El dilema de los liderazgos regionales y la estructura política actual
Con frecuencia, el análisis político recurre a términos del pasado para interpretar los fenómenos contemporáneos. En el escenario político actual, especialmente dentro de las filas de Morena, se han establecido comparaciones recurrentes con las prácticas del antiguo régimen priista. Durante los recientes procesos de selección interna, la influencia ejercida por diversos mandatarios estatales ha encendido las alertas sobre el posible fortalecimiento de nuevos cacicazgos locales.
Una parte significativa de los perfiles seleccionados mediante el mecanismo de coordinaciones —estrategia utilizada para cubrir procesos proselitistas anticipados— mantiene vínculos estrechos con los gobernadores en funciones. Un ejemplo claro se registró en Nayarit, donde las diferencias entre las preferencias del Ejecutivo estatal y los acuerdos centrales obligaron a negociar posiciones para destrabar el proceso de designación.
Ante la falta de una estructura partidista completamente consolidada, con una trayectoria de apenas tres lustros y un liderazgo nacional en transición, la injerencia de los gobernadores en las contiendas electorales abre un escenario propicio para la consolidación de poderes regionales desregulados.
La sombra del pasado y la permisividad institucional
El uso de estas clasificaciones políticas rememora los tiempos del autoritarismo clásico. Prácticas como la impunidad de clanes políticos regionales, evidenciadas en entidades como Quintana Roo con la imposición de candidaturas específicas, recuerdan los excesos de aquellas épocas. Figuras históricas del priismo tradicional, como Gonzalo N. Santos, solían jactarse de controlar sus entidades por completo, respaldando su dominio mediante la coacción y el amedrentamiento.
Surge entonces la interrogante sobre si la actual administración federal logrará evitar los errores del pasado, o si la tolerancia hacia las irregularidades de actores políticos locales continuará prevaleciendo. La falta de supervisión estricta por parte de los órganos de procuración de justicia y del poder legislativo suele garantizar un manto de impunidad para los aliados políticos.
Nuevos perfiles y la paradoja de la omisión política
No obstante, los conceptos tradicionales resultan insuficientes para explicar la naturaleza de los fenómenos actuales. En el modelo clásico, el poder regional se caracterizaba por un control absoluto y un conocimiento minucioso de cada actividad ilícita o política dentro de su demarcación territorial, emulando la figura del centro.
Sin embargo, la realidad actual muestra situaciones desconcertantes que desafían esta lógica. Casos como el del gobernador de Oaxaca, Salomón Jara, quien presuntamente desconoció las acusaciones federales que señalaban al exalcalde de Juchitán como presunto líder de redes de extorsión en la región, evidencian un estilo de gestión distinto.
Una circunstancia similar ocurre con Marina del Pilar Ávila en Baja California, vinculada estrechamente a los liderazgos nacionales, cuya administración se vio envuelta en controversias tras los señalamientos emitidos por autoridades de Estados Unidos contra su entorno familiar cercano por supuestas operaciones ilícitas.
Estas situaciones obligan a replantear las categorías analíticas para definir a estos actores políticos, quienes operan bajo una aparente desconexión respecto a acontecimientos graves ocurridos tanto en sus municipios como en sus propios círculos cercanos.
