El régimen de Irán ha sobrevivido a la guerra, pero el gran reto ahora es lograr la paz con su propio pueblo

“El verdadero reto ahora no es disuadir a Washington, sino si Teherán es capaz de convertir un momento de cohesión forzada en un pacto duradero con sus propios ciudadanos”, dice Alex Vatanka, del Middle East Institute
Análisis – Qué ha aprendido la nueva cúpula de Irán de la guerra con EEUU
Puede que el régimen de la República Islámica de Irán haya sobrevivido a la guerra, pero ahora se enfrenta a un reto aún mayor: lograr la paz con su propia población.
Los iraníes están conmocionados no solo por el impacto de la guerra, sino también por el asesinato de miles de manifestantes a manos de las autoridades a principios de año y por una economía en caída libre. En lugar de derrocar al régimen —uno de los objetivos iniciales declarados por Donald Trump y el líder israelí, Benjamin Netanyahu—, la guerra ha puesto de manifiesto la resistencia de la República Islámica tras el asesinato de su líder y de numerosos altos cargos.
Ahora que la guerra parece haber terminado, la nueva generación de dirigentes se enfrenta a exigencias contrapuestas, desde los partidarios de la línea dura, que insisten en ceñirse a los principios rígidos de la revolución islámica, hasta una población agotada por las dificultades económicas y la represión.
Trump y Netanyahu han conseguido unir a los iraníes más de lo que ningún político iraní habría podido
La guerra ha causado una destrucción considerable y, según estimaciones de las autoridades, ha dejado sin trabajo a dos millones de personas. La inflación alcanzó el 77% el mes pasado. El nivel de vida de los iraníes ya se había desplomado durante la última década como consecuencia de las sanciones internacionales y la mala gestión interna, y el descontento económico desencadenó las manifestaciones que en enero se convirtieron en un intento de derrocar al Gobierno.
Hay atisbos de esperanza. El acuerdo marco para la paz, firmado por Irán y EEUU la semana pasada, ofrece un respiro económico, ya que podría desbloquear cientos de miles de millones de dólares para Irán, y parte de esa inyección de fondos sería inmediata. Sin embargo, los beneficios económicos a largo plazo derivados del levantamiento de las sanciones y de los fondos para la reconstrucción dependen de futuras y espinosas negociaciones sobre el programa nuclear iraní.
El ataque contra Irán y los bombardeos contra la población civil y las infraestructuras civiles desencadenaron una ola de nacionalismo, un momento excepcional de solidaridad en un país profundamente dividido. Según los analistas, existe la creencia generalizada de que Irán ganó la guerra.
“Trump y Netanyahu han conseguido unir a los iraníes más de lo que ningún político iraní habría podido”, afirmó Foad Izadi, profesor asociado de la Universidad de Teherán. “Incluso las personas a las que no les gusta el Gobierno no quieren enviar a sus hijos al colegio para no volver a verlos nunca más, ni quieren que su hospital sea bombardeado”.

El presidente del Parlamento de Irán, Mohamad Baqer Qalibaf (izq), y el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abás Araqchí (centro), asisten a una reunión en Suiza este domingo 21 de junio de 2026.
Elham, una artista iraní que se define a sí misma como de izquierdas, afirma que la guerra y el derramamiento de sangre de enero le han obligado a replantearse las creencias sobre Occidente y las protestas. “El plan era hacerle a Irán lo mismo que le hicieron a Siria, Libia, Irak y Afganistán: provocar un colapso y una ocupación”, afirma. “Ahora se ha comprendido que la idea de que Estados Unidos puede salvarnos es una mentira”.
Afirma que las autoridades deberían permitir las protestas, pero que los levantamientos que buscan un “cambio de régimen” son manipulados por intereses externos y dan lugar a represiones violentas, como ocurrió en enero. En su lugar, señala, deberían existir movimientos de base que podrían conseguir las libertades de forma más gradual.
“Puede que el Estado no se derrumbe, pero la sociedad sí lo hará si cada año se repite lo ocurrido en enero”, sostiene Elham. “Tenemos que crear nuevas coaliciones. Tanto si eres reformista como si eres de línea dura, todos tenemos que dar un paso hacia los demás. Tenemos que imaginar nuestro futuro de otra manera”.
La guerra incluso ha trastocado las categorías de conservadores, radicales y reformistas. Las negociaciones de paz separaron, al menos por ahora, a los conservadores más pragmáticos de los radicales extremistas que se oponían a cualquier acuerdo con EEUU.
Puede que el Estado no se derrumbe, pero la sociedad sí lo hará si cada año se repiten las protestas de enero
La idea de llegar a un acuerdo con Occidente se había asociado a los reformistas. Sin embargo, las negociaciones con Estados Unidos las dirigió una figura del bando conservador, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento. El acuerdo contó con el apoyo público de la Guardia Revolucionaria, la fuerza militar que a menudo se considera la vanguardia de los partidarios de la línea dura. Ghalibaf afirmó la semana pasada que ahora hay que centrarse en la recuperación económica.
Zeinab Ghasemi Tari, profesora asociada de la Universidad de Teherán, sostiene que las grandes concentraciones nocturnas en las plazas públicas de pueblos y ciudades que comenzaron durante la guerra y aún continúan representan algo más profundo que el nacionalismo: una forma de resiliencia y desafío colectivos. Señala que, si bien persisten las quejas económicas, las protestas como las que se vivieron en enero estaban vinculadas a una visión prooccidental que ahora ha quedado desacreditada.
“Estamos viendo que cada vez son menos los reformistas que abogan abiertamente por el acercamiento [con Occidente], y que cada vez son más los que o bien están reajustando sus posiciones o bien guardan silencio”, afirma Tari. “La guerra ha transformado la conciencia pública de formas que aún se están manifestando”.
A pesar de que las figuras más pragmáticas están ganando terreno, muchos dudan de que el régimen esté dispuesto a aprovechar este momento de unidad para llevar a cabo reformas. El nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, de quien se cree que resultó herido en la guerra, aún no ha hecho ninguna aparición pública ni ha presentado un programa de política interior.
El verdadero reto ahora no es disuadir a Washington, sino si Teherán es capaz de convertir un momento de cohesión forzada en un pacto duradero con sus propios ciudadanos. Esa es la prueba más difícil y más existencial
Mehran Haghirian, director de investigación y programas de la Fundación Bourse & Bazaar, un centro de estudios con sede en Londres especializado en Asia Occidental, afirma que la República Islámica no es capaz de cambiar, ya que ello requería una apertura al mundo exterior.
“Con el sistema actual, es imposible que mejore la situación económica del país”, dice Haghirian. “Es un país gobernado por una minoría, por lo que siempre tendrá que dar prioridad a la oposición interna”.
Alex Vatanka, investigador principal del Middle East Institute, con sede en Washington, afirma que el régimen necesita un alivio de las sanciones y una recuperación económica; de lo contrario, la solidaridad en tiempos de guerra volverá a degenerar en el antiguo conflicto entre el Estado y la sociedad.
“El verdadero reto ahora no es disuadir a Washington, sino si Teherán es capaz de convertir un momento de cohesión forzada en un pacto duradero con sus propios ciudadanos”, dice Vatanka. “Esa es la prueba más difícil y más existencial”.