El control del pasado como herramienta de dominio territorial
En el corazón de Cisjordania, la gestión del patrimonio histórico se ha transformado en un mecanismo clave para afianzar el dominio sobre los territorios ocupados. Enclaves emblemáticos como el santuario de Nabi Samwil, situado a pocos kilómetros de Jerusalén, reflejan cómo la designación de espacios protegidos restringe el desarrollo de las comunidades locales. Lo que antes funcionaba como una localidad habitada por más de un millar de personas acoge hoy a apenas 200 o 250 residentes palestinos, desplazados tras sucesivas demoliciones y restricciones militares impuestas desde 1967.
Las políticas de conservación impulsadas por las autoridades israelíes suelen chocar frontalmente con los derechos de la población autóctona. Bajo la justificación de salvaguardar los vestigios antiguos y fomentar el turismo, la administración militar limita la edificación y las actividades agrícolas. Una orden reciente de expropiación sobre unas 11 hectáreas en los alrededores de Nabi Samwil ha intensificado el malestar en la región, al afectar directamente a terrenos vinculados históricamente al Waqf.
Organizaciones de derechos humanos y colectivos locales denuncian que estas medidas alteran la convivencia pacífica que había caracterizado al lugar durante décadas. Según la ONG israelí Peace Now, “la Administración Civil israelí ha pasado a tomar el control de sitios arqueológicos y se está apropiando de sitios religiosos, creando tensiones en algunos de los lugares más pacíficos y sensibles de Cisjordania”. Este traspaso de competencias amenaza con exacerbar las disputas sectarias en zonas de alto valor espiritual para musulmanes, judíos y cristianos.
Sebastia y la pugna internacional por el relato histórico
La disputa por el patrimonio trasciende el ámbito local y adquiere dimensiones globales, tal como demuestra el caso de Sebastia, situado en el norte de Cisjordania. La reciente inclusión de este yacimiento en la lista de Patrimonio Mundial y de Patrimonio Mundial en Peligro por parte de la UNESCO desató un fuerte enfrentamiento diplomático. Mientras las autoridades palestinas interpretan la medida como un escudo frente al expansionismo, el Gobierno israelí acusa a la organización de ignorar los vínculos bíblicos y judíos con la zona.
La situación sobre el terreno se complica debido a la división administrativa de los Acuerdos de Oslo. Mientras que el complejo arqueológico se ubica en el Área C bajo control militar israelí, el núcleo urbano reside en el Área B. Nuevas órdenes de expropiación emitidas sobre unas 200 hectáreas amenazan con seccionar definitivamente el enclave de su población circundante, fragmentando aún más el territorio palestino.
Para los expertos en la materia, el uso del patrimonio responde a una estrategia calculada de largo alcance. En palabras de Alon Arad, director de una organización de arqueólogos israelíes, “desde 1967, el Estado de Israel ha utilizado la arqueología como herramienta en tres niveles distintos: el control de la tierra, la transformación del relato histórico y la creación de ‘asentamientos turísticos’”. Esta aproximación busca consolidar una narrativa hegemónica que margine la presencia histórica palestina.
Una ofensiva institucional que abarca todo el territorio
La ofensiva sobre el patrimonio se extiende más allá de Sebastia y Nabi Samwil, abarcando otros enclaves estratégicos de Cisjordania. Proyectos legislativos recientes impulsados en el Parlamento israelí buscan centralizar la gestión de las antigüedades bajo el Ministerio de Patrimonio, otorgando amplias facultades para expropiar terrenos y aplicar normativas unilaterales en zonas teóricamente transferidas a la administración palestina.
Estas iniciativas han generado fricciones incluso en el ámbito académico interno, donde diversas instituciones han advertido sobre el perjuicio que esto supone para la investigación científica y la diplomacia cultural. Pese a las advertencias, los planes de inversión pública continúan avanzando con partidas presupuestarias millonarias destinadas a revalorizar los enclaves bíblicos en detrimento de la pluralidad histórica de la región.
Casos recientes como las históricas Piscinas de Salomón en Belén, los desarrollos en Hebrón o las reclamaciones sobre los Palacios Asmoneos en Jericó evidencian una tendencia creciente. Como advierten los analistas locales, la disputa por las ruinas milenarias representa en realidad una lucha decisiva por el futuro demográfico y político de toda Cisjordania.
