Un cambio demográfico que supera todas las previsiones oficiales
Los grandes fenómenos sociales raramente se manifiestan de forma abrupta; por el contrario, se gestan de manera discreta a lo largo de los años hasta que un indicador oficial revela su magnitud. Esto es precisamente lo que ha puesto de manifiesto la más reciente Encuesta Intercensal elaborada por el INEGI, cuyos resultados detallan una mutación profunda en la estructura social de la nación.
De acuerdo con los datos, el país ha alcanzado con cinco años de anticipación el perfil de edades que los organismos gubernamentales proyectaban originalmente para el año 2030. Hacia el tramo final del otoño pasado, el territorio nacional albergaba a 130.9 millones de residentes, aunque el dato verdaderamente trascendental no reside en la cifra global, sino en la distribución etaria de sus habitantes.
La edad mediana experimentó un salto notable al pasar de 29 a 32 años en un periodo de apenas un lustro. Por su parte, el sector de la población con 60 años o más ya asciende a 19.2 millones de personas, lo que representa un 14.7 por ciento del total nacional, un porcentaje que los planes oficiales no preveían sino hasta concluir la actual década.
Las causas detrás de la aceleración poblacional
La velocidad con la que se transforma la pirámide poblacional responde a dos dinámicas paralelas. En primer término, el descenso drástico en la natalidad ha superado cualquier pronóstico previo, situando la tasa de fecundidad en 1.2 hijos por mujer durante 2024, una cifra muy lejana al 1.9 registrado en 2019 y comparable con economías altamente envejecidas como la japonesa.
En segundo lugar, la salida de 1.3 millones de personas en el último quinquenio —en su mayoría jóvenes de entre 20 y 34 años— ha vaciado la base de la pirámide, mientras que la cúspide se ensancha de manera sostenida. Este fenómeno obliga a replantear las estrategias económicas y sociales bajo tres horizontes temporales bien definidos.
Los retos fiscales a cinco años y la presión sobre el presupuesto
El horizonte más inmediato plantea un desafío puramente financiero para el Estado. Las obligaciones destinadas al pago de pensiones, que engloban tanto los esquemas contributivos como los programas asistenciales, escalaron desde el 4.6 por ciento del PIB en 2020 hasta el 6.3 por ciento contemplado en la propuesta presupuestal, lo que equivale a unos 2.5 billones de pesos.
Diversos análisis económicos advierten que esta partida podría trepar hasta el 9 por ciento para el año 2030. Si a esta carga se le suma el servicio de la deuda, se observa que aproximadamente cuatro de cada diez pesos del gasto público se encuentran comprometidos antes de destinar recursos a infraestructura educativa o sanitaria.
El panorama a diez y veinte años: pensiones y salud
A mediano plazo, el sistema de cuentas individuales heredado de las reformas de 1997 enfrentará su prueba de fuego cuando comiencen los retiros masivos de la generación que cotizó bajo este modelo. La suficiencia de estas percepciones se verá mermada por las trayectorias laborales marcadas por la informalidad, dejando gran parte de la responsabilidad de contención en la Pensión del Bienestar y en las diversas fuentes de ingresos ajenas al empleo formal.
De hecho, la radiografía estadística del INEGI muestra que más de la mitad de los hogares mexicanos, exactamente el 50.1 por ciento, ya depende de entradas económicas que provienen de subsidios, jubilaciones o remesas, en contraste con el 38.5 por ciento registrado cinco años atrás.
Para un horizonte de dos décadas, el reto migrará hacia la atención médica integral y los sistemas de cuidados. Se calcula que hacia el año 2040 habrá cerca de 28 millones de adultos mayores, y para mediados de siglo constituirán una cuarta parte de la población. Todo esto ocurre mientras el gasto público en salud se mantiene en torno al 3 por ciento del PIB, la mitad de lo recomendado internacionalmente, y con una cobertura de afiliación institucional que retrocedió del 77.1 al 72.5 por ciento entre 2020 y 2025.
La respuesta de los hogares ante la omisión institucional
Ante la insuficiencia de los mecanismos públicos, los ciudadanos buscan alternativas por la vía privada. Un indicador revelador es el crecimiento de los seguros médicos particulares, que casi duplicaron su penetración al pasar del 3.7 al 6.9 por ciento en solo cinco años.
Aquellos sectores que carecen de recursos para sufragar pólizas privadas enfrentan la vejez mediante el endeudamiento familiar y el trabajo de cuidados no remunerado, el cual recae de forma desproporcionada sobre las mujeres del núcleo doméstico. De este modo, el costo social y económico de una población madura se está transfiriendo silenciosamente de las instituciones gubernamentales hacia las familias.
Las naciones que transitaron hacia este modelo demográfico en el pasado dispusieron de un recurso fundamental que el Estado mexicano ha consumido con inusitada rapidez: el tiempo. La generación que impulsó el bono demográfico se encuentra ahora en el umbral de la tercera edad, poniendo a prueba los cimientos de la administración pública en un contexto donde las decisiones postergadas ya no admiten más demora.
