La culminación de la Segunda Segunda Guerra Mundial no trajo consigo una era de pacificación global, sino el prolegómeno de la Guerra Fría. Durante el conflicto bélico, las potencias occidentales y la Unión Soviética mantuvieron una alianza táctica contra las fuerzas del Eje, pero las profundas divergencias ideológicas y políticas fragmentaron el escenario internacional a partir de 1947. El mundo quedó dividido en tres grandes bloques: el bloque capitalista liderado por Estados Unidos, el bloque comunista bajo la férula de la Unión Soviética y los Países No Alineados. En este contexto de mutua desconfianza, el espionaje se convirtió en la herramienta fundamental de supervivencia geopolítica.
La llegada de la CIA y la instalación de la estación en territorio mexicano
Con el propósito de contener la expansión global del comunismo, el gobierno estadounidense fundó en 1947 la Central Intelligence Agency (CIA). Ante el temor de que la influencia soviética penetrara en el continente americano —especialmente tras los movimientos impulsados desde Moscú y La Habana—, la agencia de inteligencia estableció en 1951 una estación operativa clave en la Ciudad de México. Desde este punto estratégico se coordinaban las labores de vigilancia para toda Latinoamérica.
Para dirigir esta red, la agencia envió en 1956 a Winston Scott, un brillante exagente con experiencia en criptografía y operaciones estratégicas. Bajo la fachada diplomática de procónsul, Scott tejió una compleja red de contactos con las altas esferas del poder político mexicano, entablando comunicación directa con la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Secretaría de Gobernación.
Operación Litempo: el reclutamiento de mandatarios mexicanos
La estrategia de Scott consistía en ganarse la confianza de los funcionarios mexicanos compartiendo información de inteligencia exclusiva y ofreciendo el respaldo político de Washington. Con un presupuesto anual estimado en seis millones de dólares, la CIA logró infiltrar los niveles más altos de la administración pública y del partido gobernante, asignando claves secretas a sus colaboradores de máximo nivel.
El primer gran objetivo de la red fue Adolfo López Mateos, quien recibió el criptónimo clave LITENSOR. Como secretario del Trabajo y posteriormente como presidente, colaboró estrechamente con la agencia proporcionando reportes sobre movimientos sindicales en la región a cambio de apoyo político e informativo para su campaña.
Años más tarde, su sucesor Gustavo Díaz Ordaz fue incorporado bajo el código LITEMPO-2. Durante su gestión en Gobernación y su posterior mandato presidencial, colaboró en el intercambio de información sobre actividades subversivas y en la contención de la influencia castrista en el continente. Asimismo, la administración de Díaz Ordaz estuvo marcada por los acontecimientos de 1968, donde la intervención de la inteligencia estadounidense y los programas de escuchas telefónicas jugaron un papel determinante en el control de los movimientos sociales.
Continuidad transexenal y el control de la economía
La red de espionaje continuó expandiéndose con la llegada de Luis Echeverría Álvarez, designado bajo la clave LITEMPO-8. Aunque la relación con Washington experimentó tensiones severas tras los episodios de represión estudiantil, el canal de comunicación se mantuvo activo para vigilar los movimientos de izquierda en América Latina.
Posteriormente, bajo la presidencia de José López Portillo, quien operó con el criptónimo LITEMPO-23, el enfoque de la intervención estadounidense viró hacia el ámbito económico y financiero. En una época donde la CIA modificaba sus tácticas en el cono sur, el mandatario mexicano proveyó información estratégica sobre las estructuras económicas de la región.
El misterioso final de Winston Scott y el legado de los archivos desclasificados
La existencia de esta red de colaboración transexenal se mantuvo oculta durante décadas. Tras su retiro, Winston Scott preparaba la publicación de sus memorias cuando fue hallado sin vida en su residencia de la Ciudad de México en 1972, un suceso que generó múltiples sospechas. Años más tarde, gracias a demandas legales interpuestas por sus familiares y a las investigaciones del periodista Jack Morley, se logró la desclasificación parcial de documentos que revelaron cómo la cúpula política mexicana colaboró estrechamente con la inteligencia estadounidense.
Mientras que en el pasado estos personajes entregaban información estratégica bajo esquemas de seguridad nacional y jugosos beneficios políticos, el análisis histórico actual demuestra que las dinámicas de poder entre las altas esferas gubernamentales y las agencias extranjeras dejaron una huella profunda en los sótanos de la política mexicana, un capítulo que la historia oficial rara vez detalla en sus páginas.
