La aparente disminución de personas migrantes y desplazadas en albergues de Tijuana, ha sido interpretada por algunos sectores como una señal de que los flujos migratorios han bajado. Sin embargo, esta lectura es equivocada, pues la migración no ha cesado, sino que se ha transformado, dispersado y, en muchos casos, invisibilizado.
Datos de organismos como ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones señalan que, entre estos flujos humanos los desplazamientos forzados en México continúan, aunque con dinámicas aún más complejas y de manera creciente debido a la crisis de violencia que se vive en el país.
En este contexto, hay un grupo particularmente al que no se le ha prestado mucha atención (desde la parte mediática), y son las mujeres y madres que huyen de la violencia intrafamiliar. Hay que entender que, la migración forzada no solo responde a factores económicos o de violencia criminal, sino también a dinámicas estructurales dentro del hogar.
Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, la violencia familiar es uno de los delitos más denunciados en el país, mientras que encuestas del INEGI revelan que más del 70% de las mujeres han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida.
Para muchas de estas mujeres, salir de casa es una decisión de supervivencia. Debido al miedo y el temor estas mujeres no necesariamente llegan a los albergues, no siempre cruzan fronteras de inmediato, pero sí se convierten en desplazadas internas, muchas veces acompañadas de sus hijos.
Organizaciones civiles en Tijuana como Espacio Migrante, Border Youth Collective, Al otro Lado y Centro 32, entre otras, han documentado cómo estas mujeres enfrentan múltiples barreras como la falta de acceso a refugios, procesos legales lentos y una persistente revictimización institucional.
A estas condiciones se suma un entramado de obstáculos que agrava aún más su situación, como la precariedad económica que las obliga a depender de trabajos informales mal remunerados, la ausencia de redes de apoyo familiares o comunitarias, el miedo constante a ser localizadas por sus agresores y la desconfianza hacia las autoridades por experiencias previas de omisión o negligencia.
En ese escenario, que las coloca en un estado de vulnerabilidad extrema donde cada decisión implica un riesgo, sobrevivir se convierte en un acto de resistencia frente a un sistema que, en muchos casos, no está diseñado para protegerlas ni a ellas ni a sus hijos que generalmente están en edades tempranas.
Por lo general, la narrativa dominante sobre la migración suele centrarse en cifras visibles: cuántos llegan, cuántos cruzan, cuántos son deportados, y depende de ello es que se les presta atención, lo que muchas veces deja de lado a quienes migran en silencio, sin registro y sin estadísticas claras.
Una realidad que no se puede ignorar porque, mientras el machismo siga siendo una raíz de violencia en los hogares mexicanos y mientras no existan redes de protección efectivas, las mujeres seguirán huyendo expuestas a otras violencias y, aunque no las veamos en los albergues, seguirán estando ahí: desplazadas, resistiendo y buscando sobrevivir.
El cargo #Itinerante | México vive una crisis silenciosa de mujeres desplazadas por el machismo apareció primero en NÓMADAS.