El cine fantástico contemporáneo suele coquetear con la idea de transformar los terrores infantiles y la dinámica familiar en metáforas oscuras. En el caso de La otra madre, la premisa invitaba a pensar en un equivalente moderno y turbio de obras maestras del stop motion como la recordada Coraline de Henry Selick. Ambas historias parten de un concepto similar: un núcleo familiar que, de manera insólita, se convierte en el epicentro de horrores inimaginables. Sin embargo, mientras aquella joya del cine animado lograba adentrarse con destreza en los rincones más impredecibles de la psique humana, esta versión dirigida por Rob Savage se desploma estrepitosamente. Basada en la novela Incidents Around the House de Josh Malerman, la cinta adolece de una alarmante falta de profundidad y desaprovecha la oportunidad de examinar el miedo desde una perspectiva genuina, perdiendo demasiado tiempo en clichés, giros con poca imaginación y una pobre puesta en escena.
El principal tropiezo del largometraje radica en su incapacidad para sostener la densidad psicológica que exige una trama donde se tambalean los conceptos tradicionales de la maternidad. Los pasajes más estimulantes de la proyección ocurren precisamente cuando la narrativa se aparta de los moldes comerciales y opta por la experimentación. La premisa inicial —una niña consciente de una presencia sobrenatural que acecha su hogar— funciona como un vehículo idóneo para diseccionar el miedo y la desolación. No obstante, el libreto firmado por Nathan Elston se desinfla de forma progresiva al apostar por una fórmula facilona de sobresaltos repentinos, relegando a un segundo plano eso mientras la verdadera densidad de la historia queda relegada a un segundo plano.
La superficialidad del miedo en la gran pantalla
En lugar de explorar las complejidades de su protagonista, Bela (interpretada por Arabella Olivia Clark), quien debe enfrentarse en solitario a una violenta manifestación paranormal que suplanta la identidad de su progenitora, la producción opta por el camino más convencional. El metraje consume valiosos minutos en recursos manidos como ventanas que se estremecen con violencia, gritos estridentes y puertas que se abren por voluntad propia. Se trata de recursos narrativos que cualquier fanático del terror verá llegar y que no aportan absolutamente nada a la historia.
Lo más frustrante de este proyecto es que el material de origen ofrecía los elementos necesarios para construir un relato sólido. Durante el primer acto, el argumento equilibra de forma aceptable dos frentes terroríficos de distinta escala. Por un lado, la crisis doméstica que experimentan los padres de la niña, Russ (interpretado por un monótono Jay Duplass) y Ursula (a quien da vida Jessica Chastain), cuya ruptura matrimonial destruye la paz del hogar. Una tensión cotidiana que, por supuesto, arrastrando a Bela en medio de la debacle emocional de la familia.
A este caos mundano se suma la presencia nocturna que emerge desde el interior del armario. El cineasta Rob Savage, que ya demostró su habilidad para subvertir lo cotidiano en producciones anteriores como Host, encuentra sus mayores aciertos en este tramo. Poco a poco, la joven descubre que la entidad oscura posee consciencia propia y y además, desea desesperadamente ganarse su amor. Con el paso de los días, esta presencia adopta el rostro de la madre de la niña en una transformación cada vez más repulsiva, demostrando que La otra madre tiene sus mejores momentos cuando el director aprovecha esa rareza inexplicable.
Un tramo final que naufraga en los tópicos
A pesar de sus destellos iniciales, la película es incapaz de sostener la tensión y desaprovecha el trasfondo más oscuro de sus propios temas, tales como la irresponsabilidad materna, los monstruos con rostro humano en favor del espectáculo. Una vez que se revelan las motivaciones de la criatura, el argumento pierde fuerza y se transforma en una repetición constante de sustos de baratillo que le arrebatan su escasa personalidad y elementos más fuertes.
Hacia su desenlace, la producción abandona cualquier atisbo de mitología siniestra para adentrarse en un terreno excesivamente sensiblero. Al igual que ocurriera en su momento con Mamá (2013) de Andrés Muschietti —un filme que también transitaba por los límites de la maternidad monstruosa antes de diluirse en una fantasía almibarada—, esta obra resuelve sus conflictos a través del amor maternal. Y lo hace con tópicos tan convencionales como aburridos.
De este modo, el filme culmina con una de las propuestas más decepcionantes del circuito comercial reciente, incapaz de clausurar con coherencia sus propias incógnitas y dejando de lado la reflexión sobre lo más tenebroso de su premisa: el mal, el amor maternal corrompido y la violencia. El resultado final confirma que la falta de ambición en el guion arruinó por completo las virtudes de su planteamiento inicial, convirtiéndola en su desarrollo y la convierte en una irrelevante colección de sustos prefabricados.
