En el cuento ¡Diles que no me maten! De Juan Rulfo, la crueldad es circular, heredada, inevitable. La violencia se vuelve paisaje, destino, costumbre. Es un relato premonitorio del México actual, donde la crueldad es un eco que nadie detiene.
No saber leer el dolor ajeno y considerar que los cuerpos de otros seres sintientes son desechables es el concepto más simple de la crueldad.
Permea por impunidad, burocracia, desgaste emocional colectivo, distancia simbólica, narrativas justificadoras… La crueldad se filtra por las grietas de la indiferencia.
Se normaliza porque nos acostumbramos al horror por supervivencia. El cerebro humano no puede sostener indignación permanente. Y para seguir viviendo, baja el volumen del espanto, hasta volverlo una realidad parda e inescrutable.
A la par, la repetición anestesia: Diez mil perros muertos no duelen diez mil veces más que uno. Duelen menos porque la mente no sabe procesar cifras que parecen abstractas.
Y entonces ocurre una verdadera tragedia a la luz del día: la crueldad se vuelve “lo que hay”- Cuando un joven muere a golpes buscando trabajo, el mensaje social es: “Esto pasa”. Y lo que “pasa” deja de ser escándalo y se vuelve rutina.
Para proseguir con nuestra vida, la crueldad se oculta bajo eufemismos: “Control poblacional”, “operativo”, “incidente”, “confusión”. El lenguaje actúa como el primer anestésico.
Después aparece la simplificación y delegación: Si yo no maté al perro, si yo no golpeé a la joven, si yo no firmé la orden… entonces “no es mi responsabilidad”. Pero la normalización es colectiva.
La crueldad se vuelve opaca, porque necesita sombra para operar.
Entonces se esconde en trámites, diluye en cadenas de mando, cubre con comunicados, justifica con tecnicismos y se dispersa entre muchos responsables hasta que ya no hay ninguno. O se busca un “chivo espiatorio”. La crueldad es eficaz cuando nadie puede señalar un rostro.
Quedamos insertos en una sociedad donde la vida vale distinto según quién seas: Un perro callejero, una mujer pobre, un migrante, una mujer sola, un desaparecido, un anciano sin red, un cuerpo sin apellido… La crueldad siempre empieza por los cuerpos que el sistema considera prescindibles.
La crueldad no nace en la superficie, sino en las capas profundas donde se mezclan biología, cultura, miedo, poder y vacío emocional. La crueldad surge cuando el otro deja de ser “alguien” y se convierte en “algo”.
Ese desplazamiento de persona a objeto es la raíz más antigua y peligrosa. Aparece cuando el otro ya no es alguien con dolor, historia y dignidad, entonces cualquier acto se vuelve posible.
La crueldad nace cuando la empatía se apaga.
La crueldad nace cuando el otro deja de importarme y yo dejo de reconocerme en él. Ahí empieza todo.
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