El costo humano que quedó bajo el sol en la marcha de Morena
Ya casi se cumple una semana de la marcha encabezada por Morena en Chihuahua contra la gobernadora María Eugenia Campos Galván, y mientras la disputa política sigue centrada en quién ganó la narrativa —si fue un “éxito rotundo”, como presumió Morena, o un “fracaso”, como sostuvo el PAN—, hay una imagen incómoda que permanece: el sufrimiento de indígenas, adultos mayores, madres con bebés y personas movilizadas que soportaron durante horas el intenso calor mientras los liderazgos políticos llegaban tarde.
Porque sí: la discusión pública terminó atrapada entre el clásico jaloneo de cifras y propaganda. Morena celebró músculo político; el panismo minimizó la asistencia. Pero lejos de los micrófonos y las conferencias, quedó una escena difícil de ignorar: la de cientos de personas esperando bajo el sol despiadado de Chihuahua, muchas de ellas integrantes de pueblos originarios, particularmente rarámuris, así como contingentes organizados que acudieron en grupo al evento.
La convocatoria estaba prevista alrededor de las 4:00 de la tarde, en plena hora de mayor intensidad solar. Sin embargo, figuras centrales como Andrés Manuel López Beltrán, Ariadna Montiel Reyes, Andrea Chávez Treviño y Juan Carlos Loera de la Rosa aparecieron pasadas las 5:30 de la tarde, obligando a los asistentes a esperar más de una hora bajo temperaturas extremas.
Mientras tanto, la gente permanecía ahí.
Algunos buscando sombra imposible, otros cubriéndose con gorras, cartones o pedazos de tela. Hubo adultos mayores agotados, mujeres con menores y personas indígenas cuya presencia fue particularmente visible durante la movilización. El alcalde juarense, Cruz Pérez Cuéllar, fue de los pocos perfiles políticos que llegó con mayor anticipación, aunque igualmente terminó aguardando el arribo del resto de liderazgos.
¿Éxito político o costo social?
A casi una semana del evento, Morena insiste en presentarlo como una demostración de fuerza política en Chihuahua. Desde el PAN, en cambio, se desestimó la movilización al señalar baja convocatoria y acusar prácticas de movilización política.
Pero quizá la discusión debería ir más allá de si fueron tres mil, diez mil o veinte mil personas.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué costo humano tuvo esa fotografía política?
Porque independientemente de las filias partidistas, hubo algo evidente para quienes estuvieron ahí: buena parte del peso de la movilización recayó en personas de sectores vulnerables y en contingentes trasladados al evento, una práctica conocida en México como “acarreo”, señalada históricamente en distintos partidos políticos.
Y aquí es donde la crítica se vuelve inevitable.
Porque una cosa es movilizar simpatizantes; otra muy distinta es que quienes menos tienen —indígenas, adultos mayores o familias enteras— terminen soportando condiciones adversas mientras los protagonistas del acto político llegan tarde.
La imagen que debería incomodar
La escena dejó una sensación amarga: pueblos originarios bajo el sol, rostros agotados, niños llorando por el calor y largas esperas mientras el espectáculo político se retrasaba.
No es un señalamiento exclusivo contra Morena; México arrastra desde hace décadas una cultura de movilización política donde muchas veces quienes terminan pagando el costo físico son los mismos sectores históricamente marginados.
Pero cuando una marcha presume representar al pueblo, vale la pena preguntarse: ¿qué tan justo es exponer precisamente al pueblo más vulnerable a esas condiciones?
Porque la dignidad no debería construirse a partir de la necesidad.
La dignidad de un pueblo no se gana con traslados, promesas o asistencia condicionada —como denuncian críticos de estas prácticas—, sino con educación, salud, empleo, conciencia cívica y participación informada.
A casi una semana de la marcha, quizá la pregunta más importante no sea si Morena llenó o no las calles.
Quizá la verdadera pregunta sea: ¿quiénes terminaron cargando, literalmente bajo el sol, el peso de esa demostración política?