Ayer el Giro d’Italia tuvo una etapa —la número 16— en los Alpes suizos. La transmisión de ESPN empezó a las 5:30 de la mañana, exactamente cuando yo terminaba de redactar mi columna sobre la no censura de Claudia Sheinbaum a TV Azteca.
Agradezco a esa cadena deportiva, propiedad de Disney, que mantenga en sus micrófonos a Víctor Hugo Peña, exciclista profesional colombiano cuyo análisis táctico complementa la flagrante falta de conocimiento de su compañero, un tal Michel. He visto varias etapas y este hombre jamás ha dado a conocer su apellido.
Michel evidentemente no es especialista, pero se equivoca infinitamente menos que otro locutor de esa televisora, Marcelo Canto, quien ha participado en algunas transmisiones, aunque afortunadamente ya no con el rol principal que tuvo en otras competencias ciclistas.
La metida de pata más grave de Michel ocurrió la semana pasada, cuando afirmó al menos diez veces que la carrera pasaba por la Toscana, cuando en realidad se desarrollaba en Nápoles. Nadie en México —y, en general, en Latinoamérica— está obligado a conocer la geografía italiana, pero un comentócrata de la televisión internacional debería prepararse un poquito más.
Ayer, tras poner punto final a mis apuntes sobre la falta de ética periodística de la televisora del Ajusco y de su propietario, el Tío Richie, encendí el televisor. Antes de que arrancara la carrera, ESPN transmitió imágenes del Ponte tibetano Carasc, ubicado en el cantón del Tesino, en la región de habla italiana de Suiza, muy cerca de Bellinzona.
Es una pasarela colgante de impactante belleza: 270 metros de largo, suspendida a una altura máxima que supera los cien metros sobre el vacío. Solo de verlo en la pantalla sentí vértigo.
Los puentes tibetanos tienen su origen en la cordillera del Himalaya. Los habitantes del Tíbet desarrollaron desde hace más de mil años estos sistemas sumamente eficientes para cruzar profundos cañones, ríos caudalosos y gargantas abiertas entre algunas de las montañas más escarpadas del mundo. Originalmente se construían utilizando cuerdas trenzadas con fibras vegetales —como bambú o cáñamo— y tiras de cuero de yak. En su forma más elemental, consistían en tres cuerdas principales dispuestas en forma de V: una inferior, más gruesa, sobre la que se caminaba haciendo equilibrio, y dos laterales que servían de pasamanos.
En Occidente se adoptó y perfeccionó esta estructura. Las lianas fueron sustituidas por cables de acero de alta resistencia y se añadieron tablones de madera para crear una plataforma firme, pero manteniendo la esencia original: una estructura ligera, suspendida exclusivamente de sus extremos y capaz de dibujar en el aire una elegante curva parabólica.
Hoy, los puentes concebidos hace siglos por los pobladores del Himalaya son atractivos turísticos en los Alpes, pero nacieron con un propósito estrictamente vital: domar los abismos.
Uno de esos puentes tibetanos le está haciendo falta a la 4T para la travesía más peligrosa que ha enfrentado un gobierno mexicano desde la Revolución: la que debe encabezar la presidenta Claudia Sheinbaum en medio de fuertes turbulencias económicas, políticas y mediáticas. Una ruta indispensable para impedir que el país se rinda ante las presiones de EEUU, apoyadas por sectores conservadores locales que otra vez —como en el siglo XIX— desearían que en el extranjero se decidiera el rumbo de nuestra vida pública.
Un puente tibetano solo se sostiene si sus dos puntos de anclaje son inquebrantables. Sheinbaum sabe que existen, y confía en su creatividad constructiva —esto es, en su rigor como licenciada en física, doctora en ingeniería y, desde hace 20 años, política profesional— para diseñar la estructura y edificarla con la solidez requerida.
Los dos puntos de apoyo que tiene la izquierda son, en un extremo, la conducción institucional y democrática del Estado —que, diga lo que diga la oposición, jamás será violentada por la 4T—; y, en el otro, el respaldo popular a la presidenta Sheinbaum, que se mantiene sumamente fuerte.
Si ambos extremos resisten, el puente que la 4T necesita para cruzar el actual abismo de presiones extranjeras podrá sostener a la sociedad mexicana, sin importar cuán profundo sea el barranco financiero, comercial, mediático e injerencista —aun con sus ya nada veladas amenazas de intervención militar—.
Y no solo el barranco es profundo; México tendrá que cruzarlo bajo fuertes vientos. La tormenta viene tanto de EEUU como de las clases conservadoras locales que, una vez más, exhiben su vieja inclinación a buscar fuera lo que en nuestro país no consiguen limpiamente en las urnas.
La construcción de ese puente tibetano —el que permita resistir la embestida externa y cruzar el abismo sin romper el orden constitucional— es, en buena medida, lo que se planteará en el informe que la presidenta Sheinbaum rendirá el próximo domingo en el centro de la Ciudad de México, el cual será escuchado en plazas públicas enlazadas en todo el país.
Será un acto en el que seguramente se alineará todo el gabinete y, en particular, las fuerzas armadas, que han mostrado una lealtad absoluta a su comandanta suprema. Una de las mayores ovaciones las recibirán, porque así debe ser en un evento en defensa de la soberanía, el secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo, y el de Marina, Raymundo Pedro Morales Ángeles.
Para que el cruce sea seguro, la presidenta Sheinbaum también ha empezado a soltar lastre. Morena ha renovado sus estructuras. Ya desde hace algunos meses, operadores sin prestigio, de la vieja guardia, como Ricardo Monreal y Adán Augusto López parecen haber perdido influencia. Y dirigentes de partidos supuestamente aliados, como Manuel Velasco, del Verde, y Alberto Anaya, del PT, ya no cuentan con la misma interlocución y, poco a poco, tendrán que ser expulsados de un sistema político que debe refugiarse en sus principios éticos.
Asimismo, ha comenzado en la FGR un proceso serio para determinar la responsabilidad de los políticos sinaloenses acusados en EEUU. Si se demuestra que cometieron delitos —algo que deberá sustentarse con pruebas y no con filtraciones de agencias extranjeras— deberán ser juzgados en México con todo el rigor de nuestra ley, jamás bajo la lógica de legislaciones ajenas.
Cruzar un puente tibetano sobre un abismo cuyo fondo ni siquiera se alcanza a ver exige ligereza. Ninguna travesía de esta magnitud puede hacerse cargando peso muerto. El movimiento tendrá que desprenderse definitivamente de personajes que solo lo ensucian, como el enriquecido Pedro Haces o figuras absolutamente desgastadas como los Yunes, verdaderas afrentas para la congruencia de un proyecto de izquierda.