El dilema político tras las urnas
Las elecciones generales celebradas el 27 de octubre en Israel evidenciaron una sólida mayoría legislativa en contra del primer ministro saliente, Benjamín Netanyahu. Sin embargo, para desplazarlo del poder, el bloque opositor necesita de forma indispensable el respaldo de las formaciones integradas por ciudadanos palestinos, que representan el 20% de la población del país.
Las dos listas principales de esta minoría histórica, la Lista Conjunta y el partido islamista moderado Ra’am, consiguieron un resultado sin precedentes al sumar 19 escaños. A pesar de ser la llave institucional para conformar una alternativa de gobierno, las reticencias y los vetos de algunos sectores judíos vuelven a evidenciar la persistente discriminación hacia este sector social.
El denominado bloque anti-Netanyahu se quedó inicialmente con 48 escaños, lejos de la mayoría absoluta fijada en 61 diputados sobre un total de 120. La oposición alcanzaría los 67 asientos si integrara a las fuerzas palestinas, un escenario bloqueado en parte por posturas de carácter racista dentro del propio espectro conservador y ultraderechista.
Presiones, vetos y campañas de descrédito
El partido ultraderechista Israel Beiteinu, liderado por Avigdor Lieberman y con 7 escaños, ha manifestado abiertamente su negativa a contar con el apoyo de las listas palestinas. Por el contrario, la formación centrista de los Demócratas, con 8 asientos, se muestra abierta a pactos que faciliten la alternancia en el Ejecutivo.
Desde el Instituto de la Democracia de Israel, la investigadora sénior Fahima Abbas señala que los partidos opositores aún debaten si las formaciones palestinas deben limitar su apoyo a la investidura o integrarse directamente en el Gabinete. De no alcanzarse un acuerdo, la repetición electoral se perfila como un riesgo latente.
En paralelo, Netanyahu y su partido, el Likud, han intensificado una estrategia de comunicación basada en la islamofobia y el temor. Tras los comicios, el mandatario saliente acusó a los partidos árabes de socavar la estabilidad institucional y sugirió interferencias extranjeras procedentes de potencias como Qatar y Turquía.
De la mano de aliados en la agencia de seguridad interior, el Ejecutivo saliente exploró vías para investigar presuntas injerencias externas. No obstante, los organismos estatales validaron los marcadores definitivos y ratificaron el proceso para la apertura de la nueva legislatura en el Parlamento.
Ronda de contactos y condiciones controvertidas
Durante la primera ronda de consultas con el presidente israelí, Isaac Herzog, un total de 67 legisladores respaldaron al general retirado Gadi Eisenkot como alternativa a Netanyahu, quien únicamente recabó el apoyo de 46 diputados procedentes de sus socios nacionalistas y religiosos.
Herzog anunciará próximamente al candidato encargado de formar gobierno, quien dispondrá de un plazo inicial de 28 días para amarrar los apoyos necesarios. A pesar de los números, el jefe de Estado advirtió sobre la complejidad que suponen los vetos cruzados entre los distintos bloques parlamentarios.
Por su parte, Eisenkot aboga por un gabinete de emergencia nacional condicionado a cuatro exigencias estrictas que generan fricción con las minorías. Entre ellas destacan reconocer a Israel como Estado judío y democrático, asumir los principios de la Declaración de Independencia, promover un servicio militar o civil universal y comprometerse al desmantelamiento de Hamás.
Los representantes de los partidos palestinos han cuestionado que se ponga en tela de juicio su lealtad institucional y sus credenciales democráticas. Yusef Yabarín, líder de la Lista Conjunta, defendió el respaldo a Eisenkot para frenar a la extrema derecha, pero exigió un cambio radical hacia un país verdaderamente igualitario.
En la misma línea, el dirigente de Ra’am, Mansur Abás, reclamó respeto para su electorado durante su encuentro con Herzog, advirtiendo contra la estigmatización política de la minoría árabe. Las exigencias del futuro Ejecutivo vuelven a situar en el centro del debate la profunda fractura estructural y la marginación histórica de los ciudadanos palestinos en Israel.
