Un modelo innovador para la citricultura mexicana
En un periodo inferior a veinticuatro meses, la compañía yucateca ha logrado desarrollar más de 450 hectáreas dedicadas al limón persa en la región peninsular. Este crecimiento ha sido posible gracias a una inyección económica que supera los 1,500 millones de pesos, destinada a consolidar toda la cadena productiva del cítrico, desde el origen de la planta hasta su salida internacional por vía marítima.
La consolidación de su tercer proyecto agrícola refleja la puesta en marcha de una estrategia centrada en una premisa fundamental: el principal desafío del sector agrícola nacional no radica en la escasez de superficie cultivable, sino en la deficiente integración de los procesos y la escasez de financiamiento adecuado.
Aunque la nación se posiciona como el segundo productor global de limones y limas, una porción considerable de los beneficios económicos se genera en las etapas posteriores a la cosecha, tales como el empaque, la conservación en frío, el transporte especializado y la comercialización directa, áreas en las cuales los agricultores tradicionales suelen tener poca participación.
Esta vulnerabilidad quedó expuesta durante el ejercicio anterior, cuando el valor del kilogramo de limón persa descendió drásticamente en regiones como Veracruz hasta situarse entre 3.50 y 4.50 pesos, una cifra inferior a los gastos operativos, lo que llevó a diversos agricultores a abandonar la recolección de los frutos.
«No fue sequía ni plaga. Fue una cadena en la que quien siembra no controla nada más que el árbol, y donde el precio lo pone otro», señala Rodrigo Castilla, VP de Citrus Patrimonial.
«Por eso concluimos que no tenía sentido resolver la mitad del problema. Si el margen se define en la cadena, hay que construir la cadena completa.»
Rendimiento y desafíos financieros en el sureste
Las estadísticas oficiales revelan un contraste notable en la citricultura del país. Mientras que el territorio veracruzano concentra más de la mitad de la producción nacional, la península yucateca destaca por alcanzar niveles de rendimiento por hectárea superiores, promediando cerca de 19 toneladas frente al promedio general del país que se sitúa en 15 toneladas.
Pese a esta alta productividad, la superficie cultivada en la zona ha permanecido limitada debido a obstáculos financieros. El ciclo de desarrollo del limón persa requiere de tres a cuatro años antes de ofrecer su primera cosecha con fines comerciales, un lapso que la banca tradicional suele excluir de sus esquemas de crédito a corto plazo.
Para superar esta limitación, la empresa optó por un esquema operativo integral que comprende viveros propios, plantaciones tecnificadas, infraestructura de empaque, flotas de transporte y canales directos de exportación hacia mercados en Estados Unidos, Japón y Europa.
«Industrializar no es un lujo», apunta el directivo. «Es lo que permite atravesar un año de precios bajos sin tener que tumbar árboles.»
Hasta el momento, la iniciativa ha generado más de 300 empleos directos e indirectos, consolidando tres desarrollos productivos y proyectando la incorporación de nuevas superficies en el sur de la entidad.
Esquema de participación y gestión de riesgos
El modelo implementado permite la participación de inversionistas a través de unidades fraccionadas correspondientes a superficies específicas de mil metros cuadrados. La administración de estos derechos se realiza mediante fideicomisos independientes que garantizan la trazabilidad de cada parcela.
Para proteger el patrimonio biológico ante eventualidades climáticas propias del trópico, como el impacto de huracanes, las plantaciones cuentan con pólizas especializadas respaldadas por instituciones financieras y ajustadas a los riesgos de la zona.
«El seguro protege el activo biológico, no el precio del limón», precisa Rodrigo Castilla. «Ninguna póliza en el mundo cubre una caída de mercado. Lo que sí hace es evitar que un huracán borre años de trabajo, y en Yucatán eso no es un detalle menor.»
Asimismo, la organización ha impulsado iniciativas de protección ambiental, como la creación de la Fundación Abejas Yucatecas, enfocada en salvaguardar la apicultura local y asegurar la convivencia armónica entre la citricultura intensiva y la actividad de los polinizadores en la región.
«El campo mexicano no necesita lástima ni subsidio. Necesita capital paciente, bien estructurado y con nombre y apellido. Ese capital existe, está en México, y ya empezó a moverse», concluye Rodrigo Castilla.
