Una pugna abierta por el control diplomático
La tensión en las instituciones comunitarias ha escalado de forma notable debido a los planes de la Comisión Europea para reestructurar profundamente la acción exterior de la Unión. La estrategia pasa por desarticular el actual Servicio Europeo de Acción Exterior, repartiendo sus competencias entre diversos comisarios y reduciendo drásticamente la relevancia política de la Alta Representante, Kaja Kallas. Esta maniobra responde a un intento de la presidenta Ursula von der Leyen por concentrar mayor poder ejecutivo en un escenario internacional cada vez más fragmentado.
El departamento diplomático se fundó en 2009 bajo la dirección del español Josep Borrell, dotándose de una doble naturaleza institucional para evitar que el Ejecutivo comunitario acaparara el control absoluto de una materia reservada a los Estados. Los recurrentes roces entre Borrell y Von der Leyen anticiparon el actual enfrentamiento. Un portavoz de la Comisión justificó esta semana los cambios al señalar: “En el actual entorno geopolítico, está claro que debemos modernizarnos y adaptarnos continuamente para garantizar que nuestras herramientas, estructuras y procesos de toma de decisiones sigan permitiendo una acción eficaz. La Comisión está dispuesta a contribuir a este debate”.
La influencia franco-alemana y el rol de Kallas
El proyecto para recortar las funciones del servicio diplomático surgió de un documento conjunto elaborado por Berlín y París. La propuesta pretende limitar el cometido de Kallas a labores estrictamente secundarias, como misiones de paz y coordinación militar, buscando además un ahorro estimado en 1.000 millones de euros anuales. No obstante, durante una reunión ministerial celebrada en Irlanda, el titular francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, defendió que la jefa de la diplomacia europea mantenga atribuciones plenas y pueda movilizar las palancas económicas de la Comisión.
Por su parte, Kallas advirtió sobre el malestar de los socios comunitarios ante una posible centralización excesiva. “Los Estados miembros han dejado claro que no quieren perder el control de la política exterior”, afirmó, incidiendo en que el verdadero obstáculo radica en la ejecución práctica de las estructuras existentes y en los vetos que impone el Ejecutivo comunitario.
Cismas institucionales y debate sobre el veto
Las diferencias de criterio entre Von der Leyen y la diplomacia europea se han evidenciado en crisis recientes, como la gestión de las relaciones con Israel o la participación en iniciativas impulsadas por Estados Unidos al margen del consenso comunitario. Para contrarrestar las presiones centralizadoras, los ministros de Exteriores reafirmaron recientemente su fidelidad al derecho internacional y a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.
En paralelo, un bloque de 11 países, entre los que figuran España, Francia y Alemania, ha solicitado formalmente eliminar la exigencia de unanimidad en la política exterior para evitar bloqueos operativos. El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, criticó el uso de esta prerrogativa: “Lo que no puedo entender, no puedo aceptar, es que se use la unanimidad, ese derecho de veto para secuestrar el que Europa pueda avanzar”, subrayando la urgencia de dotar a la UE de mayor agilidad frente a amenazas híbridas complejas.
