La trama sitúa al espectador en un porvenir distópico donde la especie humana ha conquistado la inmortalidad biológica a un precio devastador: la erradicación absoluta de los sueños. Aquellos pocos ciudadanos que conservan la facultad de soñar son relegados al ostracismo y estigmatizados como parias en una sociedad asfixiante y controladora. Sin embargo, un sector de estos individuos comienza a tramar una resistencia silenciosa contra el sistema imperante.
Para profundizar en esta premisa, la historia sigue los pasos de una mujer interpretada por Shu Qi, cuya consciencia queda atrapada en un flujo de tiempo suspendido durante una intervención médica compleja. En este limbo onírico, choca con el cuerpo inanimado de un androide al que da vida Jackson Yee, a quien intenta rescatar narrando un flujo inagotable de fábulas. Este recurso fragmenta el metraje en una antología de viñetas que avanzan en saltos de 20 años hacia adelante, dotando a la obra de una identidad hipnótica y singular.
Un recorrido sensorial estructurado a través de los sentidos
El armazón narrativo de la película se edifica sobre los conceptos de la percepción sensorial budista: la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto y la mente. Mediante este desglose episódico, Bi Gan no solo ahonda en los conflictos internos de sus protagonistas, sino que transita por distintos lenguajes cinematográficos, desde el expresionismo alemán de la década de 1920 hasta el cine negro y las estéticas modernas de las historias de vampiros, todo ello bañado por una paleta dominada por rojos intensos y grises azulados.
Cada uno de los segmentos principales transita por un género distinto que avanza cronológicamente. La primera parte adopta los códigos del cine negro y el suspense bajo una atmósfera grisácea, donde un investigador persigue a un criminal obsesionado con atentar contra el sentido auditivo de sus víctimas. El segundo tramo desplaza su eje hacia una atmósfera postbélica y contemplativa en torno a un templo solitario. Posteriormente, la tercera sección se traslada a las décadas de 1970 y 1980 para enfocarse en el olfato a través de un estafador callejero. Por último, el clímax se sitúa en la víspera de Año Nuevo de 1999 con una impronta visual que recuerda a la obra de Wong Kar-wai, narrando un romance peligroso entre un delincuente y una joven vampiresa en un plano secuencia de 40 minutos.
Una deconstrucción visual de la memoria colectiva
En el plano técnico, el largometraje subvierte las estructuras narrativas tradicionales para someterse a la lógica del subconsciente. El director despliega una puesta en escena recargada y precisa, acompañada de un diseño sonoro envolvente ideado para generar desconcierto y melancolía existencial en el espectador.
Más allá de su envoltorio formal, Resurrection plantea una reflexión incisiva sobre la persistencia de la empatía en entornos tecnificados y deshumanizados. La pérdida de la capacidad onírica funciona como una metáfora del trauma contemporáneo y de la incapacidad social para gestionar el duelo. Así, el filme expone cómo la memoria y las heridas del pasado logran abrirse paso, resurgiendo con fuerza a través del poder de las imágenes en movimiento.
