“El ideal del lenguaje totalitario no es convencer, sino hacer imposible distinguir entre la verdad y la mentira.”
Inspirado en las reflexiones de Hannah Arendt sobre el lenguaje y el poder.
Hay una innovación “extraordinaria” en la administración pública mexicana… Su función principal ya no consiste en resolver los problemas. Consiste en rebautizarlos. Si el nombre cambia, parecería que también cambia la realidad. Fácil: el gobierno ya no gobierna, se limita a editar el diccionario.
Esa es, quizá, la verdadera y única aportación administrativa de la Cuarta Transformación. No transforma los hechos; transforma el vocabulario. La corrupción fue “percepción”. La militarización se volvió “apoyo”. Los sobrecostos son “ajustes”. Las crisis son “campañas”. Y ahora los apagones dejaron de ser apagones. Son, según la explicación presidencial, “interrupciones en el servicio”. La oscuridad, por decreto semántico, ya no existe.
Pero, vamos, no se trata de un episodio aislado. Tan sólo durante las últimas semanas se han reportado interrupciones del suministro eléctrico en alrededor de veinte entidades del país. Hogares sin refrigeración en plena ola de calor, comercios que perdieron mercancía, industrias obligadas a detener operaciones e incluso instalaciones estratégicas afectadas. Mas, según Palacio Nacional, el problema no es quedarse sin electricidad; la preocupación es llamarle apagón.
Claudia Sheinbaum sostuvo que hablar de apagones sería incorrecto porque éstos implicarían insuficiencia de generación eléctrica, mientras que lo ocurrido responde a fallas en la distribución. La trampa: la precisión técnica pretende funcionar como absolución política.
El problema es que para millones de mexicanos la diferencia resulta irrelevante. Si la casa quedó sin luz, el refrigerador dejó de funcionar, el aire acondicionado se apagó con temperaturas superiores a los cuarenta grados o un negocio perdió mercancía, la experiencia se llama exactamente igual: ¡quedarse sin electricidad!
Señora presidenta: la definición del diccionario es bastante menos sofisticada que la narrativa oficial. Un apagón es una interrupción temporal del suministro eléctrico. Punto. No exige una causa específica. Puede deberse a problemas de generación, transmisión o distribución. Discutir semántica mientras media República busca velas es una curiosa manera de administrar un sistema eléctrico…
La tesis de este sexenio parece ser que gobernar consiste en cambiarle el nombre a los problemas. Es una forma muy barata de administrar. No requiere ingenieros; basta con correctores de estilo. Sale infinitamente más económico contratar redactores de comunicados que construir subestaciones, modernizar transformadores, ampliar líneas de transmisión o fortalecer la red nacional. Es más, contrátenme a mí, y yo hago ese trabajo para tooooda la administración pública en menos de una semana.
Y aquí aparece una ironía difícil de superar. La presidenta presume —y con razón— su formación científica y su experiencia en temas energéticos. Precisamente por eso sorprende más que intente combatir un fenómeno físico mediante un eufemismo administrativo. Los electrones no atienden conferencias mañaneras. La electricidad no distingue entre propaganda y realidad. La física suele votar en contra de los discursos.
Resulta todavía más llamativo que el argumento oficial sea el cambio climático. Es cierto: México se ha calentado aproximadamente 1.8 grados centígrados respecto a la era preindustrial. También es cierto que las olas de calor son cada vez más frecuentes y que la demanda eléctrica rompe récords prácticamente cada verano, alcanzando este año picos cercanos a 54 mil megawatts. Pero precisamente porque los científicos llevan décadas advirtiéndolo, PRECISAMENTE POR ESO, resulta incomprensible que el gobierno de la 4t presente el calor como una explicación, cuando en realidad constituye la razón por la cual debió haberse preparado la infraestructura. Gobernar consiste exactamente en anticipar aquello que ya sabemos que ocurrirá. Y lo sabían.
El cambio climático no debe ser una coartada administrativa. Es una obligación de gobierno enfrentarlo.
En otras latitudes entendieron esa lógica hace tiempo. Después del colapso eléctrico de Texas en 2021 —estoy hablando de hace menos de cinco años— se endurecieron estándares de resiliencia para plantas y redes. Japón actualiza permanentemente sus normas de infraestructura frente a fenómenos extremos. Australia invierte miles de millones para hacer más resistente su sistema eléctrico frente a incendios y temperaturas récord. La Unión Europea destina recursos históricos para modernizar sus redes de transmisión y distribución. Nadie invierte para que haga menos calor. Invierten para que el calor no apague el país.
