<div>"Oí unos fuegos artificiales y temí que fuera un ataque de EEUU": la tensión en la Cuba asfixiada por Trump</div>

Cuba lleva casi seis meses sin recibir más petróleo que el de un carguero ruso, entre apagones de más de 20 horas en la capital durante algunos días y la sensación de que se vive una tensa espera ante un desenlace imprevisible en el que se tiene muy presente la idea de un posible ataque de EEUU como ocurrió en Venezuela el pasado 3 de enero
Altos mandos militares de EEUU y de Cuba se reúnen junto a la base de Guantánamo en plena asfixia de Trump a la isla
“Oí un ruido muy fuerte y pensé que era un bombazo”. En realidad no eran más que fuegos artificiales en una celebración en un paladar —restaurante— en plena noche, pero Elena —nombre ficticio—, una vecina de La Habana Vieja, explica el miedo que sintió: “Salí a la terraza y desde mi casa, que está en un piso alto, pude ver que se trataba solo de fuegos artificiales, pero por un momento pensé que era un ataque de EEUU. Además, era sábado, como cuando atacó Venezuela”.
En efecto, el presidente de EEUU, Donald Trump, suele ordenar bombardeos en fin de semana para sortear el castigo de la Bolsa, y aquel día que lanzó un ataque sobre Venezuela, el pasado 3 de enero, era sábado. Los soldados estadounidenses mataron a un centenar de personas, entre ellos 32 soldados cubanos de la guardia personal del presidente Nicolás Maduro, que fue secuestrado para ser encerrado en una cárcel en Nueva York.
Elena recuerda aquella noche mientras charla junto al Copelia, la mítica heladería de La Habana retratada en la película Fresa y Chocolate, que ahora no vive sus mejores días por las dificultades para mantener los helados a la temperatura apropiada.
Y es que los efectos de la asfixia energética de Trump sobre la isla se perciben en cada pequeño detalle de la vida de los cubanos en la isla: La Habana se ha convertido en una capital silenciosa, en la que las calles se han olvidado de los atascos en hora punta y apenas se ven coches por la tarde, porque escasea el combustible. Y los vehículos que se ven son coches, motos y triciclos eléctricos, que hacen su agosto como taxis. El tránsito de los autobuses también ha descendido, la movilidad de las personas se ha reducido considerablemente y La Habana se ha convertido en una capital en la que no existe ese trajín de personas habitual en las grandes ciudades del mundo.

El estadio Parque José Martí, en La Habana, el 28 de mayo de 2026.
La falta de petróleo, en una isla cuya energía tradicionalmente se ha generado a través del crudo, se traduce en apagones de más de 20 horas en la capital, algo que supone una preocupación creciente en los cubanos.
Sara Kozameh, historiadora de la Universidad de California en San Diego, ha realizado estudios en la parte occidental de la isla, en la zona de Guantánamo, y explica: “La situación es extrema, tienen que aprovechar las horas de luz, sean cuando sean. Y te ves en la situación de tener que cocinar o de regar los campos a las dos de la mañana, en las horas en las que tienes luz, con las consecuencias que eso tiene para el descanso y la salud física y mental”.

Un coche histórico y un triciclo eléctrico, en La Habana, el 28 de mayo de 2026.
En la autopista, vacía, entre Pinar del Río y La Habana, este viernes circulaban dos camiones cargados de vehículos eléctricos chinos que acababan de ser descargados en el puerto de Mariel. Pero no eran coches para ser expuestos en un concesionario, según explican fuentes gubernamentales, sino que han sido comprados por el Estado para hacer de taxis de enfermos de hemodiálisis y para convertirse en coches fúnebres, en tanto que el precio de la gasolina —10 dólares el litro— hace inviable que los enfermos crónicos puedan ir al hospital de forma cotidiana para sus tratamientos o que las familias puedan enterrar a sus muertos.
En esa misma carretera, de tanto en tanto se veía a personas recoger troncos y cargarlos en vehículos para usar la leña como combustible energético. Un día antes, este jueves, cerca del malecón de La Habana, dos hombres introducían leña en un edificio de viviendas afectado por apagones. “El problema de la leña es que ni las casas están preparadas para cocinar con ella, ni hay salida de humos y, además, es mucho más lento”, explica Felipe, mientras observa cómo los dos hombres van reduciendo el montón de leña de la calzada.
Kozameh apuntaba durante un briefing de prensa con analistas internacionales organizado por el think tank estadounidense CEPR: “La gente está soportando una enorme alteración en su vida cotidiana y sus rutinas. En su capacidad para comer, desplazarse a donde necesitan ir y comunicarse con los demás, hay una clara desnutrición. He visto a niños y ancianos que, según pude comprobar, no habían comido y estaban mucho más delgados de lo que nadie debería estar, niños encantadores que insistían en compartir una pequeña bolsa de caramelos o una galleta con sus hermanos, para que todos tuvieran la misma parte. Hay crecientes problemas de saneamiento y salud, así como escasez de medicamentos sencillos, pero importantes y que salvan vidas. El aire es a menudo tóxico, porque la gente cocina con leña. Incluso en las ciudades hace varios meses que no se suministran bombonas de gas para las cocinas y la electricidad solo funciona unas horas al día”.
“¿Qué te puedo contar que no sea triste?”, explica Elena, la vecina de La Habana Vieja: “Llevamos seis décadas de bloqueo, y esta situación del bloqueo del petróleo es la más crítica. La covid-19 nos hizo mucho daño, y ahora ha llegado esto, y nosotros no somos ninguna amenaza para EEUU, nosotros solo queremos vivir en paz”.