La historia de un desplazado forzado veracruzano que se volvió migrante en EEUU y hoy está de regreso en CDMX.
Por Norma Díaz-Quintana y Jeanette Cañedo-Juarez
CDMX.
Daniel Morales ha tenido que luchar por distintas causas a lo largo de su vida, una de ellas son los problemas económicos, por esta razón decidió migrar a Estados Unidos. Al llegar al país del Mc Donalds, se dio cuenta que no todo es como lo imaginaba.
La estafa
Margarita Valdivia —la esposa de Daniel— me recibió en la entrada, caminé por el pasillo largo hasta el departamento que rentan; su hijo —Emilio— de 4 años salió corriendo para enseñarme a su gato que en realidad es de una vecina, un gato flaco, negro y descuidado. Entré a su casa color amarillo pastel, Daniel —un hombre muy alto, de piel morena, cara redonda, expresión cansada y manos grandes y con cayos— salió y se sentó enfrente frente a mí. La entrevista comenzó en medio de los juguetes del niño, el olor a frijoles refritos y el sonido de fondo de un video infantil:
Soy Daniel, tengo 30 años, nací en un pueblo de Veracruz. Estudié hasta tercero de secundaria, bueno, casi, es que no terminé debido a problemas económicos y familiares; de hecho, a causa de los problemas de dinero, comencé a trabajar desde los 7 años, le ayudaba a mi papá en el campo. Después todo se complicó aún más, un grupo del crimen organizado se apropió de las tierras, el trabajo disminuyó, los problemas económicos crecieron al igual que los problemas con mis padres. A los 16 años migré por primera vez, era el año 2012.

Llegué a la Ciudad de México con empleo, una persona me ofreció trabajar para él vendiendo gorditas de nata, el sueldo era mejor que trabajando como campesino. Lo que más me impactó al llegar aquí fue lo grande, caótica y violenta que es la Ciudad de México; la gente nunca me trató mal o diferente, solo se les hacía raro mi acento y me preguntaban de dónde venía.
Extrañaba mucho a mi familia, pero después formé una propia con mi esposa y mi hijo. Hasta ese momento estaba bien, pero cuando tenía 20 años los problemas económicos continuaron y mis ganas de salir adelante también, así que decidí emigrar nuevamente. Un conocido de un tío nos ofreció ir a trabajar a Canadá, a mí y a mi primo, nos cobraron $50 mil pesos mexicanos a cada uno, yo conseguí un préstamo y completé la cifra con unos ahorros que tenía. Después de que cada uno pagara, el señor nos dejó de responder, nos estafó. Decidí no denunciar para no meterme en problemas.
Segundo intento
Unos años después, en 2018, surgió nuevamente la oportunidad de irme, esta vez me cobraron $38 mil pesos a la frontera y estando en Estados Unidos tenía que pagar otros 6 mil dólares. Unos amigos me habían dicho que les iba bien allá y sin pensarlo mucho decidí irme. El camino comenzó en abril, en ese momento tenía 22 años. Un martes a medianoche tuve que dirigirme hacía la Central Camionera del Norte, en la CDMX, ahí tomaría un autobús hacía San Luis Potosí. Llegué a las 6:00 de la tarde a una casa de seguridad, en ese lugar me encontré con otras once personas que también se irían conmigo.
Alrededor de las 8:00 de la noche del miércoles nos dirigimos a Reynosa, Tamaulipas y poco antes de llegar, un grupo armado del crimen organizado nos bajó para hacer “una revisión”. Los sicarios nos exigieron $18 mil 500 pesos mexicanos a cada uno para poder pasar por ahí, ese monto era “extra” a lo pactado con los polleros nos explicaron. Yo llevaba dinero porque me habían advertido sobre este tipo de cobros. Llegué el jueves a las 6:00 de la tarde a Reynosa.
No llevaba nada de comer, ni agua, solo algunos medicamentos que me recomendaron llevar; me habían dicho que la persona de la casa de seguridad me llevaría a comprar algo, pero, al ver que ya íbamos a comenzar a cruzar y no me decía nada, decidí preguntar. No tuve muchas opciones porque al llegar a Reynosa estaba todo cerrado, así que solo compré dos paquetes de conchas, dos Sabritas y como 6 litros de agua. Hasta ese momento pude comer algo, aún estaba tranquilo, no sabía lo que me esperaba.
