Sobreviviente del bullicio urbano, la cantina Tío Pepe preserva más de 150 años de historia en el corazón de la capital
En medio del dinamismo constante y el ajetreo cotidiano que caracteriza al popular barrio chino, una fachada discreta pasa desapercibida para los transeúntes desatentos. Sin embargo, al cruzar el umbral, los visitantes se adentran en una de las cantinas más antiguas y auténticas que nos quedan: la Tío Pepe, un auténtico refugio contra el ruido exterior que funciona como una suerte de máquina del tiempo. De acuerdo con los registros oficiales del propio establecimiento, sus puertas operan de manera ininterrumpida desde 1869, con una propuesta clara y tradicional: servir bebidas y exclusivamente bebidas.
Tradiciones añejas y vestigios del pasado
Al ingresar, uno de los elementos que de inmediato llama la atención de los parroquianos es una placa colocada en la parte interior de las puertas de cristal esmerilado, la cual reza: “Se prohíbe la entrada a menores, mujeres, vendedores y ambulantes”. Aunque en la actualidad algunas clientas muestran su inconformidad y piden que sea retirada, el mesero Armando Medina, con 15 años de laborar en el lugar, suele disculparse y explicar la naturaleza del objeto. “Es parte de la historia de la cantina”, sostiene el trabajador al justificar la permanencia de este polémico vestigio normativo de otras épocas.
El interior conserva intactos diversos elementos arquitectónicos y decorativos que transportan al siglo pasado. Destacan una imponente contrabarra de madera con ornamentos de estilo art nouveau, la clásica canaleta o antigua escupidera, vitrales publicitarios de una reconocida marca de cognac y discretos timbres instalados en cada mesa de gabinete. Antiguamente, estos dispositivos permitían a los comensales requerir la atención del personal sin necesidad de elevar la voz. Si bien hoy en día ya no se emplean para su propósito original —a pesar de que continúan funcionando—, el ambiente permanece sereno, propicio para la charla pausada, los negocios o el descanso al ritmo de música de volumen moderado.
Coctelería clásica y especialidades de la casa
Para quienes buscan recomendaciones sobre la barra, Armando sugiere probar el Menyul, una refrescante preparación que combina hierbabuena machacada, vermut y vodka, calificada por él mismo como “la especialidad de la casa”. Asimismo, destacan las margaritas elaboradas con tequila o mezcal, cuyos insumos se distinguen por ser completamente naturales y elaborados al momento. En contraste, si el objetivo del visitante es mitigar los estragos de una noche larga, el mesero propone el trago conocido como la Piedra, compuesto por anís, fernet y tequila servidos en una copa coñaquera acompañados de un chaser de agua mineral. “Te calienta la pancita”, apunta el experto cantinero sobre este remedio tradicional.
Un escenario de la cultura pop y la literatura
La relevancia cultural de este espacio trasciende la gastronomía líquida, consolidándose como un referente estético para la narrativa y la cinematografía nacional e internacional. Diversos investigadores y críticos literarios sospechan que el escritor William Burroughs se refiere a ella en su libro Yonqui: “Estaba en un tugurio junto a la calle Dolores en la Ciudad de México…”. Esta atmósfera bohemia y decadente ha seducido a lo largo de las décadas a creadores de diversas disciplinas.
En tiempos recientes, el recinto ha fungido como set de filmación para producciones de relevancia comercial y artística, entre las que sobresalen la adaptación cinematográfica de la novela El complot mongol, escrita por Rafael Bernal y estelarizada por Damián Alcázar, además de servir como locación para un episodio correspondiente a la segunda temporada de Luis Miguel: la serie. Entre candiles alemanes de cristal originales de su fundación y paredes colmadas de anécdotas, este rincón capitalino continúa brindando por su propia supervivencia.
