La presidenta Claudia Sheinbaum y los obradoristas han dedicado mensajes, columnas, diatribas, gritos e insultos interminables a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, con motivo de su visita a México. No han escatimado en descalificaciones, desde llamarla fascista hasta hitleriana y demonio del mediodía.
Díaz Ayuso es una mujer astuta que ha sido capaz de abrirse camino en la política española. En apenas unos años, tras su elección al frente del gobierno de su comunidad, se ha prácticamente convertido en la principal figura del Partido Popular, superando tal vez a Alberto Núnez Feijóo, presidente del partido, en términos de popularidad. Ha pasado de ser una presidenta autonómica, equivalente al gobierno de una entidad federativa en México, al primer orden nacional.
Si bien no lo ha expresado, Díaz Ayuso pretende convertirse un día en presidenta del Gobierno español. Para llegar a La Moncloa, deberá primero echar a un lado al propio Feijóo y a otros miembros destacados del PP. Y más tarde, en tanto que buena conocedora del estado de ánimo político de los españoles, buscará representar una alianza de derechas que reúna a los votantes del Vox y del propio PP, con el propósito de desterrar de una vez por todas al PSOE y a un grupo de legisladores que, a pesar de no haber recibido el apoyo mayoritario en las últimas elecciones generales, se han asido al poder en medio de sendos escándalos de corrupción, malversación de fondos y tráfico de influencias.
La estrategia de Díaz Ayuso no es una novedad en Europa. Por el contrario, no hace más que replicar el modelo de otros países como Francia, donde Jordan Bardella, el joven presidente del partido de extrema derecha Rassemblement National, y seguro vencedor de la primera vuelta en las elecciones presidenciales del año que viene, aspira a formar una coalición de las derechas para derrotar a los macronistas y al grupo socialista.
La visita de Díaz Ayuso a México no ha buscado ganarse las simpatías de Sheinbaum ni de Adán Augusto ni de Noroña ni de Ávila ni de los obradoristas, y ni siquiera, de la opinión pública mexicana. Lo que ha pretendido, a mi juicio, es aprovechar las plataformas mediáticas en México para ampliar el alcance de su mensaje en una España profundamente polarizada que mira sólo hacia los extremos, donde tanto las derechas como las izquierdas han adoptado el debate sobre la memoria de la conquista y de Hernán Cortés como estandartes de campaña.
Mientras Sánchez y sus correligionarios pretenden utilizar los sucesos del siglo XVI como una suerte de justificación de su populismo disfrazado de humanismo, las derechas hacen lo propio para ganarse las voluntades de un creciente número de españoles que rechazan la inmigración masiva, que simpatizan con algunos de los postulados de Vox y que se oponen a los autoritarismos latinoamericanos.
En suma Díaz Ayuso, con su visita, ha alcanzado su cometido. Su homenaje a Isabel la Católica, a Hernán Cortés, a Francisco Pizarro, sus menciones en la mañanera de Sheinbaum y su polémica decisión de escribir México con j le han regalado titulares en diarios mexicanos y españoles. Ha provocado reacciones en ambos lados del Atlántico. Su viaje a México, en términos de sus objetivos políticos, ha sido exitoso.