No, no son linajes, ni mucho menos, distinguidos. El título ironiza la descripción de esas afortunadas familias. Sin embargo, son apellidos que evocan a una clase política privilegiada que, lejos de buscar predicar con los actos, se han empecinado en mostrar a la autoproclamada 4T como lo que es: un movimiento de corte autoritario que pregona una falsa autoridad y un supuesto combate contra los abusos del pasado, pero que en realidad, no ha hecho más que reproducir las más condenables prácticas del pasado.
Los López Betrán, por razones obvias, encabezan la lista. Mientras uno de ellos, Andrés, figura como una de las cabecillas más importantes del partido, lo que le permite jugar con los hilos del poder como la selección de los candidatos del partido oficial (con el beneplácito, se cree, del hombre que reside en Palenque, Chiapas) el otro viaja plácidamente por el mundo, alojándose en hoteles de lujo y comprando obras de arte que en mundo normal quedarían reservadas para los millonarios. ¿Es acaso un empresario exitoso que pueda justificar sus ingresos que le permitan la vida dispendiosa? ¿Dónde ha quedado la fachada de austeridad sobre la que AMLO, su padre, y la propia presidenta Claudia Sheinbaum insisten todos los días? El lector tendrá su respuesta.
Por otro lado, hace unos días trascendió que el hijo del delicado senador Gerardo Fernández Noroña había recibido ingresos anuales por casi 1 millón 500 mil pesos, mientras que, de acuerdo a lo reportado en el portal de transparencia del gobierno, su salario mensual en la CFE (sí, la dirigida por Manuel Bartlett, el patriota, como lo llama su padre) apenas ascendía a unos 20 mil. Lo anterior se ha sumado a la opacidad que rodea a su padre, quien se ha negado reiteradamente a dar información sobre su propiedad en Tepoztlán o sobre las condiciones del crédito que supuestamente adquirió para comprarla.
Y por último, Marcelo Ebrard, secretario de Economía, se auto evidenció ayer en plena mañanera tras revelar que su hijo se había alojado en 2021 en la residencia de la embajadora Josefa González Blanco, en Londres, durante su gestión. Con un toque cínico, y bastante torpe a la vez, aseguró que pensaba que “no había cometido ninguna falta” a la vez que, a la luz de las convenciones internacionales y de la propia legislación mexicana en materia del servicio exterior, y quizás también del Código Penal, se trató de una clara contravención de las normas, de un abuso de poder y conflicto de interés. En otro país habría sido cesado de inmediato.
Los López, los Noroña y los Ebrard no son, desafortunadamente, los únicos casos de funcionarios cuyos vástagos parecen haber disfrutado – o disfrutan en el presente- de las mieles de los privilegios a los que sólo aquellos miembros conspicuos de la clase política mexicana pueden acceder.