La Odisea de nuestra Patria

Ulises no ha regresado a reunirse con su amada Patria. Desde muchos años atrás, esta se encuentra en profunda soledad acechada por múltiples pretendientes: ideólogos, tecnócratas, ineptos, mentirosos, ambiciosos, corruptos, tramposos, cínicos, pendencieros, mediocres, sabelotodo, cuentacuentos, transformadores, consejeros, pseudo intelectuales y arrogantes. Han buscado seducirla y obtener con ello las mieles del poder, el dinero y el reconocimiento. Mientras tanto, en la Ítaca mexicana se percibe el atraso, el abandono, la vulnerabilidad social, económica y de seguridad.
En la entrada del nuevo milenio algunos creyeron que Odiseo se haría presente tras siete décadas de un mismo reinado. Pero el que apareció era un farsante histrión. Dieciocho años después se pensó que ahora sí el valiente guerrero había regresado a su tierra. El miedo de que aquél fuera nuevamente un impostor se disipó y la Patria se volcó en sus brazos. Había llegado el que algunos daban por muerto, el que restablecería el orden, haría justicia a los olvidados y daría castigo a los indolentes. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el poema épico, la realidad es que no había aparecido el héroe, sino lo que se temía: el embustero, un hipnotista que, como las sirenas de Homero, encantaba con sus hermosos cantos y prometía cumplir con los anhelos del pueblo de prosperidad y transformación.
Dio reconocimiento y atención a aquellos que nunca nadie tomó en cuenta, pero, al mismo tiempo, dejó un desorden total que afectó distintos ámbitos de la vida pública y social, degradó las instituciones y trajo consigo a personajes aún más indecentes que los que asediaban ya a la Patria tiempo atrás.
Muchos se han conformado con ese que no fue, lo siguen reconociendo —y enalteciendo— como el héroe valiente, sensible, sabio e ingenioso que tanto esperaban. No importa si ni siquiera pudo sostener —no se diga tensar— el arco que, para probar su fuerza moral, capacidad y dignidad, la Patria había puesto en sus manos. Lo importante era su encanto, carisma y genialidad.
Ahora solo nos queda esperar que Atenea ayude al verdadero Ulises a regresar y olvidarnos de abusivos y soberbios impostores. Pero probablemente nunca llegará. Quizás no lo merecemos. Tendremos que ser nosotros los que preparemos el territorio para que el héroe se haga presente. Eso solo sucederá si perdemos el miedo, terminamos con la división y la apatía. Si dejamos a un lado la pasividad ante los abusos y nos fortalecemos como sociedad, evitando conformarnos con lo que se nos ofrece y comenzando a exigir a quienes, sin importar color o ideología, nos han dejado rezago e infinitas promesas sin cumplir.
Como en la obra del poeta griego, no es tarde para encontrar la reconciliación y la paz. No debiéramos necesitar de una Atenea que nos imponga un pacto social. Aquí termina la leyenda; toca enfrentar la realidad con nuestras limitantes, pero también con nuestras fortalezas. Actuar, no observar. No podemos seguir esperando a Ulises; está en nosotros la responsabilidad de escribir la versión final de nuestra propia Odisea.
@isilop
