STILO LIBRE: 11 DE AGOSTO 2026
El diputado panista Jorge Soto acudió al encuentro Diálogo Nacional por la Paz y dejó sobre la mesa una idea que, aunque parece sencilla, en la práctica suele olvidarse desde los escritorios del poder: la sociedad organizada también puede empujar cambios y hasta promover reformas ante el Congreso. Soto habló de la importancia de las organizaciones civiles, universidades y comunidades religiosas en la reconstrucción del tejido social y explicó que existen mecanismos legales para que los ciudadanos presenten iniciativas. Incluso recordó que basta con el respaldo del 0.1 por ciento del padrón electoral estatal, poco más de tres mil firmas, para impulsar una propuesta que puede modificar o crear leyes e incluso plantear reformas a la Constitución local. Nada menor, aunque quizá el verdadero reto no sea conocer la puerta de entrada al Congreso, sino lograr que una vez abierta alguien escuche.
Soto resumió su postura con una frase que suena bien en cualquier foro: “tanta sociedad como sea posible y tanto gobierno como sea necesario”. El planteamiento es atractivo, pero también obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿qué tan dispuesto está realmente el poder a escuchar a esa sociedad cuando sus propuestas no coinciden con la agenda política? Porque la participación ciudadana no debería reducirse a foros, fotografías y discursos sobre paz; tendría que traducirse en iniciativas, presupuesto, políticas públicas y resultados medibles. El propio diputado puso sobre la mesa las herramientas legales y llamó a las organizaciones a aprovechar el actual periodo legislativo. Ahora falta comprobar si el Congreso también está dispuesto a convertir esa participación social en decisiones concretas y no solamente en buenas intenciones de temporada.
En Delicias, la basura comienza a convertirse en un asunto que va más allá de los camiones y las rutas de recolección. Trabajadores de la empresa encargada del servicio salieron a manifestar su inconformidad por problemas relacionados con sus pagos y, sobre todo, por las condiciones en las que aseguran estar trabajando. Varias unidades utilizadas para recoger los desechos se encontrarían en malas condiciones, situación que no solamente complica las jornadas de los empleados, sino que también puede terminar afectando la calidad del servicio que recibe la ciudadanía. Y aquí es donde el tema deja de ser exclusivamente laboral: cuando falla la recolección, el problema termina inevitablemente en las calles y, políticamente, en el escritorio del alcalde Jesús Valenciano.
La manifestación debería ser una llamada de atención para todos los involucrados. Los trabajadores piden que se revisen sus pagos y que se atienda el deterioro de las unidades, mientras los ciudadanos esperan simplemente que el servicio funcione y que la ciudad permanezca limpia. Jesús Valenciano tendrá que estar atento al desenlace del conflicto, porque aunque el Ayuntamiento pueda argumentar que existen responsabilidades que corresponden a la empresa, para la población la diferencia entre concesionario y autoridad suele desaparecer cuando los camiones no pasan o el servicio se deteriora. En política, los problemas administrativos rápidamente terminan convirtiéndose en problemas de imagen, y la basura, cuando se deja acumular, tiene la incómoda costumbre de hacerse visible para todos.
Algo que los políticos deberían aprender antes de mandar a hacer espectaculares con su cara es que la política no se trata solamente de querer, sino de saber esperar. El PRI, con todos sus defectos, entendió durante décadas una regla elemental: la institucionalidad y la unidad valían más que el berrinche personal. Porque cuando alguien decide que, si no le dan la candidatura, entonces el partido está equivocado, casi siempre termina descubriendo que el partido sigue caminando… y él se quedó haciendo pucheros en la banqueta.
Ahora parece tocarle esa lección a Rafa Loera, quien después de varios meses promocionándose como aspirante a la Alcaldía de Chihuahua decidió sacar en redes sociales mensajes con títulos tan dramáticos como “Cuando el PAN decide perder”. Vaya, ni las telenovelas de las tres de la tarde manejan semejante nivel de despecho. La lectura que dejó entre buena parte de la clase política fue sencilla: alguien no obtuvo lo que esperaba y decidió explicarnos que el problema no era su expectativa, sino que todos los demás se equivocaron. Una teoría bastante cómoda, aunque no necesariamente convincente.
Loera quiso venderse como el candidato joven que repetiría la fórmula de Marco Bonilla. El detalle es que las fórmulas no funcionan solamente porque alguien las copie en una libreta. Bonilla tuvo una circunstancia política muy particular: entró como alcalde suplente de Maru Campos, aprovechó meses de exposición pública y llegó a la candidatura con un nivel de conocimiento ciudadano que no apareció por generación espontánea. Rafa quiso aplicar la misma receta, pero sin los ingredientes. De ahí aquel apodo cruel, pero políticamente bastante gráfico, del “Bonilla de Temu”: se parece a la idea original, aunque cuando uno revisa los detalles descubre que no es exactamente lo que pidió.
Y mientras tanto, perfiles como Manque Granados cuentan con una trayectoria que incluye haber sido alcaldesa suplente y entregar el gobierno municipal a Bonilla, además de una presencia pública construida durante años. En política, eso pesa. Mucho. No basta con que alguien le diga a uno que “sí tiene posibilidades” para que automáticamente aparezcan los votos, el posicionamiento y la estructura. A veces la política tiene la mala costumbre de ser más fría que los grupos de WhatsApp donde todos se echan porras.
Tal vez la lección para Rafa Loera sea la misma que muchos políticos han aprendido a regañadientes: no siempre toca el turno cuando uno quiere. Hay quienes saben esperar y terminan creciendo; otros se desesperan, rompen la disciplina y después culpan al tablero porque las piezas no se acomodaron a su gusto. La política se juega con cálculo, paciencia y cabeza fría; los sentimientos se reservan para los discursos de campaña. Porque cuando un aspirante empieza a publicar mensajes que parecen escritos después de perder una discusión familiar, difícilmente proyecta madurez de estadista. Más bien da la impresión de que al Bonilla de Temu, además de faltarle exposición, le faltó también leer el manual de cómo perder sin hacer berrinche.
