México está muy lejos de ser una potencia deportiva. Este es el tema a subrayar en el contexto de la euforia nacional por el segundo triunfo de la Selección en el Mundial de la FIFA 2026. Con realismo, no es mucho lo que se puede esperar de nuestro equipo, que difícilmente estará entre los mejores al finalizar el torneo. Pero esa es una historia amarga por escribirse —una película de decepción que hemos visto tantas veces y que ya podemos anticipar—.
¿Cuántas medallas de oro —que son las importantes— ha logrado México en 30 ediciones de los Juegos Olímpicos? Respuesta: 13, nada más 13. Eso es menos del 0.1% respecto del país líder, EEUU, que acumula más de mil oros. También estamos a años luz de los éxitos deportivos de la desaparecida Unión Soviética, que ganó más de 400 oros en solo 9 participaciones. Y no nos acercamos ni tantito a China y Gran Bretaña (más de 300 oros); Francia, Italia y Alemania (más de 200); Australia y Hungría (más de 180); Japón (más de 150); Cuba (más de 80), y España (más de 50).
La disciplina que más preseas doradas ha dado a México es la marcha. Esta es la lista completa de nuestros triunfos olímpicos:
Marcha: 3 oros (Daniel Bautista, Ernesto Canto y Raúl González).
Equitación: 2 oros (Humberto Mariles en salto individual; Humberto Mariles, Rubén Uriza y Alberto Valdés en salto por equipos).
Boxeo: 2 oros (Ricardo Delgado y Antonio Roldán).
Taekwondo: 2 oros (Guillermo Pérez y María del Rosario Espinoza).
Clavados: 1 oro (Joaquín Capilla).
Natación: 1 oro (Felipe Muñoz).
Halterofilia: 1 oro (Soraya Jiménez).
Futbol: 1 oro (Porteros: José de Jesús Corona y Antonio Rodríguez. Defensas: Israel Jiménez, Carlos Salcido, Hiram Mier, Diego Reyes, Néstor Araujo, Darvin Chávez, Miguel Ponce y Néstor Vidrio. Mediocampistas: Héctor Herrera, Jorge Enríquez, Javier Aquino, Marco Fabián y Javier Cortés. Delanteros: Giovani dos Santos, Oribe Peralta y Raúl Jiménez).
La medalla dorada en futbol no puede ser considerada de primer nivel. No lo afirmo por hacer menos a nadie, pero es de elemental justicia precisar que en el balompié de los Juegos Olímpicos no compiten las mejores selecciones del mundo. Esto se debe a que la FIFA, para no restarle relevancia al Mundial ni a las competencias de clubes como la Champions League, limita la participación de futbolistas de élite en las olimpiadas; se permite básicamente la categoría sub-23 con el apoyo de dos o tres refuerzos mayores.
México tendría 14 medallas de oro si no hubiera existido la descalificación de Daniel Bautista en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. De haberse hecho justicia deportiva, Bautista sería el segundo mexicano con dos oros —el único con tan relevante doblete es el militar Mariles, en equitación—.
A partir de ahí, puede plantearse —más como un ejercicio de memoria histórica que como una exigencia jurídica en sentido estricto— si ciertos episodios del pasado olímpico merecen ser revisados a la luz de los estándares actuales de justicia deportiva.
Pienso que México podría intentar la recuperación de la medalla de oro de Daniel Bautista, así fuese solo en el terreno de la justicia histórica. Desde luego, tendría que hacerse por conductos diplomáticos —una tarea para el canciller, Roberto Velasco, y para el titular de la CONADE, Romel Pacheco, quien fue deportista de alto rendimiento—.
Para recuperar el oro robado a Bautista se necesitaría de la firme decisión de la presidenta Sheinbaum y, por supuesto, de una alta dosis de creatividad jurídica, además de un gran trabajo mediático en Estados Unidos y Europa.
El argumento para una demanda tan poco común tendría que basarse en las propias reglas del olimpismo y en los derechos fundamentales de las personas. Quizá habría que empezar por exigir al actual presidente ruso, Vladimir Putin, abrir los archivos de la KGB —que él conoce tan bien— para analizar si la policía secreta de la Unión Soviética participó activamente en la descalificación al marchista mexicano.
En 1980, el año de las olimpiadas de Moscú, el joven Putin trabajaba en la KGB de Leningrado (hoy San Petersburgo), dependencia que, entre otras funciones, vigilaba a los extranjeros, turistas y diplomáticos que visitaban su ciudad natal. Él no trabajaba en la capital soviética, pero algo habrá escuchado.
A la larga tendrían que responder el olimpismo y el propio mandatario ruso si se demostrara lo que es perfectamente demostrable: que a Daniel Bautista lo descalificaron a la mala —además debajo de un puente, en un punto ciego para las cámaras de televisión, a escondidas, tal como se cometen los peores delitos—. Es un hecho que muchas decisiones del arbitraje deportivo de esa época quedaron envueltas en la opacidad con la que operaba el aparato de inteligencia soviético.
Entiendo que el Comité Olímpico Internacional es una entidad privada con enorme relevancia global —otra mafia tan poderosa como la de la FIFA—, pero puede y debe ser auditado por la opinión pública internacional.
¿Sería ridículo que México exigiera que se le diera aquella medalla de oro que Bautista claramente ganó en la competencia? Quizá, pero valdría la pena intentarlo porque no es nada despreciable un crecimiento de casi el 8% en nuestra histórica tabla de oros olímpicos.
Sin duda es correcto exigir disculpas al reino de España por las atrocidades durante la Conquista. De hecho, la petición realizada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador y refrendada por la presidenta Claudia Sheinbaum, que en principio fue mal recibida tanto por la administración como por la corona españolas, con el tiempo abrió un debate histórico que incluso ha llevado a reconocimientos —parciales, pero reconocimientos al fin— de los excesos del pasado de parte del rey Felipe VI.
El deporte internacional no funciona con la misma lógica que los diferendos entre Estados, pero la diplomacia deportiva debería servir aquí para juzgar no al olimpismo en sí, sino a la Guerra Fría, que utilizó las disciplinas atléticas como herramientas geopolíticas.
Si no recuerdo mal, no fue un soviético, sino un italiano, Maurizio Damilano, el que se quedó con la medalla de oro en aquella prueba de marcha que habría ganado Daniel Bautista de no haber sido descalificado a la mala.
El italiano no tuvo la culpa de lo que pudo ocurrir en el contexto de la competencia bajo las posibles presiones de la KGB hacia los jueces de la caminata. Por lo tanto, nadie debería quitarle su medalla. La solución justa sería, simplemente, otorgarle otra presea idéntica al mexicano Bautista. No sería la primera vez que, por errores graves o situaciones directamente atribuibles a los jueces, se entregaran dos medallas de oro en una misma prueba.
En fin, es una idea que puede parecer descabellada si se toma literalmente, pero se trata de un asunto de justicia histórica a favor de un deportista mexicano. Al menos serviría para poner sobre la mesa algo más serio: la fragilidad de ciertos resultados deportivos en contextos políticos tensos, y adicionalmente llevar al debate global una trampa que sufrimos y que nos privó de un bien tan escaso en nuestra nación como lo son los oros olímpicos.