En México, en cambio, los dos gobiernos emanados de Morena invirtieron en trenes de pasajeros contaminantes que, encima, se descarrilaron tras su inauguración. ¡Ah! Y en una refinería que no refina…
Lo más revelador es que el propio gobierno acaba de anunciar un programa de expansión del sistema eléctrico por 739 mil millones de pesos, con el objetivo de incorporar más de 32 mil megawatts adicionales hacia 2030. Celebro la inversión. Pero también celebro la sinceridad involuntaria. Cuando un gobierno anuncia un plan de semejante magnitud está reconociendo, implícitamente, que el sistema requería una intervención de ese calibre. La pregunta inevitable es por qué hubo que esperar a que las fallas se volvieran parte del paisaje cotidiano para admitirlo.
La historia reciente del régimen puede resumirse en cuatro promesas. En 2019 Manuel Bartlett aseguró: “No va a haber apagones”. Ese mismo año Andrés Manuel López Obrador prometió que nunca volverían a ocurrir. En diciembre de 2020, después del apagón que dejó sin electricidad a más de diez millones de usuarios, volvió a garantizar que no se repetiría. En 2021 reiteró el compromiso. Y ahora, en 2026 la discusión ya ni siquiera gira alrededor de por qué ocurren, sino de cómo debemos llamarlos… ¿Se dan cuenta, estimados lectores? Ya ni la burla perdonan estos demagogos de Cuarta. Primero prometieron que desaparecerían. Después no desaparecieron. Finalmente decidieron desaparecer la palabra.
Ése es el verdadero asunto. No la electricidad. La responsabilidad (o mejor dicho, la irresponsabilidad). En la narrativa oficial siempre existe un culpable externo. Si no es el neoliberalismo, es Iberdrola. Si no son los gobiernos anteriores, es el mercado. Si no es el mercado, es el calor. Si no es el calor, serán las lluvias. El único actor permanentemente exento de responsabilidad parece ser el propio gobierno. No me cansaré de decirlo: la Cuarta Transformación lleva nueve (casi 10) años ejerciendo el poder federal, pero continúa comportándose como si todavía estuviera en la oposición.
En administración pública existe un principio elemental: ningún riesgo ampliamente documentado constituye una sorpresa. NINGUNO. Si durante décadas la comunidad científica (de la cual supuestamente la primera mandataria forma / formaba parte) advirtió que las temperaturas aumentarían y que los eventos extremos serían más frecuentes, la obligación del Estado consistía en adaptar la infraestructura. Justamente para eso existen la planeación, el presupuesto y la inversión pública. No para destinarla a pintar el asfaltado y las banquetas de propaganda barata.
Peter Drucker sostenía que aquello que no se mide difícilmente puede gestionarse. Me permito adaptar la idea: lo que no se reconoce jamás se corrige. Y un gobierno que se niega incluso a llamar por su nombre a los problemas, termina incapacitado para resolverlos.
Quizá dentro de unos meses nos expliquen que los baches son irregularidades topográficas; que las inundaciones son redistribuciones hídricas extraordinarias; que la inflación es un entusiasmo comercial transitorio y que la inseguridad consiste simplemente en encuentros sociales no autorizados. Todo cabe cuando el lenguaje deja de describir la realidad y empieza a proteger al poder.
Al final, la electricidad no tiene ideología. No distingue entre izquierda y derecha, entre neoliberales y transformadores, entre conservadores y progresistas. entre demagogos e hiperdemagogos. Simplemente circula… o deja de hacerlo.
Lo verdaderamente conservador no es la luz. Es esa vieja costumbre de los malos gobiernos de creer que cambiando el nombre de los fracasos desaparecerán los fracasos. Porque la oscuridad podrá aceptar cualquier eufemismo en una conferencia mañanera, pero jamás en la cocina de una familia que perdió la comida del refrigerador, en el quirófano que depende de una planta de emergencia o en el pequeño comerciante que volvió a pagar el costo de una infraestructura que el Estado prefirió explicar antes que prevenir y/o reparar.