Por: Sergio Brown
Cada que nace un libro en el planeta tierra, nace un árbol, un niño o un ajolote en un universo paralelo. Cada libro publicado en este plano material es una fiesta para la cultura, para el campo literario y para las familias y amigos de los autores. Así que, para iniciar el ritual, abro una cerveza imaginaria (efecto de sonido) y brindo con ustedes por Los días contados de Alberto García Zatarain: salud y gracias por ser parte de este sueño vivo. Y cruzo el acto celebratorio con Moriarty, un personaje del libro, una representación del arquetipo del sabio-vagabundo: supo tanto que se volvió loco. Un bato maravilloso y saico que dice: “Si yo muero, el universo se termina. Todo deja de existir”. Así que salud por Moriarty también, que nace y muere cuando el lector inicia y termina este libro.
En 1997 asistí en la sala de espectáculos del CECUT a un concierto de música prehispánica fusionada con rock progresivo. El evento estaba sold out y me tocó sentarme en la última fila del teatro. El músico utilizó su cuerpo como percusión hipnótica; me relajé en extremo porque el compita quemó incienso y copal que llenó la sala con el humo de los dioses. El sonido de los instrumentos, los silbatos y los caracoles me puso en trance: cerré los ojos, sentí que me elevaba de la butaca, abrí los ojos y flotaba en el aire. Segundos después vi que otra persona flotó igual:
—¿Cómo te llamas?
—Alberto, ¿y tú?
—Sergio.
—¿Sabes por qué volamos?
—La música nos movió el punto de encaje.
—¿No estaremos soñando?
—Cuando te conozca, en veinte años más, te diré la respuesta.
Alberto y yo nos conocimos en 2017 en un curso sobre cine documental que impartí en el CEART de Playas de Rosarito. Cuando, con su hijo Jorge, presentaron los resultados de sus ejercicios de no ficción, no me acuerdo qué le dije exactamente, pero era algo así: estoy seguro de que son los primeros resultados creativos de muchos por venir.
A lo mejor le dije otra cosa. No me acuerdo. Aquí es oportuno mencionar que un estilo de los personajes de Alberto, que se manifiesta en sus diálogos, es la duda. Cuando los caracteres hablan, se cuestionan sobre lo que dicen, se confunden o se arrepienten de haber expresado lo que dijeron. Dudan, pero siempre terminan llegando a su verdad.
Otra característica de la literatura de Alberto son sus espejismos psíquicos. En “Cabo Pulmo”, un directivo que el día que se va de jubilación se encuentra con un yo de sí treinta años menor. Conforme avanza su encuentro, la revelación es que los dos saben quiénes son. El joven y el adulto se reconocen como parte de la misma historia, que se resuelve con enfrentar una pérdida familiar olvidada. Y en “La felicidad viene y se va como las olas”, un Beto chico, betito, pierde sus canicas contra el Beto de enfrente, o el Beto grande, al que su ritual de paso entre la niñez y la adolescencia le cobra caro. La literatura es un mecanismo de proyecciones psíquicas que sirven al escritor y al lector como escape de fuerzas contenidas en nuestro lado oscuro de la mente.
En los años que he convivido personal y literariamente con Alberto, me pasa un fenómeno creativo que yo diría es chamánico, pero la psicología lo llama inconsciente colectivo o la filosofía lo determina como el Zeitgeist. Cuando leo sus textos en el taller en que participamos en los últimos meses, El círculo de LASLA, muchas veces pienso que son historias que yo también pude imaginar. Alberto me lleva quince años de diferencia en edad, pero compartimos el mismo clima social de la región fronteriza de la época pre-internet: la influencia de la cultura californiana estadounidense, los toros en la plaza monumental de Playas de Tijuana, “Caracolero”, la Avenida Revolución con sus bares y sus sonidos como matriz creativa, la época de la represión priísta contra las juventudes comunistas, “Daños colaterales”, el rock, la contracultura, el mundo de Carlos Castaneda, “El episodio del parque”. Tenemos un panorama creativo común. Por eso pensamos muchas veces en trucos narrativos parecidos, que en realidad son arquetipos: la llamada que el héroe rechaza, pero que se aferra en hacerse realidad, “Los mensajes”, o en “El Premio”, el derrotado que para triunfar se tiene que torcer; o el destino que sí tiene tino, como en “Volver a empezar”.
Alberto es un artista multidisciplinario: hace literatura de ficción y poesía, utiliza medios audiovisuales y es músico. Esto último es una de las potencias en sus historias, porque dialoga mediante la ficción con algunos de sus músicos favoritos. Cumple mediante la imaginación el sueño de los fans de hueso colorado: convivir un rato con semidioses musicales como Charles Mingus en “Tijuana mods”.
Alberto afirma que uno de sus escritores favoritos es Jorge Luis Borges, y esa influencia se manifiesta en “El cuento del japonés”: un japonés que soñó que era una mariposa y una mariposa que soñó que era un operador de tranvías. La misma influencia se filtra mediante historias que presentan versiones alternas de hechos históricos resignificados por el mundo creativo del escritor, como Alberto lo hace en el cuento “En torno a la relación del Mago de Oz y Pink Floyd”.
Para ir cerrando, puedo afirmar en términos generales que en el mundo creativo de Alberto García Zatarain existe una tensión tragicómica entre un mundo moderno capitalista, regido por la razón y el tiempo lineal progresivo, y un mundo no moderno basado en los portales, el tiempo cíclico, la premonición y la profecía. Su libro es, pues, un mapa mental dividido entre los dos polos de la realidad: lo visible y lo invisible, los hechos y las intuiciones.
Para terminar, la respuesta final a la pregunta que le hice a Alberto el día que nos conocimos en la ficción de 1997 en el CECUT fue: sí, en efecto, todo esto es un sueño. Pellízquense y constátenlo.
¡Ah!, verdad. No es cierto.
A mí, por lo pronto, solo me queda invitarlos a leerlo.
El cargo #RecomendacionesLibreras | ‘Los días contados’ de Alberto García Zatarain apareció primero en NÓMADAS.