Por Jesús García
El periplo de la selección absoluta por territorio asiático concluyó con un balance de carácter agridulce sobre el césped del estadio Edion Peace Wing de Hiroshima. El combinado nacional tropezó por 2-1 frente a uno de los contendientes más sólidos del continente asiático, en un duelo donde la estrategia táctica inicial sorprendió a los analistas y aficionados.
Más allá del impacto numérico del marcador definitivo, sellado prácticamente en los suspiros finales del compromiso mediante una pena máxima, este cotejo de carácter preparatorio aportó evaluaciones indispensables para la conformación del grupo y la renovación generacional dentro del universo de futbolistas seleccionables.
Un planteamiento alternativo para contrarrestar la intensidad nipona
Desde el pitido inicial, la composición del once inicial propició un intenso debate deportivo. En lugar de apostar exclusivamente por el bloque habitual de convocados, el cuerpo técnico implementó rotaciones profundas, otorgando la oportunidad de acumular experiencia internacional de máxima exigencia a elementos emergentes y alternativas de recambio.

La inclusión de Luis Balbo en el aparato defensivo y la apuesta ofensiva liderada por la dupla conformada por Bryan Castillo y Kevin Kelsy evidenciaron que la prioridad en Hiroshima no se limitaba estrictamente al resultado, sino a medir la profundidad táctica del plantel criollo ante una prueba de rigor.
A pesar del pronóstico adverso frente a la vertiginosa dinámica de los denominados ‘Samuráis Azules’, la escuadra venezolana conservó la solidez defensiva durante los primeros cuarenta y cinco minutos, neutralizando los intentos locales y bloqueando los espacios interiores con eficacia.
Golpe inicial y rápida respuesta del rival
El amanecer del complemento recompensó la audacia táctica del combinado visitante. Al cumplirse el minuto 46, una incursión profunda por el flanco izquierdo protagonizada por Luis Balbo culminó con un centro milimétrico que Kevin Kelsy transformó en el 0-1. El artillero nacional ratificó su valía en el área contraria y adelantó momentáneamente a su país.

Sin embargo, la jerarquía competitiva de la selección japonesa emergió de inmediato. Apenas tres minutos después, en el 49′, Ayase Ueda restableció la paridad tras un error en la salida de balón del equipo sudamericano. A partir de ese momento, el ritmo del compromiso aumentó exponencialmente. Para equilibrar las acciones en la medular, el banquillo nacional recurrió a habituales como Cristian Cásseres Jr., Jesús Ramírez, Gleiker Mendoza y Wikelman Carmona.
Un cierre amargo desde el punto fatídico
Cuando parecía que el empate sin mayores sobresaltos era un hecho en territorio asiático, la intervención tecnológica y la contundencia del local inclinaron la balanza en el tiempo agregado. En el minuto 90+4, una revisión a través del sistema VAR determinó una infracción dentro del área de Yangel Herrera sobre Takefusa Kubo. Ayase Ueda ejecutó con precisión la pena máxima al 90+5′, sentenciando el 2-1 definitivo.
Este desenlace subraya la necesidad imperiosa de afinar la concentración en los momentos críticos y en la gestión de los minutos finales. Pese al traspié, la experiencia en tierras japonesas deja conclusiones valiosas: experimentar con nuevos futbolistas ante rivales de élite comporta riesgos ineludibles, pero representa el camino idóneo para fortalecer el proyecto deportivo a corto y mediano plazo.
