Durante los últimos días, los ciudadanos en España fuimos testigos excepcionales de un fenómeno astronómico tan imponente como fascinante: un eclipse total de sol. El espectáculo visual dejó sin palabras a millones de espectadores, quienes observaron cómo un satélite menor se alineaba de forma perfecta con el astro rey. En ese instante preciso de yuxtaposición, la silueta combinada dejó al descubierto un resplandeciente anillo incandescente que iluminó el firmamento.
El avance científico frente al misterio del cosmos
A lo largo de los siglos, el ingenio humano ha alcanzado un nivel de precisión tal que hoy en día es posible calcular con exactitud milimétrica el momento exacto en que ocurrirán estos eventos. La ciencia moderna puede determinar sin margen de error si se tratará de fenómenos totales o parciales, así como si afectarán a la luna o al sol. De hecho, las previsiones astronómicas ya señalan que viviremos otro evento de naturaleza total el próximo año, y uno más para 2028, auténticos regalos celestes que la naturaleza nos concede.
Sin embargo, resulta desconcertante comprobar la enorme disparidad que existe entre nuestro dominio de la mecánica celeste y nuestra absoluta incapacidad para gestionar la justicia terrenal. Mientras los científicos descifran los secretos del universo con la precisión de un orfebre, la comunidad internacional sigue siendo incapaz de anticipar o rastrear con la misma eficacia los desplazamientos aéreos de los autócratas y tiranos que continúan azotando diversas regiones del planeta. Aunque no representan una mayoría numérica, su capacidad para generar conflictos y sufrimiento es inmensa.
La sombra de la impunidad internacional
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué resulta imposible conocer con certeza cuándo despegan las aeronaves de estos gobernantes para proceder a su captura? Sobran los nombres y los expedientes abiertos. Dirigentes como Benjamín Netanyahu, Daniel Ortega o Díaz-Canel, por mencionar solo a algunos, acumulan señalamientos e investigaciones por graves crímenes, sin que hasta el momento ninguno haya asumido su responsabilidad penal.
Para hacer frente a esta clase de atrocidades se instituyó la Corte Penal Internacional en La Haya, un organismo concebido precisamente para procesar a los máximos responsables de delitos de lesa humanidad. A pesar de los años transcurridos desde su fundación, el balance resulta desalentador: son contados los dictadores que han terminado compareciendo ante los tribunales internacionales.
En pleno siglo XXI, la humanidad debería haber superado estas lagunas del sistema jurídico global. La disonancia entre la facilidad con la que la ciencia predice los movimientos de los astros y la extrema dificultad para detener a criminales de esta magnitud evidencia una profunda falla institucional. Cabe preguntarse si el problema radica en la falta de herramientas técnicas o, más bien, en una preocupante carencia de voluntad política.
@pelaez_alberto