Nos dirigimos a Coahuila y, a mitad de carretera, las personas que nos transportaban nos bajaron de la camioneta, dijeron que nos teníamos que esperar ahí escondidos hasta el otro día. Poco a poco fue llegando más gente; el viernes a las 6:00 de la tarde llegó un vendedor de comida, me comí un burrito y compré dos sueros. Inmediatamente después llegó el tráiler, así como llegó nos subimos rápido, ya éramos 300 personas. El tráiler recorrió la ruta por 30 minutos, después alguien abrió la puerta del remolque y nos gritó que nos aventáramos a la carretera. Corrimos. Nos escondimos, como pueden esconderse 300 personas juntas.
El sábado al medio día llegó otra camioneta, pero al poco rato de andar se descompuso, entonces nos llevaron como a un rancho dónde pasamos la noche, todos dormimos afuera en una “casa” hecha de las bolsas, ropa y cosas de otros migrantes que habían pasado anteriormente. En ese lugar nos encontramos con la Guardia Nacional y para dejarnos seguir con nuestro camino nos pidieron $20 mil pesos mexicanos entre todos. Debido a la lluvia nos quedamos ahí dos noches y tres días. El martes a las 5:00 de la mañana continuamos nuestro camino.
Caminamos una hora, llegamos a un río que cruzamos en una lancha que nos cobró $2 mil pesos mexicanos por persona. Para ese momento volvimos a ser 12, nos dividimos en 6 grupos porque cruzaríamos por diferentes lugares, cada uno tenía su pollero. Caminamos, subimos por una cuerda unos 30 metros y, de repente, una persona del grupo pisó un sensor, de los que pone la migra gringa para encontrar migrantes, los polleros se enojaron y patearon al migrante. Seguimos caminando y a las 3:00 de la tarde nos localizó migración, nos tuvimos que esconder durante más de 12 horas.
La verdad ni pude dormir —solo podía pensar en el miedo que tenía de que me agarraran, ya había llegado muy lejos— tenía que estar atento por si nos decían que debíamos correr, una persona se quedó dormido y comenzó a roncar debido al cansancio, también a él lo zapatearon los polleros.
A las 5:30 de la mañana del miércoles pudimos continuar por el desierto, caminamos todo el día hasta las 8:00 de la noche, dormimos un poco pero el frío estaba refeo, lo bueno es que yo llevaba una cobija. A las 5:00 de la mañana, más o menos, volvimos a caminar. Cayó la noche, descansamos porque habían muchos helicópteros, yo ya no llevaba agua y cada quien veía por sí mismo, solo una persona me invitó agua. Llegamos a dónde nos darían el “levantón”, como le dicen los polleros al tramo donde finalmente llegaríamos a nuestros destinos, pero migración nos volvió a localizar. Los polleros pensaron que era la camioneta que nos llevaría, pero no, los perros de la migra los corretearon, solo un señor y yo nos pudimos echar a correr, a los demás los atraparon.
Yo corrí lo más rápido que pude, al otro señor ya ni ví para donde se fue; un agente de migración me dio una patada en los pies y me caí de cara en los nopales, me espiné todo, debido a esto no veía por dónde iba y me fui a estampar contra un palo, me quedé noqueado como tres horas.
Cuando desperté no ví a nadie, estaba solo y no sabía en dónde estaba, caminé como mi instinto me indicó, llegué a un lugar dónde había montañas de ropa y mochilas —yo creo que eran de todos los que habían pasado por ahí— y yo ya no llevaba nada, ni mochila, ni comida y mucho menos agua, así que busqué entre las mochilas y encontré un suero todo caliente, me lo tomé; después me escondí entre todo esas cosas pensando en que haría.
