Radiografía de los excesos y el patrimonio inmobiliario del clan Arellano Félix en México
Durante la época de mayor expansión del narcotráfico en México, las figuras al frente de las grandes organizaciones criminales no solo acaparaban titulares por sus actividades ilícitas, sino también por el estilo de vida ostentoso que adoptaron. Entre ellos, Benjamín Arellano Félix, uno de los líderes históricos del Cártel de Tijuana, destacó por cultivar una imagen de opulencia que contrastaba fuertemente con la de sus allegados.
Gustos refinados y un perfil ostentoso
A diferencia de su hermano Ramón, a quien se le atribuía un perfil más austero y operativo, Benjamín era conocido por su preferencia hacia la ropa de alta costura, destacando el uso de camisas de seda y prendas exclusivas. Su círculo cercano y las investigaciones periodísticas de la época también lo relacionaban con la adquisición de automóviles BMW, reflejando una predilección por los artículos de lujo que se convirtió en un sello distintivo de su cotidianidad antes de su captura.
La emblemática mansión de El Paraíso
El símbolo más visible de la riqueza acumulada por la organización se encontraba en el norte del país. Una de las residencias más tristemente célebres vinculadas al grupo criminal estaba situada en el fraccionamiento El Paraíso, en Tijuana. Este inmueble contaba con una estructura de dos plantas, sótano, una amplia alberca y espacio para el resguardo de múltiples vehículos.
Tras el debilitamiento del cártel, la propiedad fue asegurada por las autoridades durante la década de los noventa. El predio atravesó por un largo camino de disputas y procesos legales hasta que finalmente cambió de manos. Según los registros publicados por el medio ZETA, la historia física del lugar llegó a su fin cuando la mansión fue demolida en 2023 para dar paso a la construcción de un nuevo desarrollo habitacional.
Red de propiedades y el sitio de su captura
El rastro de bienes raíces vinculados a los Arellano Félix se extendió mucho más allá de Baja California. Investigaciones ministeriales y periodísticas documentaron un vasto portafolio de propiedades en Tijuana, Tecate y otras entidades federativas. Si bien algunos inmuebles fueron decomisados formalmente por el Estado, otros figuraban a nombre de prestanombres y familiares, lo que complicó la atribución directa de la propiedad total a un solo miembro del clan.
Entre los domicilios más relevantes figura una residencia localizada en el estado de Puebla, sitio exacto donde las fuerzas de seguridad concretaron la captura de Benjamín Arellano Félix en marzo de 2002. Con el paso de los años, diversas indagatorias destaparon la existencia de terrenos, casas y fincas de alto valor que formaban parte del engranaje financiero y habitacional de la familia.
El legado material de aquella estructura criminal, hoy reducido a escombros en algunos casos y a inmuebles expropiados en otros, continúa documentándose como el testimonio físico de una época en la que el poder y los recursos ilícitos se tradujeron en un imperio de bienes raíces a lo largo del territorio mexicano.