Pensé en entregarme porque no sabía para dónde ir, le marqué a mi contacto y me dijo que me esperara unas horas y que, si no llegaba la camioneta, mejor me entregara. En ese momento la desesperación, no saber en dónde estaba, la tristeza de no saber si vería a mi familia y la decepción de no llegar se apoderaron de mí y comencé a llorar. Entonces pensé en lo que me diría mi papá —“por más difícil que sean las cosas no te rindas”— y decidí caminar un poco más. De repente escuché la clave que nos habían dado, eran los polleros, los logré localizar y nos encontramos, el otro señor también estaba ahí.
Nos escondimos un rato, los polleros hicieron una llamada y dijeron que una camioneta vendría por nosotros. Caminamos hacía el punto indicado y esperamos, en ese lapso platicamos un poco, los polleros pertenecían a un grupo del crimen organizado y estaban muy preocupados porque les iban a pegar por haber perdido a los demás. Eran niños, no pasaban de los 19 años, uno se quería casar con el dinero que le pagarían y el otro quería construir su casa, pero después de esto no estaban seguros de lo que les pasaría; incluso me ofrecieron trabajar con ellos.
No era como creía
La camioneta llegó, nos subimos, pero la migra otra vez nos volvió a encontrar, nos persiguieron en la patrulla, afortunadamente los logramos perder, llegué a San Antonio Texas un jueves, 10 días después. Mi “amigo” fue por mí, pagó la cantidad restante y fuimos a su casa. Descansé un día y al siguiente comencé a trabajar, la verdad todo fue diferente. Trabajaba de 7:00 de la mañana a 10:00 de la noche en la construcción, me pagaban 80 dólares por día y no me alcanzaba. Era nuevo, entonces tenía dudas respecto al trabajo, pero siempre que preguntaba me decían “pendejo, para que vienes si no sabes lo que tienes que hacer”.
Al mes de estar ahí, mi “amigo” me comenzó a cobrar los 6,000 dólares estadounidenses que había pagado a los polleros. Después me enteré que lo normal era comenzar a pagar las deudas entre amigos 3 meses después de llegar, para e tener tiempo de acomodarme. Mi jefe también era bien culero, una vez estaba enrollando el alambre con la varilla y se acercó y me dijo “mueve esas manos, yo no quiero pendejos aquí” seguido de un golpe en mis manos con el mango del martillo.
También una vez ví como a un compañero lo agarró a patadas por no saber “hacer bien” su trabajo. Después, también deshizo a patadas todo lo que el compañero había hecho. No entiendo por qué eran así, ni mi jefe ni mis compañeros estaban ahí legalmente y todos éramos mexicanos.
Otras personas que también nos agredían —principalmente a los mexicanos— eran los negros. Una vez entré a una tienda, llevaba mis botas sucias, entonces me comenzaron a decir de groserías y “ya ensuciaste pinche mexicano”, los negros siempre nos decían de cosas.
Estuve en ese trabajo 5 meses, después me cambié a uno mejor, pero mi “amigo” cada vez tenía una actitud peor, decía que mi esposa me engañaba, que gracias a él estaba ahí.
El trabajo bajó por la temporada invernal pero a “mi amigo” no le importó, él quería su dinero. Ese primer invierno yo solamente trabajaba a veces, uno o dos días por semana.

Decidí regresar a México. Hoy pienso que no me volvería a ir, todo cambia estando allá, la gente, tus “amigos”… te dicen “vente, aquí te ayudamos” pero, ya estando ahí son culeros. Aquí tengo a mi familia, ya no me preocupa si vendo mucho o poco, agradezco estar aquí.
Durante la entrevista Daniel recalcó varias veces que no entendía porque gran parte de la violencia que vivió en Estados Unidos fue ejercita por otros mexicanos. Sus compañeros también eran migrantes y trabajaban sin papeles; incluso los jóvenes que lo guiaron por el desierto parecían atrapados dentro de otra cadena de pobreza y violencia.
El recién llegado era humillado por no saber trabajar, el más vulnerable era golpeado para imponer autoridad y, quien llevaba más tiempo en Estados Unidos, parecía sentirse superior a la persona que acababa de cruzar la frontera. Más que situaciones aisladas, estas experiencias demuestran cómo la desigualdad y la discriminación también terminan reproduciéndose entre grupos que comparten condiciones similares de exclusión.
Daniel visto desde Frantz Fanón
El psiquiatra y activista anticolonial Frantz Fanon, en su libro “Piel negra, máscaras blancas”, analizó el racismo interétnico como un patrón de jerarquías impuestas por sistemas de dominación pueden ser interiorizadas y repetidas incluso entre los propios oprimidos. Fanón menciona dos causas principales que comienzan a moldear la mentalidad del oprimido: lo económico y la epidermización.
En primer lugar, la desigualdad económica juega un papel muy importante. La pobreza, la falta de oportunidades y la explotación no solo afectan a los migrantes, sino que muchas veces son precisamente las razones que los obligan a abandonar sus lugares de origen. Daniel, por ejemplo, comenzó a trabajar desde los 7 años ayudándole a su padre en el campo y más tarde tuvo que migrar debido a los problemas económicos y a la presencia del crimen organizado en su comunidad.
Sin embargo, estas desigualdades no desaparecen al migrar; por el contrario, acompañan al migrante incluso después de cruzar la frontera. En la experiencia de Daniel esto se refleja cuando llega a Estados Unidos y descubre que, aún compartiendo el mismo origen nacional y de clase que sus compañeros, existían relaciones de superioridad entre ellos. Él era “el nuevo”, el que no sabía trabajar en construcción, el que hacía preguntas y, por eso, era humillado constantemente.
Fanón explica que las jerarquías impuestas por el sistema colonial comienzan a normalizarse en los colonizados. Entonces aspectos como hablar inglés, tener más experiencia, ganar más dinero o llevar más tiempo viviendo en Estados Unidos, comienzan a verse como señales de superioridad frente a otros migrantes recién llegados. Por eso, Daniel recuerda como sus propios compañeros mexicanos le gritaban “pendejo”, o como su jefe golpeaba a otros trabajadores “por no hacer bien las cosas”.
Por otro lado, Fanón habla de la epidermización, es decir, el momento en que la inferioridad deja de sentirse solo desde afuera y comienza a instalarse en la psique de las personas. Después de vivir constantemente en un sistema que les hace sentir menos por su color de piel, origen nacional o clase social, muchos colonizados terminan entendiendo y habitando el mundo desde esa misma lógica y la reproducen con otros.
Esto puede verse cuando Daniel cuenta que algunos afroamericanos lo insultaban en las tiendas por ser mexicano o cuando su propio “amigo” comenzó a tratarlo como si le debiera todo por haberlo ayudado a llegar. Todos compartían una condición vulnerable dentro de Estados Unidos, pero aun así existía la necesidad de marcar diferencias y sentirse por encima de alguien más.
Retomando a Fanón, puede decirse que muchas personas migrantes terminan adoptando los valores del sistema dominante para sentirse más aceptadas. En este caso, algunos buscan parecerse al estadounidense promedio: hablar inglés, actuar como ellos o distanciarse de los recién llegados. Quien logra acercarse más a ese modelo obtiene cierto reconocimiento simbólico y, en ocasiones, comienza a sentirse superior frente a otros migrantes.
Por eso, el nuevo migrante —el que llega sin dinero, sin conocer el inglés y, muchas veces, sin lo más básico para sobrevivir— termina ocupando el último escalón de la jerarquía social. La discriminación que el migrante recién llegado recibe no surge únicamente de prejuicios individuales, sino también de una jerarquía que el propio sistema ha enseñado a reproducir.
La historia de Daniel muestra precisamente eso: ¿Cómo personas que también viven situaciones de exclusión pueden terminar repitiendo entre ellas mismas la violencia, el rechazo y la discriminación que aprendieron dentro de un sistema profundamente racista, clasista y patriarcal? En ese trayecto el “Sueño Americano” termino siendo una realidad de explotación, violencia y sobrevivencia.
*Esta pieza fue elaborada en el Taller de periodismo narrativo de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
El cargo #HistoriasDeDesplazamiento | Crónica de un luchador sin máscara apareció primero en NÓMADAS